La generación que ha crecido en democracia y ha tenido acceso a lo que ni sus padres ni abuelos tuvieron pide hoy todo tipo de derechos, lo que no es tan sorprendente pensando que han ido a escuelas que en vez de formarlos para el esfuerzo y la responsabilidad, los han formado para reclamar derechos y les han inculcado la fatal creencia de que el Estado se hará cargo de ellos.
Publicado el 05.09.2016
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En Europa Occidental, desde ya hace unas décadas se ha venido desarrollando la idea de un gran Estado, llamado “de Bienestar”, que promete a la gente bienestar y seguridad por medio de derechos y más derechos, que permitirían trabajar menos, jubilarse antes, vivir eternamente de los subsidios, ir al médico las veces que se quiera… en fin, como si el bienestar cayera del cielo.

Todo eso ha sido un cuento de los políticos de turno, los de la varita mágica que con tal de llegar al poder prometen cosas que la gente quiere escuchar. Y los ciudadanos, anhelantes de ver cumplidos sus sueños, se han dejado embaucar, creyendo que el Estado es capaz de convertir en realidad su derecho a vivir mejor con menos esfuerzo. Pero luego tuvieron que pagar el precio del engaño con graves crisis de las que todavía no salen del todo.

Algo parecido está ocurriendo en Chile. La generación que ha crecido en democracia y ha tenido acceso a lo que ni sus padres ni abuelos tuvieron pide hoy todo tipo de derechos, lo que no es tan sorprendente pensando que han ido a escuelas que en vez de formarlos para el esfuerzo y la responsabilidad, los han formado para reclamar derechos y les han inculcado la fatal creencia de que el Estado se hará cargo de ellos.

Por todo ello, hoy se hace más necesario que nunca recordar las “Once reglas que tus hijos no aprenderán en la escuela”, escritas por Charles Sykes, pero que muchos atribuyen erróneamente a Bill Gates:

  1. La vida no es justa. Acostúmbrate a ello.
  2. Al mundo no le importa tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, con independencia de que te sientas bien contigo mismo o no.
  3. No ganarás 5.000 dólares al mes nada más salir del instituto, y no serás vicepresidente de compañía alguna, con coche a cargo de la empresa, hasta que hayas estudiado y trabajado mucho.
  4. Si piensas que tu profesor es duro, verás cuando tengas jefe: éste sí que no tendrá vocación por la enseñanza ni grandes dosis de paciencia.
  5. Dedicarse a preparar hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo: lo llamaban oportunidad.
  6. Si metes la pata, no es culpa de tus padres, así que no lloriquees por tus errores; aprende de ellos.
  7. Antes de que nacieras, tus padres no eran tan aburridos como ahora. Empezaron a serlo cuando empezaron a pagar tus cuentas, lavar tu ropa y escucharte hablar acerca de lo bacán que eres y lo carcas que son ellos. Así que, antes de emprender tu lucha por las selvas vírgenes contaminadas por la generación de tus padres, pon orden en tu propia vida, empezando por tu cuarto.
  8. En la escuela puede haberse abolido la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se repite y te dan las oportunidades que necesites para encontrar la respuesta correcta en un examen y sacar adelante la tarea. La diferencia con la vida real es total.
  9. La vida no se divide en evaluaciones. No disfrutarás de largas vacaciones estivales en lugares remotos, y muy pocos jefes colaborarán a que te encuentres a ti mismo. Todo eso tendrás que hacerlo en tu tiempo libre.
  10. La televisión no es la vida. En la vida cotidiana, la gente tiene que salir del café para ponerse a trabajar.
  11. Sé amable con los nerds: es muy probable que termines trabajando para uno de ellos.

Y podríamos agregar:

  1. El cobre no va a pagar tus derechos.
  2. El Estado no tiene más plata que la que te saque en impuestos.
  3. No hay almuerzo gratis, todo cuesta y alguien siempre lo paga.

 

Mónica Mullor.

 

 

 

FOTO: JAVIER SALVO/AGENCIAUNO