Es vox populi que Nicolás Maduro es un dictador que se aferra al poder, porque ya no cuenta con el apoyo popular mayoritario. Sin embargo, algunos izquierdistas duros chilenos consideran que Venezuela es una democracia (lo mismo creen de Cuba) que está siendo atacada por el imperialismo, que los manifestantes opositores son terroristas (“fascistas golpistas” que quieren derrocar a Maduro), y que el resto de la región no debe intervenir en los asuntos internos venezolanos.
Publicado el 31.05.2017
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Venezuela es hoy un Estado virtualmente fallido, con una gran descomposición social y una violenta polarización política que la están llevando derecho a la guerra civil. No hay medicamentos ni alimentos en el país (crisis humanitaria); existe un estado de ebullición permanente porque las protestas populares no cesan desde el 1 de abril pasado; la brutal represión gubernamental contra esas protestas opositoras ha causado unas 57 muertes, 1500 heridos y centenares de detenidos hasta la fecha; el diálogo entre las partes (o el viaje a ningún lado) se agotó a partir del autogolpe del oficialismo, y un Gobierno chavista desconectado de la realidad solo atina a convocar a una Constituyente a dedo.

Después de la indiferencia inicial, la comunidad internacional ha comenzado a reaccionar para remediar el hecho de que se ha roto el orden constitucional en Venezuela: la OEA, el Mercosur, la Unión Europea, ONG como la Human Wrights Watch, y la gran mayoría de los Gobiernos sudamericanos están abocados a la defensa de los derechos humanos en ese país.

Es vox populi que Nicolás Maduro es un dictador que se aferra al poder, porque ya no cuenta con el apoyo popular mayoritario. Sin embargo, algunos izquierdistas duros chilenos consideran que Venezuela es una democracia (lo mismo creen de Cuba) que está siendo atacada por el imperialismo, que los manifestantes opositores son terroristas (“fascistas golpistas” que quieren derrocar a Maduro), y que el resto de la región no debe intervenir en los asuntos internos venezolanos. Incluso, son esos mismos sectores los que ahora están criticando al canciller Heraldo Muñoz por sumarse tibiamente a las gestiones regionales sobre la cuestión venezolana.

El caso del abogado comunista Eduardo Contreras es bien ilustrativo al respecto. Después de haber sido embajador en Uruguay, así como asesor en derechos humanos en la Cancillería cuando terminó por dejar la misión diplomática ante declaraciones imprudentes, se queja ahora de que el Gobierno de la Nueva Mayoría ha abandonado “la política de unidad de los pueblos de América Latina” y retornado “a la aceptación de las presiones hegemónicas de EEUU”. Sostiene que Chile debería retirarse de la “antidemocrática” y “desprestigiada” OEA, presidida hoy por un “personaje tan lamentable como (Luis) Almagro”. También deplora que la OEA y la Cancillería chilena expresen preocupación por “el llamado del gobierno de Caracas a emplear el más democrático de los mecanismos: convocar a una Asamblea Constituyente”. En fin, Contreras considera que Venezuela “es una democracia real”, de partida mucho más democrática que Chile, por lo cual llama a definirse de qué lado se está. Es decir, un típico comunista que está en el Gobierno y en la calle, que sigue ideologizado con la Guerra Fría, que defiende los sistemas totalitarios, y que solo irradia amargura.

Otro ejemplo de este maniqueísmo mentiroso es el que ofrece el mayor de los beneficiarios chilenos del chavismo, el senador izquierdista Alejandro Navarro. A su juicio, el país más rico de América Latina (Venezuela) ha devenido en un desastre completo por el boicot económico internacional y no por los errores chavistas, alega que “existe una guerra mediática impulsada por quienes buscan apoderarse del petróleo”, y sostiene que en ese país “hay un Estado de derecho con instituciones autónomas y equilibradas”, pero que el Revocatorio era “un intento de fraude” y que la oposición “no está por la vía democrática”. A través de su cuenta de Twitter, el senador chileno incluso llamó “gusanos” a los opositores venezolanos y propuso “que los gusanos se vayan a Miami”, en referencia a los manifestantes venezolanos que protestaban el pasado 20 de mayo en las cercanías de la embajada de Venezuela en Santiago. Es decir, el mundo al revés.

Desde el novedoso campo del Frente Amplio, Beatriz Sánchez evita pronunciarse sobre los temas más delicados. Con todo, ha dicho que, si bien Fidel Castro era un dictador, descarta que lo sea Maduro, porque éste “fue elegido por el pueblo” y porque todavía existe una oposición. Se le olvidó decir a la precandidata que un Maduro en minoría no quiere más elecciones y que solo entiende de represión violenta. Seamos francos, el Frente Amplio chileno —al igual que su socio español Podemos es defensor a todo evento del Socialismo del Siglo XXI.

Los chavistas y sus admiradores chilenos intentan también hacer una analogía entre el declive político de Maduro y los últimos días del Presidente Allende, porque van tras el mito y la ulterior victimización. Pero olvidan las enormes diferencias entre ambas experiencias: la UP duró tres años y el chavismo lleva 17; en Chile había una amplia coalición de partidos y en Venezuela un partido único (PSUV); el Presidente chileno fue víctima de la Guerra Fría, en tanto que el venezolano malgastó la bonanza petrolera y no supo aprovechar el deshielo EEUU-Cuba; en el Chile de la UP había independencia de los poderes del Estado, mientras que en la Venezuela chavista el Ejecutivo, el Poder Judicial y las autoridades electorales se imponen ante una Asamblea Nacional desprovista de facultades.

A la minoría que todavía apoya a Maduro en Chile habría que preguntarle: ¿Qué pasaría si un Gobierno en Chile gobernara solo por decretos, hiciera todos los nombramientos del Poder Judicial, socavara el Congreso, prohibiera las protestas y reprimiera con Carabineros y paramilitares las manifestaciones populares, llamara a una Constituyente a dedo y suspendiera las elecciones? ¿Seríamos una democracia o una dictadura?

En suma, la única certeza hoy es que Maduro es un déspota acorralado, que se encubre con presuntas conspiraciones que ya nadie cree. Y, lo más importante, es que no podemos ser tan insensibles o incautos frente a una dictadura que está arrastrando a su pueblo hacia un baño de sangre y una crisis humanitaria sin precedentes, con cientos de miles de venezolanos buscando asilo. Todo ello, solo para asegurar la cubanización definitiva de Venezuela.

 

Juan Salazar Sparks, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO