Algunos creen que la agenda de la identidad de género enriquece la diversidad que nos hace individuos únicos, pero es más probable que empobrezca lo que tenemos en común como seres humanos. No olvidemos que las trincheras sirven para dividir, no para unir.
Publicado el 20.06.2016
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Las guerras culturales de hoy, con su fuerte acento en la identidad, se libran a veces en formas insospechadas y en la periferia de nuestra conciencia porque sus embates no nos conciernen directamente (o eso creemos). Por eso el observador “no beligerante”, que siente no jugarse nada personal en la cacareada batalla de las ideas, puede pensar que sus tácticas importan poco.

Si usted es de aquellos, y si por casualidad le gustan los videojuegos, quizás este ejemplo ensanche su perspectiva.

La exitosísima serie de videojuegos “Assassin’s Creed” debutó en 2007 y desde entonces cada una de las sucesivas versiones comenzaba con esta aclaración: “Inspirada en eventos y personajes históricos. Esta obra de ficción fue diseñada, desarrollada y producida por un equipo multicultural de distintas religiones y creencias”.

Es decir, siendo una fantasía ambientada en contextos históricos reales, los creadores querían mostrarse preocupados de evitar caracterizaciones burdas u ofensivas del pasado de distintos pueblos. Perfecto.

En la versión 2015, sin embargo, titulada “Assassin’s Creed Syndicate”, la parte final del texto fue modificada así: “…por un equipo multicultural de distintas creencias, orientaciones sexuales e identidades de género”.

Antes, la promesa de ser respetuosos con la historia se sustentaba en que los diseñadores del juego encarnaban diferentes culturas, religiones y creencias. Ahora, en cambio, se promete lo mismo sacando de escena a la religión e incorporando dos menciones a la sexualidad. Más allá de lo que cada cual piense sobre las llamadas “minorías sexuales”, el argumento ha perdido en calidad.

No hay que hilar muy fino para descifrar el mensaje en clave ideológica. Por un lado, para el nuevo dogma progresista la religión es, desde siempre y por antonomasia, sinónimo de atraso, fanatismo y opresión. O parafraseando a Nietzsche, un mal atávico que la humanidad haría bien en superar de una vez por todas. Incluso el no creyente puede entender cuán pobre es esta idea del impulso religioso, cuánto desconoce la evidencia histórica y cuánto menosprecia a quienes profesan una fe. Por otro lado, los creadores del juego no nos presentan la orientación sexual como un bienvenido reconocimiento a la diversidad, sino como una identidad virtuosa en sí misma. ¿Pero por qué habríamos de creer que un grupo “sexualmente diverso” da más garantías de evitar estereotipos históricos o culturales? ¿Acaso sólo los heterosexuales son propensos al racismo, la intolerancia, el maniqueísmo, etc.?

El afamado escritor norteamericano Gore Vidal, que era tan abiertamente homosexual como férreamente progresista, detestaba que lo describieran como un autor “gay”. Para él no existían los individuos homosexuales, sino los actos ídem elegidos libremente. Sus convicciones, sus decisiones, su inteligencia, su personalidad, su carácter y, sobre todo, su trabajo, eran mucho más determinantes para la identidad de Vidal que algo tan íntimo como su sexualidad. Al lado de esas cosas, insistía, con quién eligiera acostarse pesaba poco.

No deja de ser una ironía. Para derribar el mito de que el sida era “la enfermedad gay”, por ejemplo, la comunidad homosexual no invocó una identidad diferenciada, sino al revés: el virus mataba personas y punto, recalcaron; no discriminaba entre homosexuales y heterosexuales, sino entre individuos más o menos vulnerables. Acertadamente, el foco ético estuvo en la esencia que nos asemeja (somos seres humanos) y no en las elecciones que nos distinguen (nuestra preferencia sexual). Como defendía Vidal.

El discurso contemporáneo de la identidad gay es muy distinto. Si antes los homosexuales exigían reconocimiento social señalando que, a fin de cuentas, todos somos iguales, hoy lo exigen argumentando que la sexualidad —porque supuestamente nos define en lo medular— nos hace diferentes. En el fondo, han trocado la sólida fundamentación ética de los derechos humanos por la sinuosa vaguedad conceptual de los derechos de minoría. Esa no parece la mejor manera de combatir el prejuicio homofóbico. ¿Acaso las víctimas homosexuales de la reciente masacre en Orlando son distintas a las de otras matanzas de personas inocentes? El asesino diría que sí, desde luego.

Algunos creen que la agenda de la identidad de género enriquece la diversidad que nos hace individuos únicos, pero es más probable que empobrezca lo que tenemos en común como seres humanos. No olvidemos que las trincheras, culturales o de cualquier tipo, sirven para dividir, no para unir.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor.