Hemos transitado a una cultura política de intervenciones públicas constantes, de promesas hechas a título personal y de Mandatarios ataviados con cascos de protección, uniformes militares, chaquetas rojas o delantales de médico, según sea la necesidad comunicacional del día.
Publicado el 28.04.2015
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Mientras el volcán Calbuco seguía escupiendo su intimidante nube de gases y cenizas, la Presidenta Bachelet llegó a Puerto Montt acompañada por nada menos que cuatro ministros. Junto a ellos se reunió con las autoridades regionales, encabezadas por el intendente, para luego sobrevolar la zona de la erupción, visitar a un grupo de damnificados y anunciar algunas medidas para enfrentar la emergencia.

La intención de Bachelet, como la de muchos gobernantes frente a situaciones similares en todo el mundo, era enviar un claro mensaje a la ciudadanía: “La Presidenta está aquí, por lo tanto el gobierno está aquí, de modo que este asunto está bajo control”. Por supuesto que no hay nada de malo en querer tranquilizarnos demostrando que las autoridades son conscientes de una crisis y están preocupadas de lidiar con ella, pero esta forma de ejercer el liderazgo presidencial, cuando se usa en exceso, también da cuenta de un modo poco saludable de entender y proyectar el poder de La Moneda.

En su libro “La Presidencia retórica”, escrito a fines de los años 80, el autor norteamericano Jeffrey K. Tulis advertía con preocupación que “la doctrina de que un Presidente debe ser un líder popular se ha convertido en una premisa indiscutida de nuestra cultura política (…) Hoy se da por sentado que los Presidentes tienen el deber de defenderse en público constantemente, de promover sus iniciativas a nivel nacional y de inspirar a la población. Y para muchos, esta ‘función’ presidencial no constituye una obligación entre varias, sino más bien el corazón de la Presidencia, su tarea esencial”.

Lo riesgoso para la democracia, desde esa mirada, es que así se pone énfasis en la dimensión personal o carismática del liderazgo político, y no en la autoridad que el líder posee por mandato constitucional. Dicho énfasis resulta contradictorio, además, con el discurso de que las buenas instituciones —o sea, los sistemas de competencias, reglas y procedimientos establecidos— son el factor determinante para la mejor conducción de los asuntos públicos y el progreso del país, no los individuos que temporalmente tienen posiciones de autoridad o influencia.

De hecho, dice Tulis, “los continuos intentos por movilizar al público mediante el uso del poder personal o carismático deslegitiman la autoridad constitucional o normal”. O sea, cuando los Presidentes adquieren el hábito de presentarse a sí mismos como la pieza clave del engranaje institucional, contribuyen a socavar el rol de las instituciones en las que nos piden tanto confiar.

Un país tan presidencialista como Chile es más propenso a caer en la trampa de actuar como si el jefe provisorio del Estado tuviera que “estar en todas” para que las cosas funcionen. Tanto los incentivos institucionales como cierta predisposición cultural, podría pensarse, favorecen una concepción y un ejercicio más bien personalistas del liderazgo presidencial. Entonces, aunque todos comprendemos que no es el Mandatario quien personalmente rescata a unos mineros enterrados, reconstruye un pueblo después de un terremoto o ayuda a las víctimas de un aluvión, no parece sorprendernos que él (o ella) se comporte como si así fuera.

Lo preocupante es que un liderazgo de ese tipo se rige menos por los imperativos de la responsabilidad política y el buen gobierno que por las dinámicas de la opinión pública. “La Presidencia retórica impulsa la tendencia a definir los debates en términos de las necesidades de la persuasión, en lugar de desplegar un discurso adecuado para iluminar y explorar los temas importantes, esto es, los problemas que no dependen del certificado de una encuesta de opinión para ser reconocidos como dignos de examen”, sostiene Tulis.

Entonces, si en el pasado los Presidentes utilizaban con criterio de escasez su liderazgo popular para reforzar a las instituciones, hoy tienden a usarlo rutinariamente para dar supuestas garantías de que funcionan correctamente (como si dependiera de ellos), porque han visto que esto genera réditos en términos de adhesión ciudadana, aunque sean efímeros. Con el tiempo esto ha significado que de un uso excepcional y prudente de la tribuna (y la autoridad) presidencial, hemos transitado a una cultura política de intervenciones públicas constantes, de promesas hechas a título personal y de Mandatarios ataviados con cascos de protección, uniformes militares, chaquetas rojas o delantales de médico, según sea la necesidad comunicacional del día. ¿El propósito? Convencernos de que, como ellos tienen “los pies en el barro”, podemos estar tranquilos.

Esa es una forma de liderazgo retórico que indudablemente tiene su hora y su lugar, siempre que no olvidemos que gobernar, a fin de cuentas, es mucho más que retórica.

 

Marcel Oppliger, Periodista.

 

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO