Quizá el mayor significado internacional del triunfo de AMLO es que representa una nueva oportunidad para la izquierda a nivel latinoamericano.
Publicado el 07.07.2018
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Si hay algo permanente en la cultura política de México es la Revolución que a comienzos del siglo XX marcó su historia en esos años y en las décadas siguientes. Numerosos lugares y cosas recibieron nombres asociados al gran acontecimiento, como plazas, calles, himnos y otras referencias que procuraban recordar a la sociedad, y quizá al mundo, que había comenzado una nueva etapa en la vida de México, que de alguna manera continuaba el nacimiento de la república con la Independencia en el siglo XIX.

Al comenzar este siglo XXI vemos que tiene lugar un nuevo suceso, cuya proyección todavía es imposible de dimensionar en toda su magnitud: el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), hombre de izquierda, líder de Morena, tres veces candidato presidencial, y que en las elecciones del domingo 1° de julio logró más de 24 millones de votos y un impresionante 53%, superando las previsiones de los más optimistas entre sus partidarios y los temores más pesimistas de sus adversarios. Con este resultado, además, pone final a la época de la consolidación democrática del país azteca, que había sucedido a la larga época de dominio del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

La legitimidad política y electoral de AMLO es indudable: es el Presidente que ha obtenido el mayor apoyo ciudadano en la historia de México.

El resultado es un verdadero terremoto político. La derrota aplastante de los partidos que habían gobernado en México en las últimas décadas, el Partido Acción Nacional (PAN) -que tuvo como presidentes del país a Vicente Fox (2000-2006) y a Felipe Calderón (2006-2012)- y el PRI -que hoy gobierna con Enrique Peña Nieto, quien dejará el poder en diciembre próximo, con 12 millones de votos menos que los obtenidos el 2012 cuando llegó al Palacio Nacional-. Estamos frente a una gran lección política que nos regresa a una de las características más propias de la democracia, como es la necesidad de volver a ganarse el favor ciudadano cada cierto tiempo. La alternancia en el poder es una posibilidad y una necesidad, que en este caso se ha manifestado con especial fuerza, dejando fuera de carrera a quienes habían gozado del poder y los cargos, la mayor representación y el mandato popular en las últimas dos décadas. Pero nada es eterno, y las denuncias de corrupción y los errores se han pagado caro.

Sin embargo, no estamos simplemente frente a una derrota de los partidos históricos, sino que también ante una gran victoria de López Obrador. La legitimidad política y electoral de AMLO es indudable: es el Presidente que ha obtenido el mayor apoyo ciudadano en la historia de México, lo que le da una fuerza especial en este periodo inusitadamente largo de transición hasta su llegada al gobierno. Sin duda la primera tarea desde el poder será administrar adecuadamente las expectativas de la población, que espera cambios importantes. Adicionalmente, México vive una situación de violencia, de la que esta elección no estuvo libre, que ha costado numerosas víctimas, generando temor e inseguridad en la población.

“El nuevo proyecto de nación buscará establecer una auténtica democracia. No apostamos a construir una dictadura abierta ni encubierta”, ha dicho López Obrador.

La figura del propio López Obrador es indudablemente otro gran desafío del nuevo gobierno, considerando que ha sido un personaje que genera gran división y temores. Lo que se podría explicar por su tendencia izquierdista, el vencedor procuró matizarlo en un discurso interesante que habrá que contrastar con la realidad en los próximos años. Hizo un llamado explícito “a la reconciliación” y a poner el interés general por encima de los intereses personales. Luego agregó, en un claro llamado a la tranquilidad: “El nuevo proyecto de nación buscará establecer una auténtica democracia. No apostamos a construir una dictadura abierta ni encubierta. Los cambios serán profundos, pero se darán con apego al orden legal establecido. Habrá libertad empresarial; libertad de expresión, de asociación y de creencias; se garantizarán todas las libertades individuales y sociales, así como los derechos ciudadanos y políticos consagrados en nuestra Constitución. En materia económica, se respetará la autonomía del Banco de México; el nuevo gobierno mantendrá disciplina financiera y fiscal; se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros”.

En otro plano, que fue central durante su campaña, señaló: “El próximo Presidente de la República no permitirá la corrupción ni la impunidad. Sobre aviso no hay engaño: sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, funcionarios, amigos y familiares. Un buen juez por la casa empieza”. Finalmente, hizo un resumen de sus aspiraciones en otro discurso pronunciado en el Zócalo de Ciudad de México: “Desde el primer día, vamos a cumplir todos los compromisos. No les voy a fallar. No se van a decepcionar, soy muy consciente de mi responsabilidad histórica. No quiero pasar a la historia como un mal presidente. Conozco lo que han hecho los otros presidentes, desde Guadalupe Victoria hasta el actual, y quiero pasar a la historia como un buen presidente de México”.

Uno de los primeros desafíos de AMLO será cómo enfrentar la situación que vive Venezuela (y también Nicaragua): podría continuar la posición mantenida por Peña Nieto o bien ser más condescendiente con la dictadura de Maduro y la represión de Daniel Ortega.

Quizá el mayor significado internacional del triunfo de AMLO es que representa una nueva oportunidad para la izquierda a nivel latinoamericano. Una izquierda que no será de la revolución a la cubana ni de la Tercera Vía del cambio de siglo, pero que seguramente tampoco será Bolivariana o seguidora del Socialismo del siglo XXI, que hoy aparece desgastada y fracasada con el experimento de la dictadura de Nicolás Maduro. Estamos en presencia, como lo ha manifestado asertivamente Rafael Rojas en Letras Libres, de una izquierda post chavista. Por lo mismo, uno de sus primeros desafíos será cómo enfrentar la situación que vive Venezuela (y también Nicaragua), que podría continuar la posición mantenida por Peña Nieto o bien ser más condescendiente con la dictadura de Maduro y la represión de Daniel Ortega, con el significado y los costos que ello implica.

México se apresta a vivir un nuevo gobierno y muchos esperan su propia revolución. Será necesario estar muy atentos, porque no sólo está en juego el futuro del país más populoso de habla hispana, sino también de América Latina en su conjunto.

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Pública. Esta columna fue publicada en El Imparcial de España.