Está claro que no se debe subestimar nuevamente a las fuerzas políticas emergentes no tradicionales, como siempre han hecho las vetustas vacas sagradas de la izquierda y la derecha, señalando que no serían más que un berrinche irrelevante de unos niños revolucionarios.
Publicado el 11.03.2017
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Bien se ha dicho que el Frente Amplio existe por obra y gracia de los bloques tradicionales de la política chilena, quienes en la comodidad del establishment usufructuaron del sistema democrático para proteger sus intereses y los de sus amigos. Fue tal la comodidad de la Concertación de Partidos por la Democracia –hoy Nueva Mayoría, al sumar al PC– y de la Alianza por Chile en la derecha –hoy Chile Vamos–, que no fueron capaces de ver lo que venía emergiendo subterráneamente en Chile a manos de la generación que mejor ha vivido en nuestra historia: un discurso profundamente crítico que plantea refundar el país completo.

Lo novedoso, en ese sentido, no es el hecho de que existan éstas y otras corrientes políticas que plantean transformaciones radicales —no olvidemos que la izquierda extraparlamentaria en algún momento estaba dirigida por el propio PC—, sino que hoy por primera vez en mucho tiempo tales posiciones están siendo capaces de aunar voluntades a fin de hacerse con el poder político y, en sus propias palabras, transformar Chile.

¿Cómo están haciendo esto? Con un discurso mesiánico, fuertemente moralista, y un arduo trabajo, empapado de un idealismo neo-revolucionario que busca cambiar la cultura política chilena, en la que se habían asentado las lógicas de los acuerdos, de la democracia liberal y del respeto por nuestras libertades fundamentales. Obviamente, la lógica oligárquica de poder, de la corrupción y de los políticos sin respuestas ha contribuido a aquello. Bajo este escenario, no es extraño que el surgimiento de una nueva alternativa que promete cambiarlo todo y transformar de raíz el sistema, tenga un gran aceptación ciudadana y relativo éxito electoral. Así, a través de un mensaje esperanzador de cambio radical hacia una nueva política, sus habituales voceros Gabriel Boric y Giorgio Jackson —a los que se sumó recientemente el sociólogo Alberto Mayol—, suben diariamente al podio alegando estar libres de polvo y paja e incluso de ser inmunes a los vicios en que constantemente caen quienes han estado en la cúspide del poder. Lo mismo que ha proclamado Podemos en España.

Dicho discurso está calando en la sociedad chilena y la gente se está convenciendo de la superioridad moral de estos nuevos referentes de la izquierda más dura, lo que ha provocado un cambio en el escenario de disputa política (no olvidar el batatazo que dieron ganando la alcaldía de Valparaíso). De mantenerse la pasividad en sus adversarios, las consecuencias políticas pueden llegar a ser desastrosas para el ejercicio de nuestras libertades, pues no hay que olvidar que han prometido reformular el modelo chileno, ya no desde la persona, sino desde lo “público y social”.

Está claro que no se debe subestimar nuevamente a las fuerzas políticas emergentes no tradicionales, como siempre han hecho las vetustas vacas sagradas de la izquierda y la derecha, señalando que no serían más que un berrinche irrelevante de unos niños revolucionarios. No hay que perder de vista este fenómeno, ni menospreciar su capacidad política y potencial electoral, pues podrían llegar a ser los nuevos “poderosos de siempre”.

 

Esteban Montaner Rodríguez, investigador Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO