Aquellas sociedades que facilitan mediante sus instituciones un sano desarrollo de las libertades indiviuales son las que prosperan en el tiempo. El superciclo en commodities de favorables precios para el cobre, con fuerte inversión y crecimiento económico, nos nubló de lo que realmente importa: la capacidad y calidad de nuestras instituciones.
Publicado el 20.07.2015
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Robinson y Acemoglu nos lo advirtieron. Un elemento clave que diferencia la prosperidad de las naciones es cómo el diseño de las instiuciones permite el desarrollo de las libertades. Aquella sociedad que no se hace cargo mediante sus instituciones de administrar las externalidades sociales ineherentes al ejercicio de nuestras propias libertades no está entendiendo el mensaje del “por qué fracasan las naciones”.

Sí, la libertad mal entendida, aquella que no internaliza los costos sociales del comportamiento individual, no es eficiente ni mucho menos estable. Como bien plantean los autores, lo que diferencia a los empresarios en el mundo moderno no es que unos sean mejores personas que otros, sino que son las instituciones sociales las que moldean el comportamiento de éstos mediante el incentivo a virtudes como la creatividad y la innovación, pero también a aquellas relacionadas a la sana competencia en mercados, la precocupación por el capital humano y su productividad y, por su puesto, el cuidado al medio ambiente, por ejemplo, incentivando el uso de tecnologías limpias de producción ya disponibles.

No es por azar que en EE.UU., luego de la Reserva Federal –la que vela por la estabilidad de precios y en alguna medida el empleo-, las instituciones más poderosas que la siguen en téminos de la importancia de sus objetivos son la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y la Administradora de Alimentos y Drogas (FDA). Hoy los desafíos institucionales en dicha nación se relacionan más bien a cómo equilibrar la creatividad e innovación con los objetivos de competencia en los mercados, en particular sobre industrias nacientes como las de servicios tecnológicos y de información.

Sin embargo, si las instituciones políticas no se desarrollan con las bases de una democracia profunda –por ejemplo, regulando el financiamiento de la política, limitando la reelección de incumbentes y por supuesto reglas claras para el lobby de los grupos de presión- las prácticas de las instituciones sociales puden desviarse de los objetivos para las cuales fueron creadas, transformándose en meros instrumentos.

Bajo esta interpretación del desarrollo económico, y más allá de un incremento en la incertidumbre asociada a la agenda de reformas –que en lo reciente podríamos achacar a la laboral-, es posible que estemos subestimando los costos macroeconómicos de nuestra debilidad y estrechez institucional. El superciclo en commodities de favorables precios para el cobre, con fuerte inversión y crecimiento económico, nos nubló de lo que realmente es importante: la capacidad y calidad de nuestras instituciones. En este contexto, el desafío de las instituciones políticas para apuntalar la prosperidad es no menor y esperemos, por el bien de todos, que estén a la altura de las cirscunstancias.

En definitiva, aquellas sociedades que facilitan mediante sus instituciones un sano desarrollo de las libertades indiviuales -es decir, aquellas que también se hacen cargo de los límites a esas libertades mediante la regulación y la justicia- son las que prosperan en el tiempo.

 

Fernando Soto, Economista Senior, BBVA Research Chile.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO.