Más allá del acuerdo o desacuerdo con las declaraciones de José Antonio Kast, ¿por qué evitar el disenso si es base de la democracia? El temor a la discusión de este grupo de jóvenes consiste en dos asuntos: miedo al que piensa distinto y la reivindicación de la violencia como medio legítimo en democracia.
Publicado el 26.03.2018
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No cabe duda que la principal noticia que acompañó los alegatos en La Haya y la renuncia de PPK la semana pasada fue la brutal golpiza que sufrió José Antonio Kast por parte de una turba descontrolada de universitarios que, armados de cuanto material encontraron, agredieron al ex candidato presidencial, obligándolo a recluirse en una estación de servicio cercana.

Más allá de la polémica tuitera, lo políticamente relevante han sido las diversas manifestaciones en apoyo al ex diputado y aquellas que le atribuyen responsabilidad en lo sucedido. Los primeros, condenando todo tipo de violencia y, los segundos, escudados en los límites de la libertad de expresión.

De este segundo grupo destacan dos declaraciones en particular. Primero, la de la Asociación de Funcionarios Académicos de la Universidad Arturo Prat quienes, dirigiéndose a su comunidad universitaria, señalaron: “(…) no permanecemos indiferentes a esta provocación de quien sabía que recibiría esta respuesta (…)”. Por otra parte, la –ya extinguida–  declaración del Frente Amplio en Facebook que decía: “No se puede esperar que hacer política desde la provocación llevada al extremo no traiga consecuencias (…)”. Pero, ¿es José Antonio Kast un provocador?

Analizando el caso concreto de su visita a la Universidad Arturo Prat, sus provocaciones podrían haber sido de dos modos: habiéndose referido a esa institución y a sus alumnos de una manera despectiva, o simplemente habiendo acudido a ella. Como lo primero no ocurrió, sólo la segunda hipótesis podría explicar  la batahola de insultos y agresiones físicas que recibió. Así, para justificar la reacción, bastaría con argumentar que las ideas que él representa son efectivamente incitadoras de odio y, por lo tanto, dignas de ser excluidas de la discusión pública.

Yendo a lo concreto, tres materias han sido especialmente controversiales con Kast: inmigración, dictadura y matrimonio homosexual. Respecto a lo primero, el ex candidato ha insistido en enfrentar el asunto desde el control migratorio como medida de protección nacional y no desde el racismo; por otra parte, se le ha escuchado condenar las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura, poniendo en duda lo justo de los procesos llevados en contra de militares; por último, ha sostenido que su posición respecto al matrimonio entre personas del mismo sexo no constituye discriminación si la discusión se aborda desde la naturaleza de esa institución.

Entonces, más allá del acuerdo o desacuerdo con sus declaraciones, ¿por qué evitar el disenso si es base de la democracia? El temor a la discusión de este grupo de jóvenes consiste en dos asuntos: miedo al que piensa distinto y la reivindicación de la violencia como medio legítimo en democracia. Más aún, es evidente que estos “paladines de lo correcto” son incapaces de fijar un marco razonable que permita a la libre expresión actuar y su odiosidad no es un buen parámetro para determinar qué es digno de oír en nuestra sociedad.

Sea que la censura venga del Estado, de las mayorías o de las minorías, el efecto es el mismo: menos libertad y mayor arbitrariedad.

 

Pablo Valderrama, director ejecutivo de IdeaPaís

 

 

FOTO: CRISTIAN VIVERO BOORNES / AGENCIAUNO