Un concierto, homenaje desde el fin del mundo a los de Liverpool, expresa también que hay mucho que nos une en este país globalizado, competitivo y fragmentado, corroído por la desconfianza de todos hacia todos.
Publicado el 01.11.2016
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De nuevo en Chile, de nuevo en Santiago, pero en un Santiago diferente, que dormita apacible en medio de la suma de días feriados, volviéndose afable, humana y hasta sabia. Dispongo sólo de una noche en esta capital de calles vacías, y unos primos me invitan a una misteriosa actividad sorpresa. No debo preguntar adónde vamos. Acepto, y cerca de las nueve, ya oscuro, me trasladan en Uber, llevando botella de champán y aceitunas, a La Reina. Al rato entramos en una casa que tampoco ellos conocían. En un living con mesitas y una tarima, espera la sorpresa: un concierto de Beatlemanía y nada menos que en el hogar de su fundador, el destacado músico e ingeniero porteño Mario Olguín.

Estoy feliz. Por más de veinte años he querido escucharlos, pero nunca calzaban sus conciertos con un viaje mío a Chile. Y ahora sin prepararlo ni buscarlo, en la noche quizás más tranquila y grata de Santiago en este siglo, aparecen sobre el pequeño escenario Mario y los integrantes de su banda para deleitarnos con el tributo a The Beatles, una performance que seduce desde el primer acorde a los admiradores de los cuatro fabulosos.

Me sumerjo de golpe en el pasado olvidándome de Donald Trump y Hillary Clinton, del terrorismo, las migraciones, las guerras y las municipales, del Transantiago, la inseguridad y la delincuencia, y se me abren esas dimensiones que ocultan y sólo a veces develan las grandes ciudades. Caigo así en remembranzas de la niñez, la adolescencia y la juventud, en imágenes que rebotan en el presente dialogando con él, interrogándolo, cuestionándolo, empujándolo a uno mismo a establecer comparaciones.

No, no todo pasado fue mejor, ni el presente es siempre superior a lo que quedó atrás, y el futuro puede ser cualquier cosa porque la vida no está escrita, porque no hay leyes que rigen la historia, porque ella se hace a diario, lo que implica libertad y responsabilidad, como dice Isaiah Berlin. Lo cierto es que allí, en ese living, en ese micro universo, en ese underworld devenido un secreto submarino amarillo musical en que resuenan a la perfección las composiciones de John Lennon y Paul McCartney, se encuentran personas de distintas generaciones, procedencias, trayectorias, sensibilidades y opciones políticas, todas unidas por la admiración a The Beatles y el embrujo de Beatlemanía.

La presentación de la banda chilena se emparenta así con la ficción: gracias a su talento y la maestría en la ejecución artística ella proyecta otro mundo, se refiere a algo que está allí y no está allí, que remite a múltiples significaciones instaladas en otros tiempos. Clásico es aquel libro al que siempre podemos volver a leer porque nos aguarda con nuevas significaciones, afirma Italo Calvino, y es lo que pasa con la música de The Beatles, y lo que posibilita Beatlemanía.

Curioso cómo la música y los referentes que sugiere son capaces de unir intensamente a gente diversa en nuestro país donde, por desgracia, vuelven a asomar la polarización política, la descalificación y la intolerancia. En la cápsula musical de La Reina toma cuerpo una suerte de comunión que atraviesa generaciones, segmentos sociales e identificaciones políticas. Aquel concierto, homenaje desde el fin del mundo a los de Liverpool, expresa también que hay mucho que nos une en este país globalizado, competitivo y fragmentado, corroído por la desconfianza de todos hacia todos. Esa unidad en la diversidad, posibilitada por la gran música de Lennon y McCartney, resulta potente, emotiva e inspiradora.

The Beatles comenzaron su carrera de éxitos con la grabación del single “Love me do”, en 1962, y no dejaron de enriquecer y reformular la música pop/rock hasta que se disolvieron en 1970, cuando continuaron su vida artística por separado. Lennon fue asesinado en Nueva York en 1980, y George Harrison murió de cáncer en 2001. De una u otra forma estos artistas inciden en la música de las últimas cinco décadas, nutriendo así también la memoria individual de millones y la colectiva de continentes enteros. Con respecto a Chile, en términos políticos, ese arco implica haber dejado alguna impronta en la gente que vivió bajo los gobiernos de Alessandri, Frei Montalva, Allende, Pinochet, Aylwin, Frei Ruiz-Tagle, Lagos, Piñera y los de Bachelet. Aquella noche quedó en evidencia el cruce de generaciones tanto en la tarima como la platea: desde aquellos que tomaron conciencia política bajo Alessandri hasta los que recién están despertando a los vericuetos de la sociedad.

Celebré cada una de las bien logradas interpretaciones de la banda de Mario Olguín, y aplaudí a rabiar el cierre del concierto privado en el Santiago desolado, sin poder olvidar que en la Cuba que conocí (1974-79), los de Liverpool estaban prohibidos. En rigor, lo estaban en casi todo el mundo comunista, porque constituían “diversionismo ideológico del imperialismo”. Sin embargo, algunos estudiantes cubanos conseguían de contrabando cintas con sus canciones. Las escuchábamos entre amigos de confianza, a medio volumen, alertas para que no llegaran a los oídos de los vigilantes Comités de Defensa de la Revolución (CDR). Sí, en el living de La Reina se dieron cita este fin de semana varias generaciones admiradoras de The Beatles, y muchos de sus integrantes tal vez ignoran que en una gran parte del mundo las canciones de Paul, John, George y Ringo, y sus formas de vestir y actuar estuvieron vedadas.

Me impresionó Beatlemanía por su calidad y profesionalismo, por su magnífico aporte al arte y a la conservación de la memoria, y por su contribución a la unidad en la diversidad de las personas a través de la música.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

Foto: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

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