Si efectivamente queremos convertirnos en una sociedad abierta, debemos asumir que el valor esencial de la libertad radica en reconocer el valor intrínseco de cada cual, más allá de las etiquetas, máscaras, ropajes y armaduras que la vida nos impone y que muchos quieren imponer.
Publicado el 15.10.2016
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Actualmente, China es una sociedad claramente capitalista, con mucho crecimiento, gente más rica, muchas empresas en el mundo, etc. Nadie podría decir lo contrario. Sin embargo, ese pragmatismo pro libre mercado de la dictadura comunista no hace de ese país una sociedad liberal o libre necesariamente. Y es que una cosa es una sociedad capitalista y otra muy distinta es una sociedad abierta con libertad económica.

Para muchos, esa distinción entre capitalismo y sociedad abierta puede parecer innecesaria, inclusive absurda o contradictoria. Pero cuando pensamos en qué implica específicamente el liberalismo en tanto conjunto de principios axiológicos, vemos que no es lo mismo que el simple capitalismo, como suele creerse. De lo contrario, China debería ser considerada la nación más liberal y abierta del mundo, debido a sus altas tasas de crecimiento, sus niveles de inversión extranjera, su baja inflación, su desarrollo industrial, etc. No obstante, todos sabemos que aquello no es suficiente para hacer de China la más libre de las naciones. En otras palabras, el color del gato en la noche sí importa cuando hablamos de libertad y no solamente de riquezas. ¿Por qué? Simplemente porque sabemos, o al menos intuimos, que la libertad es algo más sublime que la mera posesión de riquezas y bienes en una sociedad.

Hacerse rico no es la esencia del liberalismo. Nunca lo ha sido, de hecho. Durante su visita a Chile, Deirdre Mc Closkey nos recordó que la causa del liberalismo no tuvo relación con el capital en sí, sino con la vindicación de la dignidad de los hombres comunes frente a los privilegiados en el poder. Que la causa liberal no buscaba cuidar granjerías, posesiones, cierto estatus o prestigio, sino al contrario, buscaba establecer el derecho a vivir libres del dominio de todo aquello. Buscaba liberar a las personas de un orden que les impedía el libre despliegue de su libertad personal, en términos económicos y políticos. Como me decía Walter Castro en una conversación: el liberalismo fue una lucha contra el privilegio para obtener mayor dignidad, no fue una lucha por la riqueza.

En ese sentido, la dignidad burguesa, en relación a lo anterior, no tiene nada que ver con el hacerse rico, sino con romper con las trabas de la sociedad estamental. Es decir, con romper con un destino impuesto por otros, para convertirnos en dueños efectivos de nuestras vidas en todo sentido. Eso implicaba, entre otras cosas, el coraje de asumir la autonomía frente al mundo y frente a los otros. De esa ruptura derivan la honestidad y la prudencia, tan importantes para hacernos valer por lo que somos, sin depender de los cuestionables y siempre dudosos títulos nobiliarios de la vieja sociedad feudal. Ese quiebre con un orden que inhibía el despliegue individual en lo económico, político y moral, que aplastaba la iniciativa bajo el monopolio de gremios económicos y estamentos privilegiados, permitió algo extraordinario: liberó las conciencias de las personas comunes. Con ello, hubo una explosión de creatividad, aquella que se encuentra latente en cada sujeto, sin importar ninguna clase distinción o privilegio. Aquello fue la base del salto en innovación e inventiva económica, política y social, que hoy nos permite a muchos más disfrutar de las diversas comodidades del mundo moderno.

En relación a lo anterior, en Chile debemos avanzar a convertirnos en una sociedad abierta. Nos falta promover la tolerancia y el respeto a la diversidad y la creatividad, rompiendo con prejuicios, estereotipos, convencionalismos rígidos y ese clasismo habitual que, como un ascensor, sube y baja cada tanto. Nos falta desarrollar esas virtudes burguesas de las que hablaba Mc Closkey la semana pasada, que confluyen en vindicar la libertad personal como base de la dignidad humana. Debemos dejar de castigar y mirar con malos ojos la extravagancia, lo distinto y lo no convencional, porque aquello también es expresión de la libertad humana. Porque aquello nos impide tener innovación, porque nos hace desperdiciar talentos e ideas en favor del prejuicio. Porque no es falta de recursos ni talento lo que nos estanca, sino la falta de libertades y el exceso de inhibiciones. En Chile, tenemos miedo a la creatividad, porque somos mojigatos en todo sentido, político, moral, económico, social, cultural.

Si efectivamente queremos convertirnos en una sociedad abierta, debemos asumir que el valor esencial de la libertad radica en reconocer el valor intrínseco de cada cual, más allá de las etiquetas, máscaras, ropajes y armaduras que la vida nos impone y que muchos quieren imponer. Debemos dignificar el ejercicio de la libertad, tal como Mc Closkey, desde su propia experiencia, nos mostró la semana pasada. Es a partir de aquello que el amor por la libertad surge de manera sincera en una sociedad que quiere ser realmente abierta.

 

Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación de FPP.

 

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO.