Hay que comprender que cuando defendemos la libertad de religión —de todos los credos, en todo el mundo— garantizamos el resto de los derechos y libertades fundamentales: conciencia, educación, expresión, asociación, pensamiento, prensa, etc. Por es tan importante que sea reconocida y protegida.
Publicado el 20.05.2017
Comparte:

Todas las personas tenemos derecho a la libertad de religión. Así se señala en el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, ya que ella responde a la manifestación del ser más profundo de una persona y, por lo tanto, no respetarlo es negar la esencia misma del hombre.

Sin embargo, este derecho fundamental no es reconocido en muchas naciones del mundo. De hecho, una de cada tres personas vive en un país sin libertad religiosa. En algunos lugares se discrimina por la fe y en otros se llega a la persecución hasta la muerte, lo que lamentablemente ocurre en los cinco continentes y contra los diferentes credos: católicos, judíos, cristianos, musulmanes y otros. Estas es una de las principales conclusiones del Informe de Libertad Religiosa 2016, elaborado por la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN).

No son sólo números. Detrás de cada cifra hay una persona con nombre y apellido, una vida que se ha visto truncada, con sueños y proyectos que difícilmente podrá realizar. Así le ocurrió a Esther (no damos su apellido por razones de seguridad), quien vive en Maiduguri, Nigeria, uno de los países más peligrosos para los cristianos. Estando en casa con sus 11 hijos y su marido, tres terroristas de Boko Haram –grupo islámico fundamentalista que busca expulsar a los cristianos del norte de Nigeria– llegaron a su puerta. Como su marido no aceptó convertirse al Islam, fue degollado delante de su familia. Hoy Esther tiene que hacerse cargo de su numerosa familia sola, sin ayuda.

Desde 2009 ese grupo terrorista está sembrando el terror en el norte de Nigeria. Incluso los musulmanes moderados que no comparten su visión radical son sus víctimas. Más de 20.000 personas han muerto; sólo en tres años han matado a cerca de 3.900 niños y otros 1.650 han sido reclutados como niños soldados. Todo esto por no compartir la misma religión.

A miles de kilómetros, en Irak, Nadia Mourad Basee Taha, una joven yazidí, sobrevivió al secuestro del que fue víctima a manos del Estado Islámico (ISIS). Los yazidíes pertenecen a una de las religiones monoteístas más antiguas de la humanidad y son una minoría en Irak. Nadia, de 23 años, describió cómo ella y otros yazidíes fueron secuestrados en 2014. Contó del asesinato a sangre fría de hombres y jóvenes cometidos por los terroristas de ISIS, y de cómo ella fue violada, comprada y vendida varias veces.

Estas son sólo dos de las historias que se esconden tras las cifras de personas que ven vulnerado su derecho a la libertad religiosa, ya que lamentablemente estamos experimentando un incremento de la intolerancia y el odio por motivos religiosos en el mundo, en especial en Medio Oriente y en África.

Debemos trabajar juntos para que no sigan sucediendo este tipo de aberraciones. Para eso hay que comenzar a preguntarnos en qué medida somos responsables o cómplices por omisión de la violación de uno de los derechos más fundamentales de la persona humana. Hay que comprender que cuando defendemos el derecho a la libertad religiosa —de todos los credos, en todo el mundo— garantizamos el resto de los derechos y libertades fundamentales: conciencia, educación, expresión, asociación, pensamiento, prensa, etc. Por es tan importante que sea reconocido y protegido.

Tomemos conciencia y esforcémonos para lograr la paz entre los credos. Eduquemos a nuestros niños y jóvenes en la tolerancia y respeto por las diferentes religiones. No basta con promulgar leyes y normas antidiscriminación si no inculcamos estos valores. Si realmente creemos en el valor del respeto de unos con otros, toda persona debiera poder vivir en paz, independiente de su orientación religiosa.

 

Magdalena Lira, periodista, vocera Fundación Voces Católicas