No basta con erradicar la pobreza para lograr la mera subsistencia; esta erradicación debe asegurar, por un lado, vidas dignas que permitan la realización personal, y por otro, un escenario de mayor igualdad e inclusividad, donde realmente todos seamos parte de un mismo Chile.
Publicado el 04.10.2016
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Los resultados de la encuesta Casen 2015 han provocado polémica. Según los datos, la pobreza, medida en términos de ingreso, ha disminuido 2,7 puntos porcentuales. Sin embargo, desde una perspectiva multidimensional, ella sólo bajó en un 1,3%. De este modo, si actualmente alrededor de 2 millones de chilenos no cuentan con un ingreso mínimo para suplir sus necesidades básicas, son más de 3,5 millones los que viven en una situación de pobreza multidimensional. Esto incluye factores relacionados con la vivienda, salud, educación, trabajo y seguridad social, redes y cohesión social. ¿Se trata de una diferencia relevante?

La respuesta a esta pregunta depende de las razones por las cuales consideramos que la pobreza es problemática. En su libro Sobre la revolución, Hannah Arendt afirma que la “maldición de la pobreza radica más en la invisibilidad que en la indigencia”. Es decir, que la pobreza no se restringe al hecho exclusivo de tener bajos ingresos, sino que también se traduce en la incapacidad para acceder a los recursos, bienes (de todo tipo) y servicios que hacen posible participar activamente en los asuntos de la comunidad. Esto mismo lo observó Adam Smith: las necesidades no se refieren sólo a aquellas cosas imprescindibles para subsistir, sino a todo aquello que las costumbres de una determinada sociedad exigen para llevar adelante una vida significativa.

De aquí la importancia de apuntar al carácter multidimensional de la pobreza, si en realidad nos importa el drama que esta condición supone —su invisibilidad— y no sólo las cifras técnicas. Sin advertir el problema en toda su magnitud, será sencillamente imposible buscar soluciones eficaces. El acceso a una educación de calidad, una adecuada atención de salud, un trabajo estable y seguridad social, una vivienda digna que haga posible la vida familiar, espacios de recreación, redes de apoyo y posibilidades de una participación activa en las decisiones comunes —que mide hoy la CASEN—, constituyen para el Chile actual mínimos indispensables para el despliegue de las capacidades humanas de cada ciudadano. Vale decir, los que posibilitan alcanzar su proyecto de vida. Como señala el Nobel de Economía Amartya Sen, los recursos necesarios deben ser juzgados en su capacidad de ofrecer una libertad sustantiva, real, a cada persona; y no una libertad meramente formal o ilusoria.

Esto se vuelve aún más problemático al constatar que los mismos datos de la CASEN muestran que los niveles de desigualdad en Chile continúan siendo muy elevados, lo que acentúa de manera significativa el problema de la exclusión. Así, al mismo tiempo que la pobreza multidimensional sigue siendo muy significativa, un porcentaje minoritario (1%) de la población concentra más de un 30% del ingreso total del país, lo que a su vez supone el acceso casi exclusivo a otros recursos relevantes. No se trata sólo de un problema de desigualdad material, sino fundamentalmente de la imposibilidad de integración social que tales niveles de diferencia suponen: a pesar de compartir un territorio común, muchas veces pareciera que vivimos en países distintos.

No basta, entonces, con erradicar la pobreza para lograr la mera subsistencia; esta erradicación debe asegurar, por un lado, vidas dignas que permitan la realización personal, y por otro, un escenario de mayor igualdad e inclusividad, donde realmente todos seamos parte de un mismo Chile. Aunque se nos olvida con demasiada frecuencia, esto representa un objetivo político de primer orden.

 

Catalina Siles, investigadora IES.