Más que importar lo que diga la evidencia internacional, escuchar las opiniones de observadores imparciales y darse el espacio para reflexionar, lo importante en la discusión sobre el financiamiento de campañas es imponer una voluntad.
Publicado el 13.12.2014
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El maniqueísmo, entendido como recurso para categorizar las posiciones bajo una modalidad dicotómica de bueno y malo, es una estrategia política de larga data. Siempre presente en la escena electoral, parece un fenómeno más preocupante -y sobre el cual vale pena detenerse- cuando logra trascender la esfera de la propaganda para incrustarse en la lógica del razonamiento y la práctica legislativa. Son múltiples los ejemplos a citar durante el presente año, pero al tenor de la contingencia, parece necesario analizar cómo la lógica maniquea se hace presente en el tratamiento que se la ha dado al tema del financiamiento de la política.

Con la complacencia de algunos medios de comunicación, filtraciones y narrativas que colman de significantes a un tema sobre el cual no hay verdades reveladas, se ha logrado instalar la idea de que el sistema de financiamiento vigente sólo tiene un elemento definitorio: su opacidad.

Hace un par de semanas, un connotado espacio televisivo retrató de manera muy fidedigna la construcción de realidad, que posteriormente deviene en formación de opinión pública bajo un prisma maniqueo.

La trama era sencilla: una dupla de congresistas eran presentados como héroes al presentar una moción parlamentaria que suprime el aporte de las empresas y el sistema de aportes reservados. Los villanos eran, por supuesto, las empresas, representadas icónicamente en las torres de Sanhattan –porque, claro, sólo hay empresas en esa esquina– con el edificio Costanera Center como escenario de fondo a efectos de representar visualmente una suerte de torre de Mordor, para ponerlo en lenguaje y atmósfera tolkenianos. Otros villanos de la trama eran los miembros del partido político que se ha visto más expuesto en los supuestos fraudes en materia de financiamiento, fraudes que nada tienen que ver con vicios de la ley, porque precisamente se trataría de formas de financiamiento que operan al margen de ésta. Pero, como deliberadamente el objetivo de este tipo de reportajes es la simplificación, enhorabuena.

Como la labor de los héroes es ardua, y la contienda es desigual, dado que se debe hacer frente a las poderosas fuerzas del mal y sus poderes conspirativos, ellos deben recurrir a una especie de “liga de la justicia”: un cúmulo de organizaciones de la sociedad civil y espacios de reflexión sobre asuntos públicos que sirven de respaldo para la abnegada travesía de los héroes en su lucha contra los villanos.

Luego de que se ha instalado un diagnóstico que legitima lo sombrío del sistema, sin por supuesto mostrar ninguna evidencia concluyente que permita, luego de meses de investigación, sostener con certeza que el sistema de aportes reservados no funciona, llega el momento de legislar. Y evidentemente se legisla en el mismo tono. Porque, más que importar lo que diga la evidencia internacional, escuchar las opiniones de observadores imparciales y darse el espacio para reflexionar, lo importante es imponer una voluntad.

Entonces, y en el contexto del lanzamiento del comic “Sofía aprende con todos” para legitimar la reforma educacional, parece sensato preguntarnos: ¿Estamos dispuesto a que en este país se legisle bajo la modalidad de historietas?

 

Jorge Ramírez, Coordinador Programa Sociedad y Política Libertad y Desarrollo.

 

 

FOTO: ANDREZZINHO/FLICKR