El “unilateralismo extremo” puede ser efectivo para la concreción de los objetivos que Trump persigue. Pero es un instrumento que genera incertidumbre y temor, y que puede acabar perjudicando al propio Estados Unidos al dejar vacíos de poder que —con toda lógica— serán aprovechados por otros países.
Publicado el 27.01.2017
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Donald Trump no pierde el tiempo. En sus primeros días en la Casa Blanca, el 45º Presidente de Estados Unidos no solo ordenó cambiar las cortinas del Salón Oval, reemplazando las de color granate —instaladas durante el segundo mandato de Obama— por doradas. También firmó los primeros documentos para proceder a desmantelar el sistema de salud conocido como “Obamacare” y anunció que renegociará con Canadá y México el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por su sigla en inglés), en vigor desde enero de 1994.

Además, oficialmente puso fin a la participación de su país en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP), uno de los mayores proyectos de integración comercial del anterior Gobierno. Y con eso sepultó este proyecto que desde hace más de seis años buscaba agrupar a doce países de Asia y América —entre ellos Chile—, cuyos habitantes suman nada menos que 800 millones, además de representar el 40% de la economía mundial, el 30% de las exportaciones globales y el 25% de las importaciones.

Y no satisfecho con todo eso, firmó la orden ejecutiva para iniciar la construcción del polémico muro en la frontera con México, cuyos trabajos —según el Mandatario— comenzarán en “meses”. Ante lo cual el Presidente Peña Nieto reiteró que su país no pagará los costos de dicho proyecto.

Aún estamos lejos de que Trump cumpla sus primeros cien días en el Gobierno, lo que —sin duda— le dará bastante tiempo para ir concretando nuevos cambios que tendrán profundos impactos tanto dentro, como fuera de EE.UU.

Durante su discurso inaugural, dejó en claro los pilares sobre los cuales construirá su mandato: “Hacer grande a EE.UU. otra vez” y “Estados Unidos primero”. Y al menos esta última parte la está cumpliendo a cabalidad.

El punto es que EE.UU., desde fines de la Segunda Guerra Mundial, ha sido la principal potencia del mundo. Una posición que trae consigo enormes atribuciones y sobre todo, ineludibles responsabilidades. Todo lo que ha dicho Trump hasta ahora, así como lo que ha hecho, se puede leer como el intento por imponer un gobierno profundamente nacionalista y de creciente aislacionismo, renunciando así —al menos en parte— a su rol de superpotencia.

Ian Bremmer, presidente del Eurasia Group y autor del libro “Superpower: Three Choices for America’s Role in the World”, aclara que esto no es aislacionismo, sino “unilateralismo extremo”. Algo a lo cual habrá que acostumbrarse por los próximos cuatro años.

La pregunta es si esos mismos objetivos declarados durante la campaña —aumentar los empleos, beneficiar a los trabajadores de clase media, bajar los impuestos— se podrían concretar sin tanta agresividad, sin esa sensación de que se cumplirán imponiéndolos y no negociándolos.

Trump no puede retrotraer a EE.UU. a fines de los años 70 o comienzos de los 80, cuando el mundo aún no vislumbraba el advenimiento de la globalización (fenómeno que tiene tantas virtudes como defectos, por cierto). Su estilo rupturista y confrontacional —la prensa estadounidense lo está viviendo en carne propia— puede que satisfaga a muchos de sus partidarios, pero las recientes protestas masivas en Washington y otras ciudades de EE.UU. y del mundo, son la prueba del creciente rechazo a sus palabras.

El “unilateralismo extremo”, como dice Bremmer, puede ser efectivo para la concreción de los objetivos que Trump persigue. Pero es un instrumento que genera incertidumbre y temor, y que puede acabar perjudicando al propio Estados Unidos al dejar vacíos de poder que —con toda lógica— serán aprovechados por otros países.

Un buen ejemplo es lo ocurrido con el TPP, del cual China no formaba parte. Ahora Beijing tiene la oportunidad de impulsar “su propio orden comercial” a través de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por su sigla en inglés), que suma 3.400 millones de personas y del cual formarán parte los diez integrantes de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), además de seis países con los que Asean mantiene tratados de libre comercio: Australia, China, India, Japón, Corea del Sur y Nueva Zelandia. Pero sin EE.UU.

La segunda opción es el Área de Libre Comercio Asia Pacífico (FTAAP), que busca unir a las economías del Pacífico —tanto asiáticas como americanas—, incluyendo a Estados Unidos. Y que se podría alcanzar en el largo plazo, precisamente, a través del RCEP.

Otro caso similar es Europa, en donde si Washington decide reducir su compromiso con la defensa continental y acaba debilitando la OTAN, Rusia aprovechará de fortalecer su esfera de influencia en todo lo que es Europa del Este.

Trump ha tomado las riendas de un país tan dividido como el propio Partido Republicano, hoy en control de la Casa Blanca y del Capitolio. Y sus acciones, seguramente, también dividirán a la comunidad internacional. Lo único que resta ahora es ver hasta dónde está dispuesto a llegar para cumplir con sus objetivos.

 

Alberto Rojas M., director Observatorio de Asuntos Internacionales Universidad Finis Terrae