La metamorfosis de dos destacados periodistas, Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez, en candidatos presidenciales incidirá en la forma en que las personas ven a los informadores más destacados de la TV, radio y prensa escrita. Muchos estimarán que detrás de cada profesional que entrega las noticias —y que supuestamente debe comprometerse con la verdad— puede haber en ciernes un futuro candidato a diputado, senador o Presidente, y por ello su función informativa puede estar al servicio de una ambición política no revelada. Temo que aunque sea una transición legítima y legal, alimentará el escepticismo y la suspicacia frente al gremio.
Publicado el 02.05.2017
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Hace poco el profesor Gonzalo Rojas criticó en una columna el tránsito de dos destacados periodistas chilenos a la carrera presidencial. No me voy a referir a la columna en sí, sino a temas que se desprenden de su reflexión. Parto afirmando que así como hay periodistas notables (de uno y otro color), los hay no tanto (de uno y otro color). Es lo que concluyo de la navegación frecuente por medios de América Latina, Estados Unidos y Europa. Pero en lugar de detenerme en la columna y las reacciones que despertó entre losperiodistas, prefiero ir al fondo del asunto.

Lo primero es que en esta era de la transparencia, el empoderamiento ciudadano y las redes sociales ya nadie escapa de caer bajo la lupa, de ser examinado en detalle y de volverse objeto del escrutinio público. Si los políticos y los artistas viven desde siempre bajo la lupa social por la actividad que despliegan y por su relación con lo público, esa condición ya no se circunscribe a ellos.

No hace mucho, era inusual y riesgoso escudriñar y evaluar públicamente la labor de jueces o policías. Hoy es parte de la vida y se lo considera esencial en una democracia. Hasta hace unos años tampoco era común la evaluación de profesores en redes sociales, como sí lo es hace tiempo en universidades y colegios de Estados Unidos. Esta época acabó con la verticalidad en que unos evalúan desde arriba a otros, sin que éstos puedan hacer lo mismo con los de arriba.

En muchos aeropuertos estadounidenses y en casi todas las oficinas públicas, hasta en el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), uno encuentra sistemas que le permiten evaluar la atención que recibe. Desde sistemas simples que presentan caritas sonrientes y caritas enojadas, a otros complejos que solicitan detalles, uno es consultado por su opinión. Y qué decir de los hoteles. Muchos envían al pasajero un cuestionario sobre su experiencia durante la estadía, y las compañías que ofrecen viajes y hoteles online procuran que los usuarios las califiquen en las redes sociales. Lo mismo ocurre con AirBnB y los sistemas de taxis Uber o similares. De pronto todo el mundo evalúa a todo el mundo, nos volvemos más transparentes, y vamos cediendo también espacios de la vida privada.

Era de esperar que la evaluación global llegara también a los periodistas. Hasta el momento la calificación en las encuestas se ha restringido más bien al tipo de medio -radio, televisión o prensa escrita-, pero eso está cambiando y avanza hacia la evaluación personal. Algo de esto se encuentra en el diálogo que muchos de ellos mantienen con sus seguidores en redes sociales. Hasta hoy, los periodistas suelen llevar al público la voz de las redes sociales o de la calle acerca de diversos temas e instituciones, pero por lo general sin referirse a ellos mismos.

Sospecho que la evaluación social del gremio se volverá más estricta en Chile por varias razones. Primero, por el cambio de paradigma arriba enunciado. Segundo, por el hecho de que (algo que inquieta a los independientes, así como a personas de centro y derecha) es abrumadora la mayoría de jóvenes de izquierda que estudia hoy periodismo, como revelan las elecciones universitarias. Tercero, porque el Colegio de Periodistas de Chile ya no disimula su identificación comunista, llegando a la desvergüenza en 2016 de elogiar al dictador Fidel Castro tras su muerte, destacándolo como “luchador inclaudicable por el derecho a la dignidad, la justicia y la igualdad de hombres y mujeres libres”, como el líder que les enseñó “a imponer la visión humanista”, y que devino en “una de las mejores plumas del periodismo internacional”.

Hay un factor mundial también en todo esto: el Presidente Donald Trump desarrolla hoy una furibunda campaña en contra de la prensa opositora, algo inédito en Estados Unidos. Cuando en el pasado Mandatarios republicanos o demócratas entraron en tensiones con cierta prensa, trataron de reducir los decibeles lo antes posible. Como decía Mark Twain, no hay que pelearse con gente que compra tinta por barriles para atacar. Trump cambió la tradición: simplemente les declaró la guerra a quienes, a su juicio, ya se la habían declarado en la campaña. Ignoro quién ganará, pero deseo que al final de todo esto salga fortalecida la libertad de prensa.

Y la quinta razón por la cual los chilenos juzgarán a partir de ahora con más rigor a los periodistas -sospecho que también a los columnistas- se debe a lo que comentó Gonzalo Rojas: la metamorfosis de dos destacados periodistas, Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez, en candidatos presidenciales. Considero que esto incidirá también en la forma en que las personas ven a los informadores más destacados de la TV, radio y prensa escrita. Muchos estimarán que detrás de cada profesional que entrega las noticias —y que supuestamente debe comprometerse con la verdad— puede haber en ciernes un futuro candidato a diputado, senador o Presidente, y por ello su función informativa puede estar al servicio de una ambición política no revelada. Me temo que no obstante tratarse de una transición legítima y legal, alimentará el escepticismo y la suspicacia frente a los periodistas, en especial los más destacados. Algo parecido ocurrió con los líderes estudiantiles, hoy de capa caída en popularidad. Que varios de ellos terminasen como parlamentarios o funcionarios de Gobierno perjudica a los líderes emergentes, que ahora pueden parecer más interesados en una carrera política que en temas estudiantiles.

Para bien o para mal, es probable que se vaya incrementando el escrutinio social de la gestión de los profesionales de la noticia. Las redes sociales, el empoderamiento de la ciudadanía y la desconfianza hacia personas e instituciones lo facilitan. Tal vez una forma de afrontar esta situación y de consolidar o recuperar la confianza sería que periodistas y columnistas transparentaran o sinceraran sus preferencias políticas. Sospecho que lo complejo de aceptar para ciudadanía es el tránsito abrupto de un periodista supuestamente imparcial y objetivo, hacia un proyecto político plenamente definido. El planteamiento de fondo de Gonzalo Rojas merece, a mi juicio, un segundo análisis de parte de los periodistas, uno más mesurado y reflexivo. En la sociedad abierta, a todos nos interesa contar con un periodismo sólido y con periodistas en quienes confiar.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

 

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