Una parte decisiva del legado que nos deja Patricio Aylwin es su inalterable voluntad de acuerdos y construcción de consensos, especialmente para promover cambios duraderos en la sociedad. Su gobierno fue un ejemplo de ese espíritu que luego la Concertación prolongó en el tiempo.
Publicado el 21.04.2016
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La complejidad y los automatismos de las sociedades contemporáneas nos llevan a pensar en términos de procesos colectivos anónimos, no de figuras providenciales e individuos heroicos. A diferencia de aquel pensador inglés del siglo XIX que dijo “la historia del mundo no es otra que la biografía de los grandes hombres” o mujeres, hoy  imaginamos la historia como producto de movimientos de masas, revoluciones tecnológicas, fuerzas del mercado, procesos globales, cambios estructurales y decisiones burocrático-organizacionales.

Por lo dicho, nos resultan más familiares las palabras escritas por otro pensador, un alemán revolucionario: “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos”.

En esto pensaba durante los últimos días mientras íbamos despidiéndonos de don Patricio. Es evidente: él no hizo la transición a la democracia ni su biografía explica esta parte crucial de nuestra historia; la reconstrucción de la democracia chilena tras diez y siete años de dictadura. Y, sin embargo, me resulta imposible imaginar ese periodo sin la figura, la personalidad y el talante de don Patricio como Presidente de la República.

Era a la vez prudente y firme, solemne y cercano, experimentado en las artes de la política y riguroso en el ejercicio de su autoridad.

Don Patricio encarnó, bajo circunstancias no elegidas por él, un nuevo comienzo de la República, iniciado en medio de un inestable equilibrio entre los restos de un régimen de fuerza que había aplastado los derechos civiles y políticos de la población y la emergencia de una nueva sociedad democrática en un contexto internacional de capitalismo global.

Manejó con destreza el timón del Estado para romper con el inmediato pasado y recuperar una cultura de libertades, al mismo tiempo que dirigió el rumbo del crecimiento económico hacia metas progresivas de equidad.

Instauró así un modelo de desarrollo -económico, social, político y cultural- que, proyectado durante el siguiente cuarto de siglo, transformó profundamente al país, dotándolo de nuevas capacidades productivas y de gestión y a las personas de autonomía y nuevas oportunidades de trabajo, educación, consumo y bienestar.

De esta forma llegó a simbolizar a la Concertación de Partidos por la Democracia, la coalición político-cultural más duradera, eficaz y transformadora de la historia política chilena del siglo XX.

Con toda justicia puede decirse entonces que don Patricio Aylwin y los gobiernos de la Concertación que lo sucedieron moldearon y dieron su impronta a la historia reciente de nuestro país. Evidentemente no la hicieron a su libre arbitrio, sino en las condiciones legadas por el pasado; el golpe militar, la dictadura y una década de políticas neoliberales. Y dentro de las circunstancias actuales del capitalismo global que tan decisivamente inciden sobre la suerte de las naciones.

Es de suyo evidente que por su formación personal y profesional y su extensa trayectoria dentro de la Democracia Cristiana, Patricio Aylwin, igual que la generación de dirigentes que desde distintas vertientes confluyeron en la Concertación, poseían todos un fuerte compromiso con la democratización de la sociedad, la modernización del Estado y la economía, la defensa de los derechos humanos y la equidad en la distribución de las oportunidades de vida.

Es perfectamente anacrónico, por lo mismo, reclamar hoy del entonces presidente Aylwin y sus sucesores en la presidencia de la República el no haber tenido ayer las aspiraciones ni las metas que precisamente el éxito de esos gobiernos permiten abordar ahora.

Una parte decisiva del legado que nos deja Patricio Aylwin es su inalterable voluntad de acuerdos y construcción de consensos, especialmente para promover cambios duraderos en la sociedad. Su gobierno fue un ejemplo de ese espíritu que luego la Concertación prolongó en el tiempo.

A su turno, la propia composición ideológico-cultural de la coalición fue un reflejo de esa concepción articuladora de una diversidad de partidos y del pluralismo de ideas, ideales y valores que ellos expresan.

Efectivamente, la Concertación, bajo la inspiración de su primer gobierno, basó su alta productividad política y amplia proyección cultural en la comprensión de que el cambio democrático necesita no solo una mayoría parlamentaria, sino, más importante, un entramado de ideas, un tejido de confianzas y el apoyo de todas las partes interesadas dentro de la sociedad civil. Además, un diseño consensual y técnicamente sólido de políticas públicas y los necesarios acuerdos y recursos para su eficaz y eficiente implementación.

Suele pensarse que la Concertación de Partidos por la Democracia, en la tradición inaugurada por el Presidente Aylwin, habría exagerado la búsqueda de acuerdos y la articulación de diferencias en la sociedad y la política. Más habría valido, dicen algunos, reducir la base de sustentación de los gobiernos de entonces y del propio proceso de transición, en función de imponer mayor rapidez a las transformaciones y así avanzar sin transar. ¡Cómo si la generación de don Patricio y quienes nos sentimos sus discípulos políticos no hubiésemos experimentado ya antes con esa fórmula, hasta el límite del fracaso!

En fin, los grandes hombres no hacen la historia a su voluntad pero, qué duda cabe, la inspiran y moldean y pueden contribuir, como hizo Patricio Aylwin, a hacerla más digna de ser vivida.

 

Columna de José Joaquín Brunner publicada en el diario El Sur.

 

 

FOTO: FELIPE GUARDA/AGENCIAUNO

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