Con la matanza de Charlie Hebdo también emergen, se hacen presentes o patentes, las complejidades y desafíos que impone la convivencia multicultural en libertad y de cómo se mueve, o debe moverse, en sus intersticios la libertad de expresión.
Publicado el 10.01.2015
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Todos hemos estado emocionalmente remecidos por el atentado terrorista que dejó 12 personas asesinadas y otras tantas muy mal heridas en el ataque a la revista Charlie Hebdo. El ataque, en lo físico, mató e hirió a inocentes de manera totalmente injustificada e imperdonable. En lo conceptual, agredió la libertad de expresión. En lo político, Paris, Francia y el mundo libre entero salieron magullados, porque estos actos infames repercuten más allá del entorno inmediato en que suceden.

Pero no todo queda allí. Con la matanza de Charlie Hebdo también emergen, se hacen presentes o patentes, las complejidades y desafíos que impone la convivencia multicultural en libertad y de cómo se mueve, o debe moverse, en sus intersticios la libertad de expresión. A primera vista pudiera parecer un contrasentido. Pero no, por el contrario, se trata de un asunto delicado, frágil, espinudo. De hecho, este es un asunto que ha dado mucho que reflexionar, escribir y hablar en las sociedades que precisamente exhiben mayores grados de desarrollo multicultural.

Según mi parecer, el tiempo ha hecho evidente que si la libertad de expresión no se ejerce con delicadeza, si la libertad de expresión se ejerce en forma totalmente fuera de lugar, si ella accede al derecho a burlarse majaderamente, a denostar o insultar; si no se ejerce con respeto, con sentido de responsabilidad y con inteligencia, puede transformarse en un polvorín que amenace seriamente la convivencia social. Creo resueltamente que en la libertad de expresión no hay espacio para la burla insultante, el desafío molesto, el fanfarroneo irritante o el abuso necio.

Hace algún tiempo leí Asesinato en Amsterdam, de Ian Buruma, que precisamente aborda los límites de la tolerancia a partir de un asesinato macabro y sangriento ocurrido en 2004. Mientras se dirigía en bicicleta a su trabajo, el cineasta Theo van Gogh fue muerto a manos de Mohamed Bouyeri, joven perteneciente a la yihad islámica. Bouyeri asesinó embriagado por la rabia irracional y fundamentalista que le produjo el documental (disponible en Youtube) que van Gogh filmó con la escritora y diputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Alí, actualmente esposa del historiador Nial Ferguson. Este documental, que se tituló “Sumisión”, abordó la violencia contra la mujer en sociedades islámicas, exhibiendo cuatro mujeres semidesnudas y maltratadas cuyos cuerpos tienen caligrafiados textos del Corán que denigraran a la mujer. Van Gogh, que no resulta una persona de mi particular simpatía -aunque, por cierto, rechazo, repudio y aborrezco de modo visceral su asesinato-, se dio tiempo para insultar pertinazmente a judíos –de una profesora judía, dijo que tenía sueños húmedos con el doctor Mengele-; a Jesús, a quién llamo “aquel pescado podrido de Nazareth” y a los musulmanes, a quienes calificaba de “folladores de cabras.  Creo que Asesinato en Amsterdam reflexiona con lucidez sobre los desafíos de la tolerancia, los derechos de la humanidad y el multiculturalismo, levantando una sana voz de cuidado respecto de su ejercicio y presencia en la democracia liberal, entendiendo que el objetivo de ésta y su mayor fuerza radica en que los conflictos entre creencias, intereses y puntos de vista deben resolverse exclusivamente mediante la negociación. Lo único que no se puede negociar, dice Buruma, es el uso de la violencia. Tiene toda la razón.

El asesinato de que trata el libro -junto con el también asesinato, ocurrido el 2002, del controvertido político derechista contrario al fundamentalismo islamista y las políticas de inmigración holandesas, Pim Fortyun-, fueron golpes fortísimos, que llevaron a la sociedad europea a repensar y redibujar el sentido de responsabilidad inherente al ejercicio del ideal de la tolerancia y la expresión, su ejercicio cuidadoso, de buena fe y sin mala intención.

Probablemente recogiendo la delicadeza que he mencionado, la necesidad de que la tolerancia y la expresión se ejerzan respetuosamente, el imperativo de procurar una convivencia social que no se desborde; hay países, particularmente europeos, que han ido progresivamente promulgado legislaciones que sancionan, incluso penalmente, ciertas expresiones, digamos, abiertamente agraviantes para ciertos grupos, que son negacionistas de crímenes contra la humanidad o que hacen apología del odio racial. Francia es precisamente un país en el que existe este tipo de legislación. Es por medio de ella que el ultraderechista político Le Pen ha sido condenado criminalmente por declaraciones como negar la existencia de cámaras de gas en la política de exterminio nazi, luego llamar a esos lugares de matanza animal “detalles de la historia o señalar que la ocupación alemana de Francia “no fue particularmente inhumana.

Creo que en los dificultosos equilibrios sociales de los tiempos que corren, a los desafíos normativos, se imponen deberes individuales de prudencia, particularmente exigentes para quienes apreciamos y aprovechamos la libertad en nuestro cotidiano vivir. La libertad ejercida reiteradamente para incomodar, irritar o burlarse es una peligrosa y un tanto desdeñosa forma de ejercerla, y quien así lo hace ha de comprender que estará, en alguna medida, comprometiendo también la paz de la sociedad que debe garantizarle su libertad.

 

Rodrigo Hinzpeter, abogado, ex ministro de Estado.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISSASMENDI/ AGENCIAUNO