El estado de la cuestión nos lleva a postular que la primera audacia –para no hablar directamente de errores- fue observar los sucesos del 2011 con una lupa «sesentera» y suponer, por ejemplo, que los malestares de los grupos medios masificados (malestares híbridos y difusos) concordaban con la “fidelidad” del diagnóstico reformista traducido en una «sátira igualitaria».
Publicado el 11.04.2017
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Luego de escuchar un arsenal de discursos exultantes que abundaron en calificar al movimiento social del año 2011 como el “mayo chileno”, y dada la «primavera de los pueblos» que América Latina experimentó bajo los gobiernos nacional-populares, es la hora de arriesgar un balance preliminar. Por desgracia, se trata de un balance ubicado en la corta duración que trasluce nuestra esplendorosa decadencia.

Sin embargo, es posible aventurar una primera lectura sobre los sucesos acaecidos aquel año que nos permita contribuir a explicar el desenlace de la Nueva Mayoría y lo que algunos opinólogos y editoriales definen como el “gobierno de las reformas rotas”. Los discursos provenientes del exuberante pensamiento utópico, del mundo académico y la elite progresista se precipitaron en ficcionar la inflexión cristalizada por el movimiento estudiantil para administrar satíricamente las emociones colectivas y despachar de facto nuestra arquitectura republicana como una esfera –tildada de conservadora- incompatible con un nuevo «horizonte de época».

En principio, la sensatez obliga a reconocer que el año 2011 permitió anexar nuevos significantes a nuestro fúnebre paisaje político, para apalear la crisis de significación de la izquierda chilena y su consabida obsesión realista –so pena de que bajo el mismo realismo (eso sí, el de las encuestas) el laguismo fue declarado «interdicto»  y con ello se desmoronó todo el simbolismo de una forma de concebir las instituciones y la reforma. El tiempo dirá si los últimos sucesos representan un «error histórico» o lisa y llanamente la cúpula socialista heredaba un déficit para enfrentar los nuevos antagonismos, insurgencias e imaginarios autonomistas.

Todo indica que ha irrumpido una gramática innovadora, «libertaria» y «troska» que, en el pináculo del “neoliberalismo avanzado”, ha agudizado el degaste representacional de los Partidos de la Transición, cuestión que le permitió al pacto electoral que representa la Nueva Mayoría manipular la «estructuras cognitivas» de nuestro alicaído espacio público. La idea de una Asamblea Constituyente –viable o no, populista o no- encontró sus “condiciones de posibilidad” en el uso terapéutico del imaginario estudiantil.

De un lado, cabe interrogarse con total serenidad si durante 2011 asistimos a la reconstitución de «actores históricos», o bien se aperturó por la vía del gradualismo una restitución neo-gramsciana de la izquierda en Chile. De otro, debemos admitir que nuestra «ciudadanía líquida» prolonga un atribulado «espíritu de época» (a-historicidad) que dista radicalmente del «aforismo igualitario». Desde la larga duración deberíamos volver a enfrentar esta interrogante, dada por supuesta, para evitar cualquier “inflación discursiva”. El estado de la cuestión nos lleva a postular que la  primera audacia –para no hablar directamente de errores- fue observar los sucesos del 2011 con una lupa «sesentera» y suponer, por ejemplo, que los malestares de los grupos medios masificados (malestares híbridos y difusos) concordaban con la “fidelidad” del diagnóstico reformista traducido en una «sátira igualitaria».

Nuestra pregunta no es ¿cuál fiel fue el diagnóstico? Y ello en virtud de que homologar el malestar de los grupos medios con las demandas del movimiento social sólo es viable cuando una orgánica en plena politización se permite enarbolar (ampliar y sobre representar) un conjunto de ideas que son parte de la “iniciativa política”. Inicialmente no habría problema en que los movimientos sociales se auto-imputen el malestar ciudadano; pero la pertinencia de la representación es un debate pendiente.

A pesar de lo anterior, no tenemos certeza si Freirina, HidroAysén, los impúdicos abusos del retail, las demandas de género y otro tipo de discursos se movían en la dirección de la Nueva Mayoría y el «aforismo igualitario», o bien, si aquello se refería más bien a un estado de demandas gestionales, remediales, de corto plazo –legítimamente instrumentales-. Lo último sería propio de una «ciudadanía viral» insatisfecha con la arquitectura de la modernización.

En una aproximación preliminar, ya sabemos que el año 2011 fue una «rebelión de consumidores» integrados e insatisfechos, una «irrupción de expectativas» de innegable valor político, asociada a un malestar por los retrasos de inclusión en el modelo y las promesas modernizadoras incumplidas desde 1990. De otro modo, el 2011 no fue –necesariamente- una interpelación a la «esencia» -u ontología al decir de un filósofo- de la cobertura en educación superior, sino a la ausencia de «prevención regulatoria»; tampoco fue cuestionada la médula del retail, sino la pesadumbre cotidiana frente a un cúmulo de abusos y prácticas impresentables para los «consumidores activos», y así podríamos extender el estado de insatisfacción a otros planos –sin la motivación de restar méritos a los cuestionamientos políticos que circulaban copiosamente-.

Lo que hubo, a nuestro juicio, se asemeja más a una poderosa «frustración de expectativas», que la elite progresista supo canalizar como producción de contenidos y edificación de plataformas, en favor de la remoción de los resortes jurídicos de la Constitución de 1980 y de un programa de reformas aggiornadas por el relato igualitario de la Nueva Mayoría.

Pero aún queda pendiente nuestra pregunta inicial; ¿el año 2011 hubo una genuina sedimentación de «actores históricos», con fuerza autonómica y modelos de sociedad que trascendían la reproducción inter-elitaria de nuestra clase política? A nuestro juicio, soslayando las urgencias contingenciales, bajo el ciclo que va desde 1968 al año 2015 la izquierda padece un déficit actoral y programático que la empuja a retorizar, aquí y allá, la acción colectiva. Pero la respuesta es negativa; no hay restitución de un nuevo «sujeto político». Ello sin perjuicio de invocar fenómenos de distinto orden.

Si los ideólogos de los movimientos sociales persisten en una tesis narcisista e invertebrada, se condenan a la periferia de la política. Tal perspectiva opera como «aprendiz de bruja» y será absorbida por el juego inter/elitario del progresismo institucional que –pese a todo- aún capitaliza políticamente el malestar ciudadano. Los malestares, expuesto por el propio PNUD hace más de una década, son hechos indesmentibles, incuestionables, pero ellos se juegan en viabilizar formas de corrección y regulación de la modernización imperante. Y una aclaración; no se trata de simplificar la tesis señalando que la demanda instrumental de 2011 era una petición sibilina para ampliar los mecanismos de mercado.

Ello hace evidente la masificación de grupos medios que oscilan en diversas demandas instrumentales sin que ellas logren articular un nuevo «ciclo político», porque de suyo tal proyecto quedó hipotecado por la “dinámica gatopardista” de los Partidos de la Transición. Por fin, tampoco se trata de cruzar los brazos y quedar en la impolítica. No, la «iniciativa política» sigue abierta, pero vistas las cosas en perspectiva, el 2011 NO ha generado el anhelado «sujeto político» con una capacidad hegemónica, pues tuvo que lidiar con la facticidad elitaria de la vieja Concertación. Todo nos hace presagiar que seguimos en la ruta de una «democracia decadentista» que se nutre de oportunismo mediáticos que hacen de nuestro paisaje algo similar a un «collage». Podríamos agregar que los barrotes del realismo traslucen la “obsesión” nihilista de una transformación reactiva, tal cual un elefante trata de caminar sobre una vidriería. Solo resta agregar un cierre de telón: hojarascas.

 

Mauro Salazar J., investigador asociado Universidad Bernardo O’Higgins

 

 

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO