El nuevo libro de Carlos Peña puede comprenderse como una defensa de la modernización y del mercado en general, entendidos como los posibilitadores del desarrollo de la libertad humana y la entrega de la responsabilidad sobre la propia vida a cada persona. Esto, claramente, siguiendo la larga tradición liberal sobre la cual Peña trabaja y sostiene sus reflexiones.
Publicado el 26.11.2017
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Carlos Peña es, a todas luces, una de las figuras más relevantes del debate público chileno y sus intervenciones son un punto de referencia ineludible de la discusión nacional. Precisamente por esta razón, la aparición de su último libro, Lo que el dinero sí puede comprar (Taurus, 2017), merece ser comentada.

Desde el título, y como lo explicita el autor desde el comienzo, esta obra se contrapone directamente al ya célebre libro de Michael Sandel Lo que el dinero no puede comprar (Debate, 2013). Recurriendo a una amplia variedad de disciplinas tales como la economía, la sociología, la filosofía y el psicoanálisis, Peña ofrece una interesante reflexión acerca de la modernidad, el desarrollo del mercado y el rol del consumo en la sociedad.

Comienza el autor presentando una problematización de la experiencia moderna. Peña, en línea con una larga tradición sociológica, destaca la ambivalencia entre el incremento de la autonomía y la libertad personal de los individuos frente a los costes que la comunidad y estos mismos deben asumir. El progreso material de la modernidad, junto con un incremento del bienestar y la libertad, trae consigo una pérdida sobre la cual vale la pena detenerse a pensar.

A partir de esto, el autor dedica muchas páginas a reflexionar sobre la esencia del mercado y el papel del dinero. Subrayando el rol de los signos, la diferenciación y el significado social de la mercancía, sostiene que el mercado y, en particular, el intercambio, constituye un hecho social fundamental. El dinero y el mercado serían la base, contrariamente a la tesis de Sandel, de “bienes profundamente sociales y vinculantes”.

Este punto, por cierto, resulta uno de los elementos más interesantes del libro, puesto que a esta cuestión subyace la pregunta por las condiciones de posibilidad del despliegue del mercado y el capitalismo en la modernidad. Vale, en este sentido, la pregunta: ¿en qué medida puede pensarse que el mercado es, partiendo del intercambio, la realidad social fundante? ¿Es posible que este se sostenga sin recurrir a elementos y lógicas que lo excedan? ¿Puede sostenerse a sí mismo?

Con todo, puede pensarse que, fruto de la modernización, el mercado es la mejor respuesta para hacerse cargo del disenso y la pluralidad que nace de la divergencia dentro de la subjetividad humana. Efectivamente, entiende Peña, el mercado (y también la democracia) es el espacio en el cual puede darse la coordinación de las diferentes preferencias y decisiones. Esto es importante para nuestras sociedades, puesto que, luego de la modernización o, mejor dicho, en la modernidad, “el mundo social deja de estar atado (…), y su fisonomía pasa a depender de la decisión de todos los partícipes del mundo social”.

Sin embargo, queda un elemento al cual Peña dedica muchas páginas: el consumo. Este fenómeno, muchas veces denostado y rebajado por diversas razones, es reivindicado con vehemencia a lo largo de todo el libro. El autor afirma que el consumismo constituye, quizá, el rasgo más propio de la modernidad. Con esto, sostiene el autor que el incremento y el desarrollo del espacio de libertad individual otorgados por la modernización, dependen, de manera muy estrecha, de la expansión del consumo mismo. Afirma Peña que el hecho de que ciertas cosas no pudieran ser parte de libre acceso en el consumo componían el medio por el cual se sostenían las rígidas estructuras sociales en las sociedades tradicionales. Estas cuestiones sustraídas del librecambio eran, en última instancia, un método de control social. Bajo esa lógica puede sostener que la expansión del consumo y, con ello, la incorporación de nuevos elementos dentro del mercado, explican el incremento de la libertad y el despliegue de la subjetividad humana en la modernidad.

En resumen, el libro del profesor Peña puede comprenderse como una defensa de la modernización y del mercado en general, entendidos como los posibilitadores del desarrollo de la libertad humana y la entrega de la responsabilidad sobre la propia vida a cada persona. Esto, claramente, siguiendo la larga tradición liberal sobre la cual Peña trabaja y sostiene sus reflexiones.

Pero, a pesar de todo, hay algo que no cierra del todo. Considerando la influencia, la preocupación y el compromiso que tiene el rector de la Universidad Diego Portales con el debate chileno, no deja de sorprender que su esperado libro no esté referido a éste. La inevitable pregunta que deja esta lectura es, ¿cuál era el fin de este profundo ensayo? ¿A quién estaba dirigido?

Quizá Peña lo concibió, casi de manera exclusiva, como una respuesta a Sandel, esperando entrar de lleno al debate con éste. Otra opción podría ser considerar este texto como una reflexión más abstracta y de carácter más general, el cual sólo sea parte de la discusión como un elemento de segundo orden. Como sea, las referencias al debate intelectual de los últimos años en Chile, en el cual Peña ha participado activamente, brillan por su ausencia en este libro. Asimismo, las referencias al contexto chileno son escasas y constituyen, a lo sumo, una forma de ejemplificación. El libro es, ciertamente, bueno, muy bueno. Mas, queda abierta la pregunta para el profesor: ¿Qué espera que hagamos con su libro? ¿Cómo quiere que lo leamos?

 

Raimundo Cox D., estudiante de Filosofía