Cada expresión del terrorismo tiene particularidades, pero hay patrones que pueden identificarse desde una perspectiva psicológica.
Publicado el 15.09.2014
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Enfrentarse al terrorismo parece ser asomar un poco la cabeza hacia un oscuro abismo. La imposibilidad de entender las razones que hacen que alguien esté dispuesto a matar civiles inocentes por una causa política nos resulta ominosa. Esto sólo puede ser obra de un desquiciado o de alguien intrínsecamente malo. El desafío por intentar comprender la mente de un terrorista podría parecer inútil. ¿Qué lógica podría haber detrás de un integrante de ISIS? ¿Será posible, en algún aspecto al menos, entender y empatizar con quien pone una bomba en un centro comercial?

En el ámbito de las ciencias sociales, este tipo de preguntas tomaron un nuevo impulso después de los ataques al World Trade Center. Desde el 2001, la investigación sobre la mentalidad terrorista se vuelve, más que un tema académico, un problema de seguridad nacional. Uno de los investigadores más importantes, el psicólogo iraní Fathali Moghaddam de Georgetown University, ha planteado que el terrorista no tiene una carga genética específica o una estructura de personalidad particularmente sociópata o es dueño de una voluntad esencialmente perversa. El terrorista que está dispuesto a inmolarse –y quizás en un grado levemente menor el que está dispuesto a inmolar a otros– es el resultado final de un proceso gradual, que Moghaddam llama la “escalera hacia el terrorismo”. Su análisis está centrado en el terrorismo de inspiración islámica, que si bien tiene obvias variantes culturales e ideológicas con el terrorismo que se insinúa en nuestro país, posee igualmente elementos que nos pueden ayudar a entender el proceso.

Todo terrorista nace de un contexto de “percepción de deprivación”, es decir, en condiciones sociales bajo las cuales se experimentan carencias, ya sean propias o de terceros. Frustración, injusticia, humillación, dolor, marcan la existencia diaria. La insatisfacción radical con el “sistema capitalista”, el “modelo hegemónico” o “el imperio” son recién puntos de partida en la escalera. Pero a diferencia del resto de los sujetos en la misma condición, para algunos esta deprivación radical se concreta en dos escalones posteriores: la decisión de luchar y el desplazamiento de la agresión. Ya la culpa no es de un sistema abstracto, sino de ciertos grupos identificados como agresores y a los cuales hay que hacer frente. Una vez etiquetados los responsables, resulta factible dirigir la frustración hacia objetivos definidos. En este nivel podríamos situar quizás a “los mismos de siempre”, cerrando a pedradas las marchas y manifestaciones autorizadas. Son individuos cuya insatisfacción ha sido atribuida vagamente a grupos o instituciones, pero sin delimitar mecanismos de acción más sofisticados.

El escalón siguiente incorpora la ideologización: usualmente quienes ya han decidido hacer frente a los responsables de la insatisfacción radical, suelen buscar discursos que legitimen moralmente su disposición. Esto se da en el contexto de pequeñas comunidades en las que no sólo se articula un discurso político-moral, sino que se genera un compromiso ético con la lucha. Ya no sólo hay una rabia que expulsar, sino un deber que llevar a cabo, una obligación que cumplir. En este contexto de articulación ideológica, plantea Moghaddam, se comienzan a radicalizar los procesos psicológicos de pensamiento dicotómico (nosotros vs. ellos) y de solidificación ideológica. Lo que alguna vez fue una inquietud crítica se convierte en certeza, los sospechosos ya son culpables, lo que antes era una molestia ya es un mal que debe ser destruido. En este punto ya se ha abandonado cualquier esperanza de transformación mediante las vías democráticas, puesto que subyace la convicción de una perversión basal, presente en todo nivel del sistema. Se intensifican los procesos cognitivos de estereotipación, y particularmente de dehumanización –la negación de rasgos humanos a los miembros de un grupo distinto al propio– que posibilitan comprender que sean necesarias acciones que, directa o indirectamente, dañen o eliminen a inocentes. En el caso del terrorismo islámico, estudiado por Moghaddam, estos procesos se absolutizan al punto de inhibir mecanismos básicos de empatía que podrían llevar al atacante a abortar su misión en el momento final. Este es el último escalón de la escalera: la disposición a morir y matar por la causa, entendiéndola como una realidad trascendente a la propia individualidad, a la legislación y a los demás.

Cada expresión del terrorismo tiene particularidades históricas, culturales e ideológicas específicas, pero hay ciertos patrones estructurales que pueden identificarse desde una perspectiva psicológica. Siguiendo este modelo, nos podemos hacer una idea de cómo un sujeto agobiado por las condiciones materiales se convierte progresivamente en un terrorista. La prevención de ataques terroristas, por lo tanto, no está sólo en el trabajo de agencias de inteligencia que detecten grupos y células ya dispuestas a actuar, sino también en la reducción de las condiciones de desigualdad e injusticia, como también en el fortalecimiento de expresiones políticas y civiles del descontento. Una vez más, la solución al problema requiere más y mejor política.

 

Cristián Rodríguez, Académico Escuela de Psicología Universidad de los Andes, directorio IdeaPaís.

 

FOTO:AGENCIAUNO