En unos meses más el Banco Central ya habrá recortado suficientes veces su tasa de política y el sector público se quedará sin municiones. Sin embargo, la inversión no subirá. Basta con mirar las encuestas para darse cuenta de que pocos creen en una recuperación y la confianza empresarial sigue en niveles negativos. Y como sin confianza no habrá mayor inversión...
Publicado el 08.01.2017
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A esta altura, lograr que la economía chilena tenga un mayor crecimiento se ha transformado en un gran desafío. Cada vez estamos más acostumbrados a ver cifras como el 0,8% de crecimiento para noviembre que publicó esta semana el Banco Central. Y el sector público, compuesto por Hacienda y el Banco Central, parecería haber gastado todas sus municiones en esta batalla. Casi todas, pues ahora es el momento de jugar una última carta.

Génesis. Todo comenzó con un declive del precio del cobre y un menor crecimiento de la economía mundial. A esto se le sumaron reformas internas que esfumaron los deseos de invertir en Chile. Primero fue una reforma tributaria que aumentó los impuestos las empresas. Luego, una reforma laboral que aumentó los costos de contratación. Y la guinda de la torta fue el anuncio de una reforma constitucional que entregaría más de cuatro años de incertidumbres. Se intuía un panorama negro para la inversión.

La primera carta. El Banco Central, percatándose de los efectos que tendría esta desaceleración, decidió entregar estímulos monetarios en 2014, bajando su tasa de referencia desde 5% hasta 3%, en un mundo en que Estados Unidos se preparaba para hacer lo contrario. Pero el Central no contaba con el efecto del alza de impuestos a cigarros y bebidas, que junto al efecto cambiario llevaron a la inflación a 5,7% en octubre de 2014. Así empezaron a escucharse las acusaciones de que había perdido el control de la inflación y hasta allí llegaron las municiones del Central.

La segunda carta. Fue así como Hacienda se quedó sola en esta batalla y decidió seguir aumentando su gasto, subiéndolo en más de 7% en 2015. Pero mientras una mano daba crecimiento, la otra quitaba aún más, ya que el incremento de gasto fiscal no pudo contrapesar la suma de impactos negativos de las reformas internas. Empezó a utilizarse la segunda carta, sin mucho efecto.

La tercera carta. Como la desaceleración económica y la estrepitosa caída del precio del cobre dejaron a Hacienda sin ingresos, se decidió incurrir en un mayor endeudamiento público. Pero pedir dinero reiteradamente tiene un costo reputacional, y así fue como la clasificadora Fitch le puso un outlook negativo a la deuda de Chile. Una advertencia a no endeudarse en demasía. Adiós a los estímulos fiscales y esta vez por un buen rato. La tercera carta tampoco tuvo mucho efecto.

La carta número cuatro. El Banco Central decide nuevamente no emitir bonos en 2017, para así mantener las tasas largas en bajos niveles y estimular la inversión. Pero a medida que la Fed estadounidense suba su tasa de referencia, las tasas chilenas seguirán a las tasas largas externas al alza, con lo cual la cuarta carta tampoco tendrá efecto.

La última carta. El Banco Central anunció dos veces en diciembre —primero en su reunión de política monetaria y luego en su IPoM— que bajaría su tasa de política monetaria. La baja inflación y el casi nulo crecimiento económico dan soporte a que este es el momento adecuado para desenfundar esta última carta. En breve, el sector público hará uso de su último recurso.

Epílogo. En unos meses más el Banco Central ya habrá recortado suficientes veces su tasa de política y el sector público se quedará sin municiones. Sin embargo, la inversión no subirá ante los recortes de tasas. Basta con mirar las encuestas para darse cuenta de que pocos creen en una recuperación y la confianza empresarial sigue en niveles negativos. Y como sin confianza no habrá mayor inversión, la última carta tampoco tendrá efecto y el sector público no habrá ganado la partida.

 

Andrés Osorio, economista Econsult