Corría 2013 y las 198 páginas del programa de la candidata Michelle Bachelet anunciaban su intención de refundar el país. Pero una amplia mayoría no creyó posible que eso fuera a pasar, porque significaba renegar del modelo que había logrado generar en Chile el mayor bienestar de toda su historia, y eso hubiera sido suicida. Pero ocurrió, y hoy estamos en la misma disyuntiva que hace cuatro años.
Publicado el 17.12.2017
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Efectivamente, en 2013, cuando Michelle Bachelet era candidata presidencial, su programa de gobierno describió claramente lo que pretendía hacer en caso de resultar elegida. El documento, que mostraba que se quería refundar Chile, poca gente lo leyó y menos gente creyó posible que sus promesas se fueran a poner en práctica, dado que, de hacerse efectivas, sería terminar con el modelo de desarrollo que tanto éxito le había brindado al país desde la recuperación de la democracia.

Es curioso lo que pasa en los países. La gente tiende a creer en la factibilidad de las más variadas promesas inviables, basándose primeramente en sus percepciones y sentimientos más que en una racionalidad intelectual, aunque la realidad les imponga que son imposibles de cumplir. Y es por eso que cuando surgen voces de alerta que señalan con anticipación las consecuencias inevitablemente negativas de ser éstas implementadas, se las deslegitima por los más diversos motivos y son rechazadas.

El problema es que cuando dichas promesas permiten conquistar el poder y tratan de ser puestas en práctica, los países son los que sufren las consecuencias. Para ejemplos, pregúntese, que pasó con la promesa de gratuidad universal en la educación superior de doña Michelle Bachelet, candidata. Se advirtió latamente en ese entonces que eso no era posible y que, además, sería regresiva. La realidad ha demostrado que el compromiso es imposible de cumplir y seguirá siéndolo por los próximos 70 años, a la tasa de crecimiento actual. Y la consecuencia es que la calidad de la educación universitaria está en jaque. Pero no se escucharon dichas voces. Lo mismo con la reforma tributaria. Se advirtió que era pésima para la inversión y el crecimiento del país, pero la hicieron y los resultados están a la vista.

Lo que olvidan quienes antes prometieron —y los que prometen ahora— es que para todo se necesitan recursos, y con la peor tasa de crecimiento económico desde que se recuperó la democracia, éstos no se generaron. Entonces, se recurrió a la deuda, que para 2020 equivaldrá al 30% de lo que el país es capaz de producir, después de haber sido sólo el 5% hasta hace muy poco tiempo atrás. Esto implica que gastamos más de lo que producimos y así no se llega a ninguna parte. La productividad ha disminuido profundamente, nuestra competitividad (incluso minera) ha decaído y la inversión está en el suelo.

Todo esto se advirtió a su debido tiempo ya en 2012 y después durante la campaña de 2013, pero es más fácil recurrir a la negación que admitir las realidades, por lo que todas las advertencias que se hicieron entonces fueron letra muerta. La gente que votó por Bachelet creyó emocionalmente en lo que se les dijo, y hoy comprueban con frustración lo que la dura realidad terminó imponiendo.

¿A qué vienen todos estos por así llamarlos, recuerdos? A que hoy estamos en la misma disyuntiva. El discurso de Alejandro Guillier junto a toda la izquierda, desde el Frente Amplio hasta la DC que detenta hoy el poder, cuando dice que si gana la derecha habrá un retroceso brutal en el país, que se perderán todos los derechos, etc., saben que están mintiendo, pero hay gente que les cree, por algo votan por ellos. Y les creen porque la forma de comunicar el mensaje, la estética del mismo, les hace sentido; por creencias, sentimientos, empatía, porque a lo mejor les cae bien Guillier y mal Sebastián Piñera, o por lo que sea, pero el hecho es que vuelven a creer en falsas promesas (en mentiras) que no será posible cumplir.

¿Quieren No+AFP, No+CAE, gratuidad universal, asamblea constituyente, plebiscitar todo? O sea, ¿terminar con todo lo que nos ha brindado estabilidad institucional, crecimiento y un desarrollo nunca antes visto? Bueno, desarmemos el país y lo reinventamos al gusto de las masas. Total, con cuatro años más de experimentos económico-sociales, sumaríamos ocho en total, ¿qué tanto? Si lo importante es retener el poder.

El problema es que hay chilenos que no pueden esperar más. Y son muchísimos. Por esos compatriotas y porque si realmente queremos que Chile vuelva a surgir y vuelva a ocupar el lugar de respeto que gozaba en el mundo, debemos tomar consciencia de que con voluntarismo y falsas promesas no se solucionan los problemas. Guillier ofrece, por ejemplo, generar 900.000 nuevos empleos y, al mismo tiempo, les espeta a quienes los crean que les meterá la mano al bolsillo para que alguna vez hagan patria. ¿Cree factible algo así? ¿Tiene esa promesa algún viso de plausibilidad? Yo creo que ninguno. Pero miles sí lo creen. Hasta que la realidad les golpea en la cara, cuando ya lamentablemente es tarde.

Este 17 de diciembre, entonces, Chile enfrenta una elección en que está en juego no sólo quién será el próximo Presidente. Está en juego en qué y en quién creer. En lo difícil que será retomar el camino del desarrollo y que nadie sobra en el esfuerzo para realizar la tarea, o en la continuidad de este gobierno, profundizando la mediocridad en que nos encontramos. Pero está en juego también qué tipo de país heredarán las próximas generaciones: un país unido, avanzando progresivamente, o un país dividido y polarizado por estereotipos propios de los años 60-70, que a nada positivo conducen. En poco menos de una semana se habrá decidido.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO.