Hoy se requiere una buena dosis de realismo político para hacer lo necesario por el bienestar de los chilenos, aunque esto implique abandonar el programa o limitar sus efectos.
Publicado el 01.07.2015
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El fin de semana se realizó un nuevo cambio de gabinete, nombrándose al titular de la Secretaría General de la Presidencia, cargo vacante durante varias semanas y que terminó asumiendo Nicolás Eyzaguirre, quien hasta el sábado era ministro de Educación. Fue tal la demora en el nombramiento que muchos nos preguntamos cuántos ministerios más son irrelevantes o podrían fusionarse para una mejor organización del aparato estatal. Pero los ajustes en la administración del Estado dan para varias columnas más.

Al mismo tiempo, Adriana Delpiano, ex intendenta y ex ministra de varias carteras en administraciones anteriores, asumió el siempre difícil ministerio de Educación. La pregunta de fondo, más que por los nombres, es si los cambios de secretarios de Estado bastan para devolver la confianza en el futuro a los chilenos o si el problema es mayor y requiere una revisión del diagnóstico que la izquierda ha hecho, de su programa y cómo lo aplican al Chile de hoy.

Esta pregunta es muy importante, y según cómo lo resuelva la coalición gobernante dependerá en buena medida su éxito o fracaso en lo que queda de periodo presidencial.

Partiendo por el jefe político del gabinete, Jorge Burgos, que llegó a Interior para dar una señal de confianza y estabilidad, más cercana a la Concertación que a la Nueva Mayoría. De hecho, así pareció lograrlo en las primeras semanas. Sin embargo, en una de las principales preocupaciones de los chilenos como es la seguridad y la lucha contra la delincuencia, un 76% de los ciudadanos considera que los delitos han aumentado y un significativo 81% estima que estos actos son más violentos que hace un año atrás, según publica la última encuesta Plaza Pública Cadem. Los hechos muestran que el cambio ministerial no sirve de nada si las señales no van acompañadas de actos concretos, como lo es una condena expresa de la violencia, el respaldo a la labor policial y una adecuada persecución penal, en materia de seguridad, por ejemplo.

Al mismo tiempo, en Hacienda fue el propio Alberto Arenas quien pidió que se le juzgara por sus resultados. En consecuencia, la Presidenta Bachelet no tuvo alternativa, y luego de evaluarlo decidió reemplazarlo por alguien del perfil moderado y técnico, como es Rodrigo Valdés. Éste, si bien hizo lo correcto en un principio, al constatar el hecho de la falta de recursos fiscales y sincerarlo a la opinión pública, no ha cumplido las expectativas del mercado ni de los políticos. La señal de confianza en la economía se vuelve estéril si no se acompaña de diligencias concretas como el nombramiento de un nuevo director del Servicio de Impuestos Internos –donde primen los criterios técnicos y no los cuoteos políticos-, o bien las medidas efectivas pro crecimiento, cuya importancia se acentúa luego de la implementación de una reforma tributaria que precisamente ha restado dinamismo al progreso nacional.

Es de esperar que el cambio en educación no siga el mismo libreto y que el discurso sobre una mejora de la calidad tenga un correlato concreto en propuestas legislativas y en políticas públicas centradas en la sala de clases, y no sigamos viendo contradicciones deliberadas como ofrecer gratuidad universal y terminar consagrando privilegios solo para algunos estudiantes.

No basta con cambios en el equipo ministerial para hacerse cargo del mayoritario rechazo al gobierno, a sus reformas y a la Presidenta (desaprobación tan contundente que ni ser finalistas en la Copa América ha podido soslayar). Hoy se requiere una buena dosis de realismo político para hacer lo necesario por el bienestar de los chilenos, aunque esto implique abandonar el programa o limitar sus efectos. Un actual ejemplo de la obstinación con la ideología es el que podemos ver en la tragedia que vive Grecia, sumida entre la irresponsabilidad política del populismo y la falta de liderazgo. Es de esperar que en nuestro país la clase política esté a la altura de los desafíos y no contribuyan a la irrupción de una etapa de decadencia.

 

Julio Isamit, Presidente Chile Siempre.

 

 

FOTO: PRESIDENCIA.

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