Hoy, la aparición de un liberalismo concentrado en la creatividad, la autodeterminación, la autoexploración y la experimentación comienza a ocupar un espacio muchísimo más coherente con la defensa de la libertad.
Publicado el 01.10.2016
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Quizás con algunas excepciones, la mayoría de nosotros se ubica en cierto sector político a partir de las creencias. Los partidos políticos canalizan aquellas formas de ver el mundo y, a partir de ahí, se ubican en el arco ideológico que va de la extrema derecha a la extrema izquierda. Eso sí, las ideas cambian, y lo hacen de forma tan espontánea e imprevisible que lo que hoy puede ser considerado parte de la más furibunda izquierda puede mañana ser visto como un elemento constitutivo de la derecha. Los partidos cumplen un rol importante en esto, pues a través de esas ideas empatizan con el votante y logran que ellos se sientan representados.

Ahora bien, hoy vivimos momentos de confusión. Todo el desprestigio asociado a los políticos y a los partidos lleva a las personas a buscar nuevos referentes de ideas. La coyuntura que vivimos es una crisis y, en gran parte, una crisis de discurso. Como todo momento crítico, es una oportunidad para que nuevos relatos salgan a la luz o se vayan conformando a partir de los retazos de lo que ha sido abandonado. En pocas palabras, las sociedades cambian sus valoraciones y los partidos deben adaptarse a ese cambio. Si no lo hacen, corren el riesgo de desaparecer por completo o quedar reducidos a una mínima expresión.

Un buen ejemplo para ilustrar esta posición es el reciente conflicto por la guía de sexualidad de la Municipalidad de Santiago. Frente al hecho, se planteó un debate que dividió a los políticos y a la opinión pública sobre el rol del Estado en este tipo de formación, pero también sobre las preferencias sexuales y el placer como eje rector de las mismas. Los sectores más conservadores se manifestaron desde el detalle. Que se concentraba en la pura genitalidad, que enseñaba “tácticas” sexuales incorrectas para los niños, que era desmesurado en su “mal gusto” y que de algún modo pervierte a un grupo etario que no debería estar tan cercano a relacionar sexo y placer, aun cuando en todos sabemos que esa asociación es sumamente temprana y espontánea.

Lo que quiero recalcar acá no es si ese libro está bien o mal. De hecho, ni siquiera creo que el tema central de esta columna sea el tan polémico manual. Lo relevante aquí es que quienes más criticaron esa iniciativa municipal, están usualmente asociados a la derecha conservadora y, obviamente, a la defensa del mercado libre.

¿Podemos decir que esa asociación es correcta? La verdad es que sí. Desde la vuelta a la democracia, en Chile los partidos de corte más conservador se dedicaron a defender un modelo económico que posicionaba a la libertad como valor supremo, al mismo tiempo que defendían posiciones valóricas muchísimo más pacatas (un buen ejemplo fue la ley de divorcio y la eliminación del rango de “hijos ilegítimos”). De ahí que, en términos prácticos, la asociación adquirió peso, incluso cuando parecía existir una contradicción entre la defensa de la libertad económica y la libre determinación de los individuos. Nuevamente, para los casos emblemáticos que mencioné más arriba, se habló de “perversión” y “fomento” de actitudes “inadecuadas”.

Con los cambios de los últimos 25 años, asociados en gran parte a esa apertura económica, las valoraciones de los chilenos han cambiado. Así hemos visto que en la derecha chilena han aparecido grupos que, necesitados de diferenciarse de los partidos que están en desprestigio, han adquirido un discurso más proclive a la libertad sexual y a reconocer lo que antes escondían: la consideración del placer como eje relevante para la toma de decisiones. De este modo, la autorrealización y el autodescubrimiento (que poseen un capítulo en el manual de sexualidad tan criticado) se transforman en parte importante de quienes defienden la libertad económica. Es como el reencuentro de dos hermanas separados al nacer. No se puede entender un mundo donde la libertad económica no sea defendida por quienes creen en la emancipación individual.

Esto queda refrendado por otro hecho simbólico. La próxima semana visitará Chile la connotada economista Deirdre McCloskey. Formada en la Escuela de Chicago, su historia personal es inspiradora y va más allá de lo que usualmente es considerado como una mera “excentricidad”. McCloskey, antes de ser Deirdre fue Donald, y después de haber vivido un matrimonio de 30 años, decidió hacer explícito lo que antes solo podía vivir a escondidas. Tal como narra en sus memorias, desde niño le rezaba a Dios para que al día siguiente despertara siendo una niña. Comprimido por lo socialmente aceptado y por las reglas del “buen gusto”, durante la universidad debía juntarse a hurtadillas con otras personas que se sentían de igual modo para poder vestirse de mujer y expresar algo que le era natural. Muchos años después tomo la elección de comenzar un proceso de transformación que conllevó varias operaciones que ella misma hoy define como difíciles y una serie de tratamientos hormonales que, poco a poco, la fueron convirtiendo en Deirdre.

Su visita llega en buen momento porque nos recuerda que la expresión de la individualidad no debe quedar limitada por terceros. De ahí que defienda que en una sociedad donde el libre mercado opera sin limitaciones moralistas y que permita el libre despliegue de la individualidad, es mucho más probable que otras personas como ella puedan realizarse. Obviamente, existirán siempre quienes piensen que el “buen gusto” o “lo natural” debe primar, pero incluso en esas circunstancias una sociedad libre legitima la rebeldía para enfrentarse a esos problemas y florecer tal y como cada uno prefiera.

Aunque muchos no lo crean, defender al libre mercado no es algo solo de conservadores. Ese arreglo, fruto de la conformación de nuestra cultura política pasada, está quedando obsoleto. Hoy, la aparición de un liberalismo concentrado en la creatividad, la autodeterminación, la autoexploración y la experimentación comienza a ocupar un espacio muchísimo más coherente con la defensa de la libertad. Ya sea en lo valórico o en lo económico, la libertad de los individuos debe ser defendida con pasión y vehemencia, dos características que resaltan al conocer la vida de Deirdre McCloskey.

 

Francisco Belmar Orrego, Fundación para el Progreso.