“¿Qué es la Revolución desde el punto de vista del marxismo?”, se preguntaba el líder ruso. “La ruptura violenta de la superestructura política anticuada”. Al referirse a la obra del autor alemán, Lenin solía recordar que estaba siendo desvirtuada por posturas oportunistas o pseudo-revolucionarias.
Publicado el 18.03.2017
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Vladimir Illich Ulianov (1870-1924) -conocido como Lenin- es un líder revolucionario ruso que se convirtió en una de las principales figuras políticas de la historia al liderar con éxito la Revolución Bolchevique. A cien años del acontecimiento que cambió la historia del siglo XX, intentar conocer y comprender al líder del movimiento resulta especialmente valioso. Su vida se puede seguir en el excelente libro de Robert Service, Lenin. Una biografía (Madrid, Siglo XXI, 2010).

Lenin fue desde niño un hombre inteligente y destacado. Más tarde se convirtió en un gran lector e intérprete de Marx y Engels, a quienes reconocía haber defendido enérgicamente el materialismo filosófico. Estaba convencido de que la doctrina de Marx era “omnipotente porque es verdadera”; le atribuía genialidad por la doctrina de la lucha de clases; consideraba que el materialismo histórico era una conquista muy importante del pensamiento científico. En otros aspectos complementó el pensamiento marxista original, como ocurrió con su obra de 1916, Imperialismo: la fase superior del capitalismo, que tendría gran repercusión en los países del Tercer Mundo (hay edición en Madrid, Taurus, 2012).

Si bien en un primer momento perteneció al Partido Social Demócrata Ruso, posteriormente se convenció de la necesidad de un partido centralizado, aunque fuera más pequeño. Como sostiene Service, “en opinión de Lenin lo más importante era tener un partido de revolucionarios adoctrinados, aunque fuese minúsculo, que pudiese difundir su doctrina”. Así nacieron los bolcheviques, el grupo fiel a Ulianov, y que lo acompañaría en la Revolución de 1917 y en la construcción del primer régimen comunista de la historia. Convencido de la necesidad de hacer la revolución, en su texto Sobre la reorganización del partido (1905) sostuvo que debía haber “una décima parte de teoría y nueve décimas partes de práctica”.

En ¿Qué hacer? -un opúsculo fundamental- sostenía que nadie ponía en duda “que la fuerza del movimiento contemporáneo consistiese en el despertar de las masas (principalmente del proletariado industrial), y su debilidad en la falta de conciencia y de espíritu de iniciativa de los dirigentes revolucionarios”. Otros aspectos, como la experiencia revolucionaria y la habilidad de organización, se podían adquirir en el camino.

En 1902 había planteado una definición que se haría realidad en 1917: primero debería ocurrir el derrocamiento de los Romanov y el establecimiento de un gobierno democrático burgués, después sobrevendrían la revolución y la dictadura del proletariado. Esto se entroncaba directamente con el pensamiento marxista, del cual Lenin se convirtió en el principal referente ruso en las primeras décadas del siglo XX. De hecho, le correspondió a él escribir en 1914 el artículo enciclopédico sobre Marx. Como resume Eric Hobsbawn, “si los marxistas rusos, los estudiosos más asiduos de las obras clásicas, desconocían un texto de Marx y Engels, entonces hay que suponer que verdaderamente no estaba al alcance del movimiento internacional” (en “Las vicisitudes de las obras de Marx y Engels”, en Cómo cambiar el mundo, Buenos Aires, Crítica, 2011).

“¿Qué es la Revolución desde el punto de vista del marxismo?”, se preguntaba el líder bolchevique. “La ruptura violenta de la superestructura política anticuada”. Al referirse a la obra del alemán, Lenin solía recordar que estaba siendo desvirtuada por posturas oportunistas  o pseudo-revolucionarias.

Dentro de las traiciones que percibía hacia el marxismo, destacaba en especial dos. Por una parte, se refería a “los ideólogos burgueses y especialmente los pequeñoburgueses”, que buscan corregir a Marx en relación al problema del Estado, que el autor del Manifiesto Comunista consideraba como expresión del carácter irreconciliable de “las contradicciones de clase”. Para estos  pensadores, el Estado se transformaría en el órgano de “la conciliación de clases”. Sin embargo, argumenta Lenin, “según Marx, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases”.

La segunda tergiversación corresponde a Kautsky, quien no niega teóricamente que el Estado sea un organismo de dominación de clases, ni tampoco que sea irreconciliable la contradicción de clases. Sin embargo, pasan por alto que la liberación de la clase oprimida sólo es posible mediante “una revolución violenta” y la destrucción del poder estatal de la burguesía.

Estos argumentos están planteados en un libro clave para comprender el pensamiento de Lenin: El Estado y la Revolución (Madrid, Alianza Editorial, 2006). El libro cobra relevancia, además, porque fue escrito durante el proceso de la Revolución Bolchevique, en 1917. Es una obra contundente, aunque breve, donde Lenin se preocupa especialmente por contradecir las tergiversaciones que, a su juicio, estaba sufriendo el pensamiento original de Marx y Engels.

De esta obra conviene reproducir un texto de Engels en el Anti-Dühring, que fija claramente lo que sería el pensamiento clásico de Marx y Lenin sobre el papel de la violencia en la historia: “De que la violencia desempeña en la historia otro papel [además del de agente del mal], un papel revolucionario; de que, según la expresión de Marx, es la partera de toda vieja sociedad que lleva en sus entrañas otra nueva; de que la violencia es el instrumento con la ayuda del cual el movimiento social se abre camino y rompe las formas políticas muertas y fosilizadas”. De esto deriva la conclusión de Lenin: “La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta”.

Lo interesante es que, en su caso personal, esto no quedaría en mera teoría, sino que sería llevada al orden práctico, histórico, con la revolución victoriosa de 1917, que impulsó como nadie, y en medio de contradicciones internas en el movimiento comunista. Con esto, Lenin adquiría una doble condición de pensador revolucionario y de autor de una revolución. Un hombre intelectualmente formado, en un alto nivel, que también mostraría dosis de genialidad política, no libre de pedantería y, ya en el gobierno, de un espíritu vengativo y represivo. Desde el triunfo de la Revolución que el marxismo leninismo pasaría a ser un verdadero canon político del siglo XX, especialmente para sus seguidores comunistas en los distintos países del mundo.

Con ello se construía el primer proyecto comunista de la historia, en su fase de dictadura del proletariado, lo que ciertamente requiere ser conocido para comprender mejor el muchas veces incomprensible siglo de la violencia, las guerras y las revoluciones.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España