Este país se ha convertido en la gran barrera que impide un mayor flujo de refugiados sirios y de otras nacionalidades hacia diferentes países europeos. Es que Turquía es lo único que separa a Europa de una de las zonas más convulsionadas de Medio Oriente, como el norte de Siria e Irak.
Publicado el 02.07.2016
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El atentado perpetrado este martes en el aeropuerto internacional Atatürk, el más importante de Estambul, nuevamente puso a Turquía en el foco del terrorismo internacional. Hasta el momento ninguna organización se ha responsabilizado del ataque, aunque todo indica que los autores estarían vinculados al Estado Islámico (EI).

Las autoridades turcas ya revelaron que los tres atacantes —que primero dispararon con rifles de asalto en contra de la gente y luego hicieron estallar sus respectivas cargas explosivas— eran extranjeros: un uzbeko, un kirguiso y un ruso. Y la detención de al menos 13 sospechosos indicaría que los tres atacantes no actuaron solos.

Además, el atentado en el aeropuerto Atatürk tiene claras similitudes con el ocurrido en Bruselas, en marzo pasado. Lo que demuestra que los aeropuertos son un blanco particularmente atractivo para el EI y otros grupos terroristas, considerando que son lugares con una gran presencia de pasajeros de diferentes nacionalidades.

Con este, ya son siete los atentados terroristas cometidos en Turquía en lo que va de este año, y que han dejado un total de 124 muertos. Pero esto es solo parte de la compleja situación que hoy vive este país.

Turquía es una verdadera bisagra entre Oriente y Occidente. Un gigante de 79 millones de habitantes, donde el 99,8% profesa la rama sunita del islam. Y cuya estabilidad resulta clave para la región y el mundo.

Para Europa, Turquía representa un aliado complejo. Por ejemplo, forma parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde 1952 (aunque algunas veces ha negado el uso de sus bases o espacio aéreo). Pero al mismo tiempo, ha sido constantemente rechazado como integrante de la Unión Europea.

A pesar de eso, hoy este país se ha convertido en la gran barrera que impide un mayor flujo de refugiados sirios y de otras nacionalidades hacia diferentes países europeos. Es que Turquía es lo único que separa a Europa de una de las zonas más convulsionadas de Medio Oriente, como el norte de Siria e Irak. Precisamente las regiones donde el Estado Islámico proclamó hace ya dos años el nacimiento de su califato.

Cuando el Estado Islámico comenzó a dar sus primeros pasos en el contexto de la guerra civil de Siria, el gobierno encabezado por el cada vez más poderoso Presidente Recep Tayyip Erdogan desestimó su peligrosidad e incluso lo vio como un factor que podía acelerar la caída del régimen de Bashar al Assad.

Sin embargo, cuando el EI comenzó a sacar ventaja de la porosa frontera entre Turquía y Siria, las cosas cambiaron. Y el vuelco fue definitivo luego que el gobierno turco pasara a integrar la coalición internacional que ataca al Estado Islámico. Desde entonces, esta milicia yihadista ha buscado permanentemente realizar atentados en ciudades importantes de Turquía, como Estambul o Ankara.

El actuar terrorista no solo deja muertos, heridos y la destrucción de infraestructura pública y privada. También genera un profundo sentimiento de inseguridad que está afectando gravemente al turismo, uno de los sectores clave de la economía de Turquía. De hecho, la cifra de visitantes ha caído en un 23% en los primeros cinco meses de este año, según cifras entregadas por el gobierno.

Otra fuente de violencia es el conflicto que enfrenta al gobierno turco con los kurdos, un pueblo que está repartido entre Irán, Irak, Siria y Turquía. Y que desde comienzos del siglo pasado está buscando crear un país propio: el Kurdistán.

Desde la caída del régimen de Saddam Hussein (2003) y la posterior llegada de gobiernos chiítas al poder en Bagdad, los kurdos que viven en el norte de Irak han ido ganando grandes cuotas de autonomía y hoy además cuentan con importantes recursos petroleros.

Además, a lo anterior se suma que los kurdos han sido quienes se han llevado el mayor peso del combate al Estado Islámico en terreno, lo que ha sido reconocido por las grandes potencias.

Y para muchos, todos estos elementos podrían ser los pilares que a futuro le permita a los kurdos tener —finalmente— un Estado independiente.

Esto preocupa al gobierno turco, que durante años ha combatido al terrorismo separatista kurdo, fundamentalmente representado en el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).

Ya sea por el actuar del Estado Islámico o de los separatistas kurdos, lo cierto es que el gobierno de Erdogan se encuentra en una posición complicada. La reciente restauración de los vínculos con Rusia e Israel ayuda a reducir el aislamiento internacional en que se encontraba el país en el último tiempo. Pero la constante concentración de poder por parte del gobierno turco, así como las restricciones —supuestamente para frenar el terrorismo— que están afectando a la prensa y ciertos grupos opositores, no ayudan a mejorar su imagen ni su relación con Occidente. Y es un hecho que hoy Turquía necesita a Europa, a Estados Unidos y a todos los aliados que pueda.

Alberto Rojas M.

Director del Observatorio de Asuntos Internacionales

Universidad Finis Terrae