A nadie le sorprende cuando alguien se desconcentra por mirar, aunque sea de reojo, su aparato para comprobar si recibió un e-mail, un Whatsapp, o una llamada, sin darse cuenta que la frenética ansiedad (incluso angustia) por permanecer hiperconectado está provocando graves estragos a escala humana.
Publicado el 29.04.2016
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Estamos mal. Esta semana leí que dos ciudades alemanas, Augsburgo y Colonia, implementaron un sistema de alerta para transeúntes, que consiste en una franja de luces LED que cambian de color cuando viene un tranvía. Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, es el por qué se forjó la idea lo que me genera consternación. Las luces fueron diseñadas para estar a ras de suelo por una serie de accidentes provocados por peatones, quienes al cruzar la calle, estaban absortos mirando para abajo, ya que ¡no podían dejar de chequear la pantalla de sus celulares! ¿Le parece esta conducta remotamente conocida?

Lo que se manifiesta como una extraña tendencia, permanecer como hipnotizado frente a un teléfono móvil, claramente no es exclusividad germana. Hoy, es algo universal y pareciera ser que para la mayoría de las personas, de todas las edades, el celular se ha convertido en su bien más preciado.

Es el objeto fetiche del Siglo XXI, cuya omnipresencia irrumpe en todo momento, logrando consumir la máxima atención del usuario sin importar si la ocasión lo amerita.

Vigilante e indiscreto, el celular custodia casi todo nuestro espacio vital. Antes de dormir, al despertar, cuando se está al volante, mientras se trabaja, en el cine, incluso, durante un funeral. Pero, a estas alturas, lo que es peor, es que a nadie le sorprende cuando alguien se desconcentra por mirar, aunque sea de reojo, su aparato para comprobar si recibió un e-mail, un Whatsapp, o una llamada, sin darse cuenta que la frenética ansiedad (incluso angustia) por permanecer hiperconectado está provocando graves estragos a escala humana.

La era digital ha insertado el término “multitasking” (realizar más de una tarea a la vez) como un vocablo de común aceptación en la mentalidad contemporánea. Y sí, es cierto, gracias a las nuevas herramientas tecnológicas, hoy estamos capacitados para multiplicar nuestras labores de manera más eficiente y en menor tiempo. Sin embargo, esto trae aparejado costos, cuyas consecuencias afectan al desarrollo y potencial de nuestros cerebros.

En un estudio realizado por el Pew Research Center, en Estados Unidos, se proyectó cómo serán las capacidades cerebrales de adolescentes y adultos menores de 35 años hacia 2020. Los resultados son escabrosos. Las futuras generaciones, producto de una crónica necesidad por estar siempre conectadas, serán incapaces de retener información; destinarán la mayor parte de sus energías en compartir mensajes comprimidos y con un pobre uso del vocabulario; desearán la entretención (estimulación) constante por sobre el saber; debido a una disminución de sus habilidades para interactuar cara a cara evitarán el compromiso requerido para profundizar las relaciones humanas y dependerán excesivamente de Internet y la tecnología inalámbrica para funcionar. Y como para rematar, Twitter, desde su aparición en 2006, ha logrado atraer a 225 millones de usuarios; Facebook posee más de 800 millones de miembros y YouTube, sólo en 2011, propagó más de 1 trillón de reproducciones. Obviamente, todas estas plataformas son fácilmente accesibles a través de un celular. ¿Significa que vamos directo al despeñadero intelectual? Sí y no, ya que, como todo en la vida, el tema posee matices y provoca distintas miradas.

Sócrates, fundador indiscutido del pensamiento clásico y gran orador, se alarmó y consideró que el surgimiento de los manuscritos (los iPhones de su época) acabarían por soterrar al conocimiento verdadero. Por otra parte, Steve Jobs, ícono mundial del emprendimiento, aseveró que sustituiría toda su tecnología por la oportunidad de compartir una sola tarde conversando con el filósofo. ¿Qué simboliza esto?

Que como Sócrates, frente a la innovación, podemos desconfiar y preferir los métodos antiguos. Algo que, a través de la historia, ha resultado imposible, dado el incesante ritmo del progreso. Y que la genial afirmación de Jobs nos recuerda, en primer término, la trascendencia de las interacciones humanas; además de resaltar que el verdadero poder y control de la tecnología (sobre nuestras vidas) se la otorgamos nosotros mismos. Por lo tanto, no nos precipitemos al reflexionar sobre quién tiene la mayor responsabilidad. ¿Nosotros o el bendito celular?

 

Paula Schmidt, Periodista e historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO.