Estamos crecientemente anestesiados ante la delincuencia, convenciéndonos de que no hay gobierno ni plan que vaya a funcionar.
Publicado el 25.08.2014
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Hace unos días, mi hermano iba manejando a media mañana por una autopista urbana y recibió a en pleno parachoques un puñado de miguelitos de parte de un auto que iba algunos metros más adelante. Resultó ser que en este último iba una banda de delincuentes que escapaba de un asalto a una joyería. Mi hermano logró evadir los miguelitos, pero la señora que iba manejando tras él no pudo y se le reventaron los cuatro neumáticos. Varios conductores se salvaron de un accidente mayor pero el asunto ni siquiera llegó a los medios. Ni siquiera la familia se espantó mucho, un par de comentarios en el grupo de whatsapp que compartimos – “qué peligroso está todo”,  “ten cuidado, oye”- y seguimos funcionando.

¿Tan normal es que a uno le llegue una lluvia de miguelitos a plena luz del día? No, no es nada normal, pero estamos crecientemente anestesiados ante la delincuencia y, peor aún, ya nos estamos convenciendo de que no hay gobierno ni plan que vaya a funcionar. Conversamos del tema todos los días, todo el tiempo -¿quién no ha comentado un asalto con el vecino o con el compañero de oficina o hasta con la cajera del supermercado?– pero con una cierta distancia, como protegiéndonos de creer que estamos en un ambiente violento. Y cuando nos empieza a dar angustia, no falta el que dice “oigan, en México o Brasil es mucho peor”, como si el hecho de que en otros países secuestren gente en la calle sirviese de algún consuelo para la gente que asaltan con violencia en nuestro país. O peor, cuando las mismas policías y autoridades judiciales le bajan el perfil: hace un par de años me robaron dos autos enteros seguidos en un año y un carabinero me dijo “mejor no salga más en la noche señora, puro problema”.

Tiramos la toalla hace ya rato. Ni siquiera el tema es atractivo para lucir al nuevo ministro del Interior, que por estos días parece sacar cuentas de que transformarse en kamikaze contra el  ex presidente es más lucrativo políticamente que sacarle punta al anuncio de plan ciudadano que hizo el miércoles pasado. De hecho, el plan pasó no a segundo, sino que a cuarto plano de la agenda después de las tensiones de la reforma educacional, la tributaria, el frenazo económico. Tampoco fue un tema en la campaña presidencial de diciembre pasado y los asesores repetían convencidos que “ya nadie cree las promesas en delincuencia” para explicar por qué el tema que lidera las preocupaciones de los chilenos en todas encuestas valía bien poco como arma electoral.

Curioso es que olvidemos que la primera (y quizás la más insustituible) razón de ser del Estado es resguardar nuestra seguridad física de la violencia externa e interna y que no se lo dejemos pasar con tanta pasividad. Irónico también es que en este tema pocos se acuerdan de la desigualdad, como si no fuera evidente que los sectores más acomodados pueden organizarse para tener guardias privados y costear rejas con cerco eléctrico, mientras que en los barrios más necesitados no queda otra que encerrarse en las casas cuando oscurece.

Quienes se arrogan la vocería de “la calle” nos  quieren embarcar en la construcción de un estado que va a solucionarnos todo en la vida –desde nuestros hábitos alimenticios hasta dónde educaremos a nuestros niños- menos lo que tiene que garantizar de manera prioritaria. Quizás porque saben que mareándonos con demandas, que por definición nunca serán satisfechas (siempre se pueden aspirar a una mejor calidad educacional, siempre se puede pedir bonos más altos y un servicio gratis adicional), pueden dilatar la constatación en la ciudadanía de que el Estado se está desparramando sin cumplir las funciones básicas para lo cual existe y por las cuales aceptamos ponerle límites a nuestras acciones y pagar impuestos, entre otras cosas altamente tediosas como tener documentos de identidad al día o ir al notario.

Mi hermano me cuenta que tiene uno de los miguelitos en el escritorio de su oficina, recuerdo de que se salvó de una buena. La realmente buena sería que de una vez empezáramos a exigirle al Estado lo que le corresponde y lo sacáramos de esa creciente madeja de exigencias en la que está hoy enfrascado.

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO