Una política de libertad condicional, premio a aquellos que cumplen parte importante de su condena por delitos de menor gravedad con buena conducta, es una buena medida. El problema de fondo es si la sociedad se encuentra preparada para recibirlos con los brazos abiertos. Si no lo estamos, ellos seguirán odiando a una sociedad que también los desprecia y excluye.
Publicado el 04.05.2016
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Más de 1800 reos fueron beneficiados esta semana con la libertad condicional, de ellos más de 1500 se concentran en Santiago y Valparaíso. La decisión tomada por las respectivas cortes de apelaciones ha sido duramente cuestionada por el alto número de favorecidos en medio del clima de inseguridad que vive el país y en Valparaíso por concederlo en varios casos en contra de la opinión técnica de Gendarmería.

Sin duda es un tema complejo y que requiere varias aclaraciones y distinciones.

Primero, la lucha contra la delincuencia debe ser una de las prioridades nacionales. Así lo exigen los chilenos. La encuesta CEP de noviembre de 2015 situó por lejos a la “delincuencia, asaltos y robos” como el primer problema a enfrentar por parte del gobierno. Relacionado con esto se encuentra la sensación de temor a ser víctima de un delito, que en el caso de la Región Metropolitana llegó en 2015 a un 21,1% según Paz Ciudadana y Adimark.

En esta lucha se requieren diversas cosas: la modernización de la legislación vigente, un respaldo a la labor de Carabineros manifestado en mayores atribuciones, una revisión profunda del sistema procesal penal que ha terminado convirtiéndose, en palabras de un profesor de derecho, en una verdadera “carta magna de los delincuentes”, políticas de rehabilitación y de prevención del crimen.

Una de estas políticas consiste en la libertad condicional, beneficio al que pueden postular aquellos reos que, entre otras cosas, hayan cumplido la mitad de la condena impuesta, tengan una conducta intachable, hayan aprendido un oficio y asistido a la escuela del recinto penal y a las conferencias educativas que se dicten allí, entre otros requisitos.

Un estudio de la Fundación Paz Ciudadana concluye que el 27% de los beneficiarios de la libertad condicional reincide, muy inferior al 57% de reincidencia que experimentan aquellas personas que cumplen su pena completa. En este sentido, una política de beneficios que contemple la libertad condicional es una buena medida, sin perjuicio de que requiere importantes mejoras, tales como perfeccionar la evaluación técnica por parte de Gendarmería y políticas de inclusión laboral a los favorecidos con esta norma.

El acceso de los ex reos al mundo del trabajo y su reincorporación a la vida en comunidad es una de las tantas urgencias sociales que se encuentran pospuestas en la discusión pública nacional. Muchas veces ex presidiarios, beneficiados por su buena conducta, son puestos en libertad y les resulta difícil –casi imposible- encontrar un trabajo para sustentar a sus familias y terminan reincidiendo.

La literatura nos presenta un extraordinario caso de conversión y rehabilitación, es la historia de Jean Valjean, el protagonista de Los Miserables de Víctor Hugo.

Estuvo 19 años en prisión con trabajados forzados por robar un pedazo de pan. En la cárcel ya no era una persona, sino un número, el 24601. Fue puesto en libertad condicional y le resultó imposible encontrar un lugar para comer o dormir, mucho menos un trabajo o empleo honesto. Odiaba a la sociedad y ella parecía odiarlo también. Cerradas todas las puertas de la ciudad, le recomendaron tocar en el Palacio Arzobispal. Solo allí fue bien recibido, con un cubierto más en la mesa y sábanas limpias para el visitante.

La sorpresa de Valjean fue mayúscula. Impresionado le dijo al buen obispo “sois bueno; no me despreciáis, me recibís en vuestra casa. Encendéis las velas para mí. Y sin embargo, no os he ocultado de dónde vengo, y que soy un miserable”. La respuesta de monseñor Bienvenido es insuperable: “no tenéis que decirme quién sois. Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Esa puerta no pregunta al que entra por ella si tiene un nombre, sino si tiene algún dolor. Vos que pasáis por aquí, estáis en vuestra casa más que en la mía. Todo lo que hay aquí es vuestro”.

¿Cuántos Jean Valjean hay entre nosotros? Más importante aún, ¿cuántos monseñor Bienvenido hay en nuestra sociedad?

Se requiere con urgencia políticas de inclusión por parte de la autoridad política, el aporte insustituible de los empresarios (grandes, medianos y pequeños) en dar oportunidades laborales y fomentar la reinserción social. Mejorar las condiciones de los establecimientos penitenciarios, tantas veces convertidas en escuelas delictivas, y que vulneran la dignidad de las personas que se encuentran tras sus muros y rejas.

Una política de libertad condicional, premio a aquellos que cumplen parte importante de su condena por delitos de menor gravedad con buena conducta, es una buena medida. El problema de fondo es si la sociedad se encuentra preparada para recibirlos con los brazos abiertos. Si no lo estamos, ellos seguirán odiando a una sociedad que también los desprecia y excluye. Sin un monseñor Bienvenido, no hay un Jean Valjean que cuide de Fantine y Cosette, que se preocupe de los pobres, que ame sin límites, que emprenda y dé trabajo, que cumpla sus obligaciones cívicas, sus promesas y haga el bien.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

FOTO: ADRIANA RAMIREZ/AGENCIAUNO

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