A diferencia de Sampaoli, Bachelet no se atreve a decidir un estilo de juego y, ante la lluvia de críticas razonables, defenderlo y mantenerlo.
Publicado el 07.07.2015
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Cuando los países logran importantes resultados deportivos, los gobiernos cosechan los dividendos políticos del buen ambiente que se gesta en la sociedad. Cuando esos triunfos ponen fin a décadas de frustraciones y expectativas incumplidas en el deporte más popular, es inevitable que el gobierno vea aumentar su popularidad. Cuando llueve después de tantos años de sequía, todos se benefician. El triunfo de Chile en la Copa América constituye un bienvenido bálsamo para un gobierno que, por la difícil situación económica internacional y por demasiados errores propios, ha vivido un pésimo año. Ya que se arriesgó a asistir al estadio para todos los partidos de la selección nacional, la Presidenta Bachelet también se ha apropiado de la victoria. Aunque las encuestas más recientes no lo reflejen, la Copa América ya ha traído dividendos de aprobación y popularidad para el gobierno.

Pero la Copa América no será un punto de inflexión para el complejo momento que vive la administración Bachelet. Igual que un agricultor que no construyó embalses ni diques, el gobierno no podrá almacenar la lluvia de optimismo de la Copa América para enfrentar los problemas que se vienen. Peor aún, como el gobierno se ha especializado en desperdiciar balas de plata —el informe del Consejo Anticorrupción, el 21 de mayo y el cambio de gabinete—, no hay razón para pensar que esta vez será diferente.

Dividido entre aquellos que quieren frenar el impulso fundacional, para diseñar una estrategia que se haga cargo de la mala situación externa que ha acelerado el freno de la economía, y aquellos que temen un aumento del descontento social si se abandonan las promesas más simbólicas de campaña, La Moneda parece incapaz de decidirse por un camino. La indecisión de la Presidenta ha llevado a la Nueva Mayoría a convocar a una cumbre el sábado 11 de julio para dirimir diferencias. Pero como las lecturas sobre lo que está pasando en Chile son tan disímiles entre los gradualistas y los refundadores, es imposible que el cónclave lleve a un consenso sobre qué hacer.

Por cierto, las diferencias sobre el diagnóstico y el tratamiento para los problemas que afligen a Chile no son nuevas en la coalición de centro-izquierda. Las diferencias entre autoflagelantes y autocomplacientes (formalizadas por primera vez a fines de los 90) sobrevivieron al cambio de nombre de la coalición. En el pasado, todos los presidentes concertacionistas zanjaron esas diferencias a favor de los que querían cambios graduales para seguir construyendo sobre las bases del modelo de libre mercado heredado de la dictadura. Aunque hicieron guiños a los sectores más izquierdistas, especialmente en periodos electorales, los presidentes de la Concertación mantuvieron la hoja de ruta moderada.

Enfrentada al mismo conflicto que sus predecesores —y que ella misma, en su primer periodo—, la Presidenta ha evitado tomar partido. En cambio, ha optado por dar señales que tranquilicen tanto a los que quieren refundar el país como a los que sólo quieren mejorar el modelo. Por un lado, promete un proceso constituyente que se iniciará en 60 días y, por otro, confiesa a empresarios que el gobierno está abierto a abrir el debate tributario para corregir las imperfecciones de la reforma apresuradamente promulgada en 2014. Bachelet parece determinada a demostrar que ella será capaz de cuadrar el círculo.

Al parecer, Bachelet no entiende que una de las obligaciones de un Presidente es dirimir entre posiciones contrapuestas en su coalición de gobierno. En palabras de la propia Bachelet, los presidentes deben cortar el queque. Cuando un mandatario busca quedar bien con todos, genera las confusiones y desencantos que hemos visto de forma reiterada en estos 16 meses de gobierno.

En el fútbol, los entrenadores de la selección nacional enfrentan un problema similar. Como todos los aficionados tienen su propia receta para alcanzar el éxito, las decisiones de los entrenadores siempre generan críticas. Pero a los entrenadores se les juzga por los resultados. Hoy en Chile, todos los que —con argumentos razonables— fueron críticos de Jorge Sampaoli deben tragarse sus palabras y reconocer los méritos del entrenador que nos llevó a ser campeones de América. Sampaoli tomó riesgos y se la jugó por una estrategia que resultó ser victoriosa.

La razón por la que parece improbable que el gobierno de Bachelet convierta los dividendos de la Copa América en un punto de inflexión tiene que ver con que, a diferencia de Sampaoli, Bachelet no se atreve a decidir un estilo de juego y, ante la lluvia de críticas razonables, defenderlo y mantenerlo. Es cierto que si opta por una alternativa, la Presidenta podría errar el camino y fracasar. Pero si se mantiene en la indecisión entre los que quieren apurar el tranco y los que quieren corregir rumbo, no hay posibilidad de que la Presidenta logre alcanzar el éxito.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: JAVIER SALVO/AGENCIAUNO

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