Lo que más debe sorprender de los atentados es la juventud de sus autores
Publicado el 27.09.2014
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La Fiscalía ha formalizado a tres imputados por los atentados de bombas en las estaciones de Metro y, según informa la prensa, centra su investigación en un posible cuarto implicado. Por lo que parece, se trata de tres jóvenes de convicciones antisistémicas, no muy distintas de las que antes pudieron haber motivado a los implicados en el bullado “caso bombas”.

Por supuesto, nadie puede pretender que la comisión de delitos terroristas quede impune. Por ello, es de esperar que la investigación siga su curso normal y consiga determinar la responsabilidad de los autores. Con todo, si luego de dictada la sentencia condenatoria volviéramos tranquilamente a nuestros asuntos como si nada hubiera ocurrido, entonces querrá decir que hemos perdido toda capacidad de asombro.

¿Quiénes conforman estos grupos antisistémicos? ¿Qué buscan? ¿De dónde provienen? Para el resto de nosotros, dedicados como estamos a pagar las cuentas y planificar nuestras vacaciones, la sobrevivencia de ideologías violentas nos parece un fenómeno extraño y anacrónico, de un romanticismo macabro y mal entendido, aunque no por eso menos inquietante. Quisiéramos creer que la convivencia política en nuestro país ha sido siempre como es hoy: complicada, sí, pero posible y, en cualquier caso, pacífica. En cambio, los estallidos de la estación Escuela Militar —y el que anoche mató a otro presunto terrorista— vienen a recordarnos que el imperio de la paz y la justicia deben volver a conquistarse con cada generación que llega al mundo.

Precisamente, lo que más debe sorprender de estos atentados es la juventud de sus autores, que, no obstante ello, esgrimen razones que creíamos haber sepultado. Se trata de jóvenes que, como en la Verona de William Shakespeare, “con odio antiguo hacen discordia nueva.” En los márgenes de nuestra sociedad moderna cunde el discurso nihilista y revolucionario. Y entonces, una vez más, “la sangre tiñe sus civiles manos”.

Probablemente, como suele ocurrir en Chile, el asunto no recibirá mayor atención. Quedará archivado sin masticarse. Una sola forma de procesamiento del problema será admitida: la vía punitiva. Clamaremos por la imposición de penas ejemplares y, una vez satisfecha nuestra demanda, quedaremos tranquilos de pensar que Chile está compuesto exclusivamente por ciudadanos pacíficos y dispuestos a convivir democráticamente. Quedará censurada la interrogante sobre los medios de sobrevivencia de la violencia y su capacidad para engendrar vástagos en medio de nuestra democracia. Y así vamos construyendo nuestra curiosa identidad nacional: simplona, monolítica, ciega respecto de su pasado histórico y negadora de los conflictos del presente.

Los rigores de la pena caerán (se supone) sobre los culpables de los atentados. Es justo que así sea. Pero eso no debiera alegrarnos si nos vemos obligados a concluir, como en el drama shakesperiano, que “nada sino la muerte de los hijos pudo llevar a los padres a la paz”.

 

José Miguel Aldunate, investigador de la Fundación para el Progreso (FPP).

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO