Al gobierno no le ha resultado fácil reconocer el buen posicionamiento del bloque. No pudio o no quiso reparar en el simple hecho de que la Alianza del Pacífico tuvo éxito en construir un área de integración, en contraste con viejos proyectos proteccionistas que fracasaron por su fuerte intervencionismo estatal y políticas contrarias a la iniciativa privada.
Publicado el 05.07.2016
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Todo un acierto la IX Cumbre de la Alianza del Pacífico celebrada en Puerto Varas, cita que contó con la presencia de los presidentes de Chile, Colombia, México y Perú, así como con las invitaciones especiales al presidente electo peruano (Pedro Pablo Kuczynski) y al presidente argentino (Mauricio Macri estuvo con unos 700 empresarios en la Cumbre Empresarial de Frutillar). Al cabo de cinco años de actividad, la Alianza ha desgravado el 92% del comercio recíproco, se propone avanzar -entre otras cosas- en la integración financiera, en infraestructura y la internacionalización de las AFPs, cuenta ya con 49 observadores y varios países tocan a su puerta para ingresar. En fin, el bloque es una demostración de las virtudes planteadas por la liberalización comercial y del regionalismo abierto para alcanzar una integración más profunda en América Latina, a diferencia de la crisis del ALBA, la inefectividad de UNASUR y la parálisis del Mercosur.

 Al gobierno de la Nueva Mayoría no le ha resultado fácil reconocer el buen posicionamiento de la Alianza. En un comienzo, el acostumbrado sesgo ideológico de la izquierda en Chile y del campo bolivariano lo calificó como un bloque destinado a frenar las iniciativas regionales más progresistas o bien como un eje del Pacífico para contrapesar a un eje del Atlántico (Brasil y Argentina). Evidentemente, los traicionó el subconsciente, pues asociaron el origen de la alianza al Perú de Alan García y al Chile de Sebastián Piñera; es decir, a un proyecto neoliberal. No pudieron o no quisieron reparar en el simple hecho de que la Alianza del Pacífico tuvo éxito en construir un área de integración para la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas, en claro contraste con viejos proyectos proteccionistas que habían fracasado por su fuerte intervencionismo estatal y políticas contrarias a la iniciativa privada.

Por todo lo anterior, es notable el reconocimiento hecho por la presidenta Bachelet de que había partido con muchas dudas respecto de la Alianza, pero que ahora siente que el bloque representa “el futuro común”. Incluso, en entrevista concedida al diario español El País, ella aseveraba que: “Creemos en la democracia, los derechos humanos, la inclusión, y el valor de una economía abierta. Chile ha entendido hace muchos años que somos 17 millones de personas, no podemos depender de nuestro mercado interno. Hemos salido al mundo, tenemos acuerdos con países que representan el 80% del PIB mundial”.

Celebramos la nobleza de la presidenta para darse cuenta del error y aceptarlo. Ello dista mucho de la jactancia de su canciller, quien dijo -al asumir su cargo- que la nueva política exterior reemplazaría el énfasis económico (minimizando la Alianza) por un mayor acercamiento político con Argentina y Brasil. Al poco andar tuvo que rectificarse y señalar que Chile buscaría, más bien, la convergencia entre la Alianza y el Mercosur, una clara muestra de voluntarismo por encima de realismo. En suma, en lugar de reconocer las bondades que tiene la Alianza para el resto de la región, el referido ministro habla ahora de que Chile, en su rol de articulador, habría impuesto su propuesta de “convergencia en la diversidad” en la región.

Pero la realidad es muy diferente: Argentina derrotó al kirchnerismo y procura romper el aislamiento internacional en que la dejó CFK; y las nuevas autoridades en Brasilia y Buenos Aires buscan cambiar las reglas del Mercosur para una mayor apertura e internacionalización de sus economías. Esto no es convergencia, sino simplemente la evolución natural de dos economías muy importantes de la región que se inclinan hacia el bloque exitoso (giro del proteccionismo a la liberalización comercial).

Hecha la aclaración anterior, digamos que, sin perjuicio de que la Argentina de Macri vaya ajustándose gradualmente a las condiciones de la Alianza, la diplomacia chilena debiera trabajar

siempre en favor de una mayor conectividad física, integración económica y concertación política con nuestro vecino allende la cordillera. Para el caso de un Brasil pos-populista (sin el PT y sin Dilma), por mucho que se le reconozca un liderazgo natural en la región, necesita sortear todavía los serios problemas internos que lo aquejan. Por ahora, solo cabe esperar que flexibilice su política económica, exponiendo -paso a paso- su industria a la libre competencia.

Como conclusión, cabe señalar que el gran desafío de la integración latinoamericana es doble: por un lado, tarde o temprano, Brasil y Argentina deberán ser parte de la Alianza del Pacífico para que la integración sea real y exitosa; y por la otra, tal incorporación se dará sólo en la medida que reformen sus economías y abandonen el proteccionismo que hizo  fracasar al Mercosur.

La exitosa articulación de la Alianza del Pacífico por parte del gobierno de la Nueva Mayoría podría ser un buen antecedente para que Chile ejerza ahora un liderazgo en la defensa de la democracia y los derechos humanos en el continente: fortaleciendo la institucionalidad de la OEA (apoyando al secretario general y la Carta Democrática Interamericana), exigiendo el respeto de los derechos humanos en Cuba, solicitando la liberación de los presos políticos venezolanos, apoyando el referéndum revocatorio de su Asamblea Nacional, y asegurando el derecho de la oposición en Nicaragua a presentar una candidatura presidencial.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI