La tendencia a la baja de los resultados económicos no mejorará si el cobre sube de precio o si el Banco Central adopta una tasa de interés adecuada, sino realizando un fuerte cambio de rumbo. Lo que callan los economistas es la necesidad de revisar desde sus cimientos las pésimas estrategias de este Gobierno, respecto de las cuales sólo se escucha que se quieren profundizar.
Publicado el 01.01.2017
Comparte:

En Chile se ha generado un fuerte debate en torno a la política monetaria del Banco Central, especialmente sobre la disminución o mantención de la tasa de interés. Ello ha ocupado un espacio a mi entender injustificado, por cuanto las discusiones de tasa no nos harán dejar atrás el pobre desempeño de la economía chilena.

Durante el presente Gobierno, todos los índices económicos —como la tasa de ahorro, la inversión bruta nacional y el déficit de cuenta corriente, entre otros— han sido negativos. En el IPOM del Banco Central de diciembre se ha señalado, de forma casi eufemística, que la economía presenta un “dinamismo moderado”, mientras que la calificadora de riesgo Fitch ha señalado que Chile “está experimentando la erosión más rápida de cualquier soberano en la categoría ‘A’”.

El crecimiento potencial de Chile ha caído dramáticamente en casi más de un 2%. Lo que esconden las mañosas cifras es algo diferente a la discusión sobre políticas macroeconómicas específicas: y es que el sistema económico pro crecimiento ha mutado a uno que se centra cada vez más en la intervención del Estado.

Las reformas implementadas por la Nueva Mayoría tienen, en todos los casos, dos pilares. Por una parte, son esencialmente contrarias al mercado —demonizando las iniciativas privadas, lo que ha  reducido dramáticamente la inversión—, y por otra, se ha hecho crecer el poder del Estado. Así, hoy contamos con un modelo económico diferente al que nos rigió durante los gobiernos de la Concertación y de la Alianza, y que por eso tiene a la economía famélica.

Un futuro mandato tendrá como labor impostergable una reestructuración que nos permita crecer a tasas de un 5% y volver a un modelo pro-crecimiento. De esta forma se debería, por ejemplo, bajar los impuestos (sobre todo el IVA excesivamente alto); retomar la política tributaria de tratamiento diferenciado entre reinversión y consumo para las empresas -gravando sobre todo el consumo-; ponerle un límite temporal y legal a la huelga indefinida; reducir y mejorar el aparato del Estado; mejorar las transferencias verificando que los recursos realmente lleguen a los más necesitados; y acabar con la sobre regulación de la inversión.

Por otra parte, se podrían tomar medidas como la venta de empresas públicas que estén con problemas, refocalizar la gratuidad en los últimos quintiles en educación primaria y secundaria, y otorgar un apoyo equitativo a las universidades, protegiendo y fomentando la iniciativa privada –regulándola de una forma adecuada- en todos los niveles de educación.

La tendencia a la baja de los resultados económicos no mejorará si el cobre sube de precio o si el Banco Central adopta una tasa de interés adecuada, sino realizando un fuerte cambio de rumbo. Lo que callan los economistas es la necesidad de revisar desde sus cimientos las pésimas estrategias de este Gobierno, respecto de las cuales sólo se escucha que se quieren profundizar.

La ceguera de expertos y políticos ha llevado a la economía nacional a un estado tan vulnerable ante una crisis internacional imprevisible, que podría afectar fuertemente a nuestra clase media emergente y destruir las políticas sociales.

 

Rodrigo Barcia Lehmann, doctor en Derecho y magíster en Economía, profesor investigador Universidad Finis Terrae

 

 

FOTO: CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO