Haría muy bien a los políticos leer a Modiano, aunque en realidad es al país al que le haría bien que lo hicieran.
Publicado el 12.10.2014
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Es difícil describir la alegría que me produjo el mensaje de un amigo el jueves en la mañana, contándome que Modiano había ganado el premio Nobel de literatura.  Con la subjetividad del adepto y la audacia del principiante, afirmo que se trata del escritor francés vivo más importante y, por lejos, uno de los más notables de la literatura universal del momento.

Modiano ha hecho más que escribir novelas, ha dado con una manera singular de ver al ser humano y las relaciones que construimos. En una amalgama químicamente perfecta, logra una simbiosis entre la profundidad de su reflexión sobre la vida, con el carácter esencialmente leve, sutil de la existencia, que deja apenas un eco que también se pierde, como una pequeña nube de humo que se disuelve en el aire infinito.

“Hutte repetía siempre que, en el fondo, todos somos “hombres de las playas” y que en la arena –cito sus propias palabras- no dura más que unos segundos la huella de nuestros pasos”. (Calle de las tiendas oscuras. Editorial Anagrama).

Tal vez lo que más me cautiva es que detrás de sus relatos melancólicos no está la amargura del sinsentido, ni el desprecio por una sociedad marcada por el sufrimiento inevitable y desgarrador.  En su melancolía, y a diferencia de Celine, Modiano no te lleva en un “Viaje al fin de la noche”, sino que busca en esa brumosa noche del pasado algunos hitos, pequeños puntos de referencia, que nos permiten entender algo de lo que somos.

Sus novelas se construyen sobre el supuesto implícito que la vida tiene un sentido que merece buscarse.  “En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura.  Y entonces creamos vínculos, intentamos que sean más estables los encuentros azarosos”. (En el café de la juventud perdida. Editorial Anagrama).

Algo que caracteriza sus relatos es la falta de grandilocuencia, hay una modestia natural en las historias de Modiano. Falta de pretensión que se expresa en personajes que ocupan posiciones menores, no emprenden grandes proezas; cuando más la de encontrarse a sí mismos, saber quienes son, antes de perderse para siempre en ese destino marcado por la ignorancia que los precede y por el olvido que los sucede.

Su experiencia vital, la pérdida de las relaciones que forman la identidad en la infancia y adolescencia, aparece en cada página.  El abandono de sus padres y la muerte muy temprana de su único hermano, parecen haberlo entregado a una soledad que sólo ha podido superar en una forma de desapego de todo aquello que se puede perder en cualquier momento.  Es un náufrago de la catástrofe que significó la segunda guerra mundial y perdido en la soledad del mar encontró una tabla a la que asirse, la literatura.

En muchos sentidos hace bien leer a Modiano, primero por el placer estético, porque su prosa es sutil y, al mismo tiempo, elegante.  Nos conduce con agrado a los laberintos de la melancolía.  Por lo mismo, no creo que sea un escritor para la juventud, hay que tener conciencia de los vericuetos en que la memoria esconde partes de nuestro pasado para sentirlo y disfrutarlo.

Pararse en la vereda desde la que escribe sus historias es también una buena forma de mirar con otra perspectiva nuestras ambiciones, evidenciando la dosis de puerilidad que tienen casi todas ellas.  En el universo modianesco las pretensiones de importancia se mueven con la velocidad y la torpeza de un astronauta en la atmósfera lunar.

Haría muy bien a los políticos leer a Modiano, aunque en realidad es al país al que le haría bien que lo hicieran.  En estos tiempos en que se ve y escucha a tanto dirigente de seño adusto, algunos muy jóvenes para tanta gravedad de espíritu, les vendría bien caminar por las calles de las tiendas oscuras y, al igual que el  personaje de esa novela, buscar sus raíces, a ver si redescubren algunos de los errores cometidos antes por otros como ellos, que han causado los mayores males de nuestra historia.

Cuántas veces otros también llamaron a cambiarlo todo; por eso oír ahora a los que anuncian nueva educación, nueva constitución, poner fin al lucro, al abuso, terminar la desigualdad y edificar esa sociedad justa que han soñado y construirán desde una retroexcavadora, no tiene nada nuevo.  Sería bueno que entraran al mundo modianesco por un rato y asumieran que la inmensa mayoría no será más que “hombres de las playas” cuyas huellas se borrarán en apenas unos segundos, aunque los efectos de sus errores perduren por varias generaciones.  Esa dosis de humildad es incompatible con los afanes revolucionarios, pero ayuda mucho a conducir los países por camino seguro.

Quienes lo critican dicen que todos sus libros son iguales.  En parte es cierto, él mismo dice que siente que ha estado toda su vida escribiendo el mismo libro, pero uno no se cansa de leer esa prosa, de transitar por los vericuetos de esa búsqueda que tiene la lucidez de la mejor filosofía y la belleza del mejor arte:

“Una niña vuelve de la playa, al anochecer, con su madre.  Llora por nada, porque habría querido seguir jugando. Se aleja. Ya ha doblado la esquina de la calle. ¿Y acaso no se esfuman en el crepúsculo nuestras vidas con la misma rapidez que ese disgusto infantil?”

 

Sólo un gran Premio Nobel.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO:DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO

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