El terrorismo islámico de ISIS tiene a su favor una sociedad, como la europea, donde lo políticamente correcto, que se ha vuelto una tiranía, entrampa las investigaciones y las posibles limitaciones a su accionar.  De allí que haya una respuesta a través de partidos políticos nacionalistas y populistas, contrarios a la inmigración.
Publicado el 04.08.2016
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“Todos los personajes de Dostoievski se interrogan sobre el sentido de la vida”.  Albert Camus.

“Si Dios no existe, todo está permitido”. Los Demonios, Feodor Dostoievski.

“Por un dolor verdadero, auténtico,  incluso los imbéciles se han convertido algunas veces en inteligentes… Esto es lo que sabe hacer el dolor”. Los Demonios, Feodor Dostoievski.

Reflexionado sobre la seguidilla de atentados recientes en Europa y Norteamérica, inspirados por ISIS, caben muchas interrogantes e interpretaciones.  Más solo una única e imperiosa pregunta: ¿Por qué?

Adentrarse en la mente del terrorista fanático y religioso no es tarea fácil. Contamos, eso sí, con la gran novela de Feodor Dostoievski, Los demonios. Este libro es un campo magnético donde siguen batallando las fuerzas más poderosas de la mente moderna: la fe  y la incredulidad, la ideología y la religión, el fin y los medios, la razón y su consecuencia extrema: el fanatismo.

Hay que comenzar distinguiendo. Unos son los que han diseñado la estrategia de confrontación de ISIS con el resto del mundo.  Es una estrategia exitosa, hasta el momento, delineada con una gran finura sicológica.  En ella, se entra de lleno en el campo occidental, de los miedos y de las inseguridades de sociedades que no han sabido adaptarse bien a la globalización cultural en la cual se desenvuelve el mundo de hoy. De esta manera, conviven en un mismo territorio quienes comparten culturas distintas, no lográndose una asimilación homogénea entre ellas.

Se manipulan emociones básicas, que son las mismas que se gatillan entre los “soldados” del movimiento en el momento que entran en acción. Se manipula también la ignorancia de los reclutas que no han alcanzado una madurez sicológica y mental.

La coordinación se hace utilizando las nuevas tecnologías de la comunicación, que permiten una mayor flexibilidad en la transmisión del mensaje pero, al mismo tiempo, se pueden abrir para abarcar con el mismo un vasto grupo de seguidores.  Este modus operandi es un mentís al supuesto atraso de estos grupos o la falta de sofisticación mental de los mismos.  Las herramientas de las tecnologías sirven para conseguir sus objetivos.  Y les posibilitan flexibilizar tácticas con el fin de incrementar el factor sorpresa.

Juega a su favor una sociedad, como la europea, donde lo políticamente correcto, que se ha vuelto una tiranía, entrampa las investigaciones y las posibles limitaciones a su accionar.  De allí que  haya una respuesta político-social a este estado de cosas con el surgir de partidos políticos nacionalistas y populistas, contrarios a la inmigración.

Esta situación conviene a ISIS, ya que en su mentalidad lograr una división social en los países en que actúa no hará sino exacerbar las posibilidades de éxito de su estrategia. Ella no solo incluye la guerrilla de acciones directas, ya de por sí muy difícil de controlar, sino la guerrilla subliminal y psicológica, que es imposible de cuantificar y frenar. Toda una guerra de comunicaciones, en la cual, el bando que se supone más débil  lleva el sartén por el mango. Básicamente por una superioridad en su sistema de comunicaciones y propaganda y por una verticalidad absoluta en el análisis táctico y despliegue de acciones. Y una total claridad de medios, objetivos y conclusiones.

Mención aparte, y es la cosa central, es cómo este estado, que al final basa sus resultados en las acciones, mayoritariamente suicidas de sus reclutas, llega a dominar las mentes de ellos de tal manera que no solo no hay atisbos de cuestionamiento a las acciones y tácticas, sino una fuerza fanática que contrapesa toda limitación logística en el campo de batalla. Es el fanatismo que se cultiva a partir de una educación incompleta y dirigida, donde se busca anular al individuo y su voluntad, y que tiende a actuar por instinto y estímulos.

Se busca la simpleza del comando. De allí la peligrosidad de las “células dormidas” que hay en muchísimas ciudades europeas y posiblemente en Norteamérica, y que despiertan al más mínimo estimulo dirigido.

Al final, el sentido de la vida de este grupo no es buscar una realización personal.  No es obedecer a una voz interior que los llame a expresarse de acuerdo a sus impulsos intelectuales y afectivos más íntimos.  Poco de eso existe.  Es más bien la búsqueda de una razón de ser. De una razón de vida en el nombre de una religión que en verdad no acaban de comprender y han aprehendido de una manera más bien esquemática y básica. De allí el ataque a la cultura, a las artes y al deporte, todas disciplinas que buscan estimular una individualidad inserta en un todo social.

Del historial de los últimos ataques terroristas en Francia y Alemania se desprenden unos ciertos patrones.  Seres taciturnos y tranquilos, quienes, llegado el momento, han actuado sin dilación.  No nos engañemos: para perpetrar estos ataques se necesita un entrenamiento específico, una precisión estudiada y una sangre fría que no es posible improvisar.  Es decir, son piezas de un engranaje mayor.  Ante la ausencia de voluntad propia, hay un mando central, un grupo de mentes que van moviendo las fichas en una secuencia predeterminada y lógica.

Curiosamente es esta una lógica más occidental que oriental.  Un pensamiento basado en la observación cuidadosa de sociedades que con el pasar de los años y el desarrollo de sus historias colectivas fueron abriendo flancos cada vez más vulnerables.  Donde la acción política timorata y la tiranía de lo políticamente correcto  fueron creando espacios que fueron hábilmente ocupados por este enemigo.

Lamentablemente  el mundo está ante una situación creada por la convergencia de múltiples factores. No existe ni solución fácil ni solución rápida.  El enemigo no es solo imposible de cuantificar, sino que también no se le puede situar geográficamente.  Entra a la acción mediante un artilugio de estímulos comunicacionales.  Y su asimilación social no es ya posible, ya que, para poder acomodarse a una cultura nueva se necesita un conjunto de habilidades conductuales que muchos de ellos no tienen y es muy difícil que las adquieran.  De allí la proliferación de guetos en muchas ciudades de Europa.

La tarea es ardua y los plazos son extendidos.  Queda entender  por qué se llega a estas situaciones y por qué es tan difícil entenderlas.  El individuo que busca su expresión solo a través de un acto de martirio, dentro del marco de una ideología político-religiosa incomprensible para los demás, es difícil de combatir, ya que es muy difícil de identificar.

Un buen comienzo sería un análisis riguroso, y sin palabrería políticamente correcta de la situación existente.  Europa y sus sociedades merecen este rigor que les permita entender una situación, de una manera objetiva. Un diagnóstico claro y un curso de acción decidido.

Apuntemos que este movimiento se puede asimilar al de los “nihilistas” rusos del siglo XIX. que abrieron paso a una revolución soviética cuyas secuelas aún vive el mundo en la actualidad. El movimiento que comentamos tiene muchos puntos en común con aquel. Por lo tanto, es iluso pretender que mañana despertaremos y el problema de habrá desvanecido.

Al final, la sociedad es solo la sumatoria de sus componentes.  Estos eslabones  forman una cadena de infinitas complejidades, no obstante están unidos con una espiritualidad común. Este es uno de los elementos a estimular: tanto como individuos y tanto como sociedad. Y dentro de este habitáculo que compartimos, la búsqueda de la expresión individual, siempre como un fragmento de un todo colectivo, es la idea y la meta a la cual debemos aspirar.

Enrique Subercaseaux, ex diplomático y gestor cultural.