Siempre es fácil colgarse de una frase pegajosa, y qué mejor que aquellas que alienan al público con un enemigo en común, llámese éste mercado, neo-liberalismo, clase empresarial, los poderosos de siempre, etc. ¿Dónde queda el rigor de los argumentos? Después nos preocupamos de eso. Vamos tirando frases, compañeros, que alguna se tendrá que quedar.
Publicado el 16.07.2016
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Es cada vez más común escuchar o leer a políticos, académicos, estudiantes y ciudadanos en general, desarrollando opiniones que utilizan alguna variación de la frase: “La lógica de mercado/rentista/neo-liberal ya no da para más”. De manera general, y en línea con los conceptos básicos de la democracia moderna, no debiese existir problema alguno en cómo se expresan las ideas, y cada individuo es libre de presentar sus posturas de la manera que le plazca. El problema se genera cuando las ideas tergiversan la realidad y fomentan la ignorancia. Desde mi perspectiva, parece que ese es exactamente el camino que está tomando la discusión nacional, donde frecuentemente se argumenta el conflicto insuperable entre dos bandos: por conveniencia, llamémoslos los del “Mercado” contra los del “Estado de Bienestar”.

De manera personal, creo que ambos bandos tienen más en común de lo que se cree, o más bien, de lo que se promociona. Mi diagnóstico es que es un problema de definiciones. En un contexto donde importa más la grandiosidad que el rigor de los argumentos, es conveniente dar un paso atrás y analizar los conceptos que se utilizan en el debate actual.

¿Quiénes son los del bando del Mercado?

Para responder esta pregunta, primero necesitamos algunas definiciones. Un título de propiedad sobre un bien (servicio) es la habilidad de un individuo de utilizar el mismo, ya sea a través de su consumo directo o a través del intercambio por otros bienes (servicios). Los costos asociados a la transferencia, captura y protección de los títulos de propiedad se denominan, costos de transacción.[1]  El Mercado es la instancia donde se intercambian dichos títulos de propiedad.[2]

De manera general, cuando se defienden las virtudes del Mercado, se esgrimen particularmente tres argumentos: (i) Que las interacciones en el mercado son de naturaleza personal y obedecen a las preferencias de cada individuo. (ii) Que, en teoría, la distribución de recursos a través del mercado, bajo el supuesto de la inexistencia de costos de transacción (más otras varias imposiciones matemáticas),  es eficiente. Cuando se dice que la distribución es eficiente, esto significa que todos los individuos terminan igual o mejor que cuando entraron a participar del mercado.  Y finalmente (iii), que cuando añadimos el sector de producción, las empresas participantes no generan rentas excesivas, maximizando el bienestar social. [3]

Si aceptamos estas definiciones, y teniendo en cuenta la masiva generalización de matices y argumentos de los párrafos anteriores, se deriva que los defensores del Mercado deberían ser aquellas personas que defienden la libertad de la elección individual sobre los títulos de propiedad, y que buscan la maximización del  bienestar social, tanto del sector consumidor como del sector productor. Nótese que estos lineamientos son válidos para todos, no tienen tamaño, color, ni orientación política. Más aún, teniendo en cuenta la simplificación, se añade que aquellas compañías que se mantienen participando en el mercado son las más competitivas, o en otras palabras, aquellas que son capaces de suministrar el mismo bien (servicio) a un menor precio.

A menos que en Chile se estén re-inventando los fundamentos de la teoría económica, el concepto de Mercado no justifica la formación de oligopolios y/o carteles (más aún, la clasifica como falla de mercado), la distribución de derechos o privilegios de producción a dedo bajo una dictadura, la no-penalización de conductas que van en directo desmedro de los consumidores, o el desarrollo de leyes a “medida” de los intereses de un puñado de empresas en un sector determinado. La lista sigue y sigue con las ya conocidas malas prácticas de algunos sectores productivos en la economía chilena, pero si nos quedamos al pie de la letra, y si aceptamos las definiciones que he utilizado, maximizar el bienestar social se relaciona bastante con lo que busca el  “Estado de Bienestar”, lo que nos lleva a la segunda definición.

¿Quiénes son los del bando del Estado de Bienestar?

Al contrario de la definición de Mercado, el concepto del Estado de Bienestar es mucho más difuso, y existen variedad de interpretaciones del mismo.[4] Esto limita las posibilidades de comparación, aunque para beneficio de muchos, facilita la utilización ad-hoc de parte del orador. En esta ocasión, yo prefiero quedarme con la idea propuesta por  T.H. Marshall en su ensayo titulado “Ciudadanía y la Clase Social” escrito en 1950.

De acuerdo a Marshall, la interacción social es fundada por la noción de mutualismo entre sus individuos. Esto significa el reconocimiento de la existencia de pares humanos y la posibilidad del beneficio mutuo a través de la interacción social. Bajo esta premisa, se construyen tres conceptos progresivos de ciudadanía en el Estado de Bienestar: (a) La ciudadanía civil, que asegura la igualdad ante la ley,  y es condición necesaria para protección de las libertades individuales. (b) La ciudadanía política, que asegura el derecho de sus miembros al sufragio y representación, y que es condición necesaria para las organizaciones democráticas. Finalmente, (c) La ciudadanía social, que comprende una variedad de derechos que permiten al individuo vivir la “vida de manera civilizada de acuerdo a los estándares de la sociedad contemporánea”, y que son fundamentales para que las personas puedan disfrutar y ejercer los derechos y deberes de los puntos (a) y (b).[5]

La interpretación de Marshall está sujeta a la realidad post Segunda Guerra Mundial en Inglaterra, pero la visión de su argumento no deja de ser válida en tiempos actuales. Los tres tipos de ciudadanía se construyen de manera progresiva ya que al reconocer al individuo como un semejante e igual ante la ley, no es coherente tener privilegios segregados en materias de representación. Esto deriva en la necesidad de establecer el ambiente y las condiciones para el derecho a voto y participación política. Es de interés de la sociedad, y cada uno de los individuos que la componen, que sus miembros tomen decisiones de manera informada, y que también puedan disfrutar de los beneficios implícitos de la ciudadanía. Hoy por hoy, esto se puede relacionar directamente con el aseguramiento del acceso a un nivel estándar de educación y salud para todos los miembros de la sociedad.

Los defensores del Estado de Bienestar deberían ser aquellos que abogan por la igualdad ante la ley, el derecho a sufragio y representación, y, lo más importante para esta discusión, la provisión de garantías y deberes que permitan a los ciudadanos vivir de manera civilizada y participar en el proceso de cohesión social. El Estado de Bienestar, al menos siguiendo el argumento de Marshall, no es una visión anti-mercado, ni tampoco el mercado es per-se un mecanismo en contra de los tres conceptos de ciudadanía. El Estado de Bienestar se construye bajo la igualdad ante la ley que asegura las libertades individuales, lo cual es un pilar fundamental al momento de asegurar las transacciones de los derechos de propiedad. Es más, tampoco se imponen limitaciones acerca de las garantías que pueden ser obtenidas a través de los mecanismos de transacción individual. La visión de Marshall no tiene conflicto con la desigualdad de ingreso, sino que se preocupa la provisión igualitaria de garantías para el ciudadano. La decisión de tomar la opción social o la opción privada es de carácter individual y sujeta a las condiciones de cada persona. Las ventajas en términos de ingreso se verán reflejadas sólo en la capacidad de consumo de los distintos agentes de la sociedad, y no en el acceso a los derechos garantizados para todos sus miembros.

Juntos y revueltos

Al examinar ambas proposiciones, resulta (o debiera resultar) evidente que existen muchos puntos de encuentro. Ambas visiones buscan incrementar el bienestar social, y requieren la existencia de instituciones que garanticen los derechos individuales de manera objetiva. La diferencia fundamental es la unidad de análisis. Para los del Mercado, el engranaje de bienestar es el individuo y sus decisiones; para los del Estado de Bienestar, este engranaje es la sociedad como conjunto y los derechos que la construyen. Todo bien hasta acá. El problema es que la sociedad no existe sin los individuos, y los mecanismos de decisión grupales están de una u otra manera determinados por los componentes individuales. Las interacciones de mercado, por otro lado, se constituyen en sociedad y no a través de individuos aislados unos de otros.

Cada vez que se sugiere, por ejemplo, terminar  con la “lógica de mercado”, o  por fin acabar con “el sistema neo-liberal”, se deberían hacer las aclaraciones pertinentes. ¿Queremos acabar con el sistema de mercado y las instituciones que aseguran el respeto a las transacciones y las libertades individuales?  Creo que lo que queremos es terminar con las fallas de mercado que resultan en rentas excesivas y que perjudican el bienestar del consumidor. Ni el más puro defensor de la ideología de mercado podría estar en contra de tal medida. Más aún, esta proposición está en perfecta armonía con los conceptos propuestos por Marshall.

Si como país decidimos embarcarnos en el ejercicio de establecer la ciudadanía social, se requiere como condición primera la ciudadanía civil y política. El Mercado es una parte fundamental de las interacciones entre individuos, y no se puede menospreciar el rol que juega en una sociedad libre. Si el objetivo es asegurar que todos los chilenos tengan acceso a las condiciones que les permitan alcanzar su potencial, este diálogo no se construye sobre la base de la destrucción de libertades esenciales.  El diálogo se debe construir en torno al objetivo, lo que permite identificar la forma, y aún más importante, las limitaciones para alcanzarlo.

Es evidente que en sistemas sociales complejos como las economías modernas existen límites para la eficiencia del Mercado, sobre todo en las dimensiones de mayor sensibilidad social como el acceso a salud, educación y la calidad ambiental por nombrar algunos.  Pero inclusive si tomamos otras perspectivas alternativas a las de Marshall, el rol del Mercado en la libertad personal no puede ser simplemente sustituido por un Estado más grande. Un Estado que no necesariamente es el Estado de Bienestar, sino que probablemente el grupo de burócratas de turno con agendas políticas e intereses personales que comúnmente están por sobre los del bienestar social.

Siempre es fácil colgarse de una frase pegajosa, y qué mejor que aquellas que alienan al público con un enemigo en común, llámese éste mercado, neo-liberalismo, clase empresarial, los poderosos de siempre, etc. ¿Dónde queda el rigor de los argumentos? Después nos preocupamos de eso. Vamos tirando frases, compañeros, que alguna se tendrá que quedar.

Renato Molina, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.

[1] Barzel, Yoram. Economic analysis of property rights. Cambridge University Press, 1997.

[2] Demsetz, Harold. “The exchange and enforcement of property rights.” The Journal of Law & Economics 7 (1964): 11-26.

[3] Baumol, William J. Economic theory and operations analysis. Vol. 10. No. 11. Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall, 1977.

[4] Barr, Nicholas Adrian. The economics of the welfare state. Stanford University Press, 1998.

[5] Marshall, Thomas H. Citizenship and social class. Vol. 11. Cambridge, 1950.