Asistimos a la paradojal disolución del polo reformista en nuestra sociedad, consumido por sus contradicciones internas e incapacidad de proyectarse hacia el futuro, justo en el momento en que la izquierda “revolucionaria” se halla más lejos que nunca de poder ofrecer un camino de gobernabilidad.
Publicado el 05.04.2017
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Entre las lecciones político-culturales del siglo XX, tal vez la más dramática fue la refutación de las utopías revolucionarias. La revolución bolchevique de hace un siglo, que en su momento encendió las ilusiones de muchos intelectuales europeos, desembocó a poco andar en un régimen totalitario de vigilancia panóptica. El Reich de los mil años del nacionalsocialismo germano sembró de cadáveres los campos del viejo mundo. En el nuevo mundo entre tanto, las fantasías liberadoras y heroicas de uno, dos, tres Vietnam terminarían poniendo en marcha —en el Caribe igual que en el Mekong— a economías capitalistas bajo control de Estados de partido único. Lo mismo ocurrió en China, donde la construcción capitalista se levantó sobre los escombros de la Revolución Cultural.

Incluso en Chile, a nuestra manera, ensayamos —y, ay, fracasamos— con el espejismo de una revolución socialista, popular y tercermundista en el patio trasero del imperio americano.

En suma, las revoluciones del siglo XX nos legaron una terrible historia de derrota conjunta de los profetas armados y desarmados. De sueños grandiosos que caen hechos pedazos ante la mezquina realidad.

 

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¿Significa todo esto que el siglo XX sepultó la idea de cambio, la esperanza de una vida mejor, la posibilidad de contar con democracias progresistas y con culturas liberales?

Por cierto que no.

Pues en paralelo con sucumbir la vía revolucionaria —de cambio paradigmático, estructural, fulminante, refundacional de las bases de la organización de la economía, el régimen político y las orientaciones culturales de la sociedad— se consolidó la vía reformista. Esto es, el camino de los cambios incrementales, limitados, conflictivos, negociados, graduales, dependientes de la trayectoria, adaptativos y de carácter acumulativo.

Efectivamente, el desarrollo gradual de una variedad de economías de tipo capitalista —estatal, corporativa y de mercado, con diversas combinaciones a nivel de países— y del amplio abanico de políticas acompañantes —desde neoliberales, con grados variables de intensidad, hasta socialdemócratas de primera a tercera generación— es el principal legado de esa vía reformista.

Por ella transitaron después de la Segunda Guerra Mundial los principales cambios que caracterizan a nuestra época, como la globalización, la universalización de los mercados, la financiarización de la economía, la innovación destructivo-creativa como motor del crecimiento, el auge de las industrias del Asia, las empresas multinacionales, la expansión del consumo, la reducción de la pobreza, la desigual distribución de los ingresos, las crisis cíclicas del capitalismo, la ampliación del número de democracias y los avances de la racionalidad economizante que define a la modernidad occidental y ha terminado difundiéndose alrededor del mundo.

De modo, pues, que el siglo XX puede llamarse del reformismo, precisamente porque sus dinámicas de economía política y socioculturales contribuyen a crear el mundo que nos rodea, con sus contradictorias facetas, de torbellino vital moderno (Marshall Berman) y de descentramiento y licuación posmoderna (Zigmunt Bauman).

Por lo mismo, resulta paradojal que en amplios círculos juveniles, intelectuales y académicos de las ciencias sociales, sea la vía revolucionaria la que parece rodeada de un halo moral esplendoroso y goce de una estupenda conciencia de victorioso optimismo, mientras el reformismo es vilipendiado y acusado de las limitaciones que la realidad impone a los deseos y la ética de la responsabilidad a la persecución de valores absolutos.

El reformismo se ha vuelto una mala palabra, como si significara renuncia, declinación, falta de ambiciones y sueños, conformismo con lo establecido, algo añejo propio de las generaciones pasadas. Por el contrario, lo revolucionario “la lleva”; equivale a soñar con cambiarlo todo, tener anhelos oceánicos, cultivar ideales heroicos, creer que es posible diseñar la felicidad de las sociedades, no empequeñecerse frente a los obstáculos, indignarse con los males y abusos de la sociedad capitalista y anunciar desde ya (¡una vez más!) su desplome.

Significa, por último, levantar banderas anti-neoliberales, execrar el lucro, identificarse con la protesta de la calle y al menos anhelar el socialismo-siglo-XXI para así poder trascender la banalidad y el egoísta utilitarismo de la cotidianidad capitalista.

 

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También en Chile el reformismo goza de mala prensa, sobre todo de una pantalla y de redes sociales adversas. Reformismo viene a ser sinónimo de ambigüedad, y en política denotaría complicidad con los poderosos y tolerancia frente al abuso.

Dichos contrarios a la lógica, si se piensa que el reformismo ha sido precisamente el que permitió a Chile salir de la dictadura, ampliar las fronteras de la democracia, dar un salto histórico en su crecimiento material y aparato productivo, expandir fuertemente las oportunidades educacionales en todos los niveles y generar una sociedad incuestionablemente mas dinámica y compleja.

A pesar de todo aquello, el reformismo de la Concertación ha sido denunciado como insuficiente, engañoso y débil por la mayoría de la intelligentsia y los cuadros directivos del propio conglomerado. Y esto justo en el momento preciso en que la coalición era derrotada electoralmente por la derecha. Es decir, cuando la derecha llegó al Gobierno con Sebastián Piñera no necesitó “deconstruir” la obra de cuatro gobiernos concertacionistas sucesivos. Bastó la retroexcavadora de la Nueva Mayoría (NM) para echar abajo le memoria del edificio.

¿De qué trataba el ataque de la NM contra la vieja Concertación? Precisamente de la médula reformista de ésta, considerada como demasiado estrecha para calificar de “izquierda”. Más bien, se decía, era “neoliberal”; un reformismo de derecha, por ende, de carácter individualista, propenso a los mercados, tolerante con las desigualdades, aplaudido por la burguesía empresarial.

En línea con lo anterior, y a la sombra de la enorme popularidad inicial de su candidata, la NM ofreció un verdadero “cambio de paradigma” de la política gubernamental bajo la presidencia de Bachelet II; es decir, el inicio de una nueva vía “refundacional”, la que por ahora debía entenderse esencialmente como anti-neoliberal. Luego, en etapas más avanzadas, emergería un nuevo diseño de sociedad, el cual aún no sabe nombrarse a sí mismo.

 

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Sin embargo, los cambios ofrecidos tan entusiasta como ingenuamente, en vez de acercarnos a la anhelada mayor igualdad e iniciar un camino hacia la superación del lucro y la igualdad, resultaron un pedregoso pasaje de ajustes y reformas impulsadas con una notable falta de pericia y un exceso de mala gestión.

Todo esto nos pone ahora frente una coalición que se siente acosada desde ambos costados.  A un lado ve emerger de nuevo el espectro de una mayoría de centro-hacia-la-derecha presidida por Piñera. Al otro, un Frente Amplio de micro-fuerzas sociales, políticas, ideológicas y culturales que se proclama heredero del pensamiento auténticamente revolucionario, anti-neoliberal y de inspiración utópico-alternativo.

En efecto, sectores de la NM están en riesgo de perder su identidad de izquierda, superados en radicalidad discursiva por ese Frente Amplio. Inconfesadamente comienzan a reconocer ahora su error de hace varios años, cuando echaron a andar su autocrítica del reformismo y restaron así legitimidad a su propia historia e identidad.

No imaginaron que con esto se desplazaban simbólicamente hacia la izquierda donde pronto de encontrarían desafiados por sus propios hijos, más radicalizados imaginativamente, mas alternativos y confrontacionales en su discurso, y con menos temor a asumir posiciones rupturistas de connotaciones revolucionarias. De este modo, la izquierda de la NM quedó atrapada en su propio juego.

Esto se refleja ahora dramáticamente en la carrera presidencial.

El PC, igual como le ocurrió antaño, empieza a aparecer como la derecha de la siniestra; el momento conservador de la vanguardia; una izquierda retardataria aliada ahora con partidos que desconocen o desprecian las tradiciones bolcheviques de la revolución. Solo el burocratismo vertical de su organización logra mantener en orden las filas.

A su turno, el PS ha quedado atrapado dentro de sus propias contradicciones internas, con riesgo de perder el alma luego de dar la espalda a su líder natural y salir a buscar un liderazgo más novedoso, popular (en el sentido de las audiencias) y no contaminado históricamente. Luego de echar por la borda su propio centro de gravedad reformista como eje de la antigua Concertación junto a la DC, se despliegan ahora en su seno variados oportunismos con la vana ilusión de no perder electorado a la izquierda y sin poder moverse tampoco hacia el electorado del centro.

El PPD por su lado, vuelto una sombra de sí mismo, anda por la escena llevando a duras penas el liderazgo de Ricardo Lagos, liderazgo que no representa a su mando burocrático y redes de poder internas ni tampoco las pulsiones alternativo-utópicas y el neo-izquierdismo posmoderno de algunos de sus caudillos. Algo similar, en un mundo de mini-dimensiones, ocurre con el PR, hinchado abruptamente por el globo de helio de un candidato “propio”, que surfea sobre la ola de la opinión pública encuestada.

En fin, el PDC se halla cada vez menos cómodo en un pacto electoral que se mueve hacia una suerte de izquierda anacrónica a la vez que posmoderna. Ni siquiera está en pie el recuerdo de la Concertación como memoria común. Destruido por la incesante crítica “progresista”, desaparece también este puente emotivo-cultural que le permitía a la DC transitar del centro hacia la izquierda moderada y viceversa. De modo que no tiene ya motivos para permanecer allí que no sean el temor al camino propio de su identidad, o bien el temor a ver disminuida su cuota de poder en un futuro gobierno de la NM.

En suma, asistimos a la paradojal disolución del polo reformista en nuestra sociedad, consumido por sus contradicciones internas e incapacidad de proyectarse hacia el futuro, justo en el momento en que la izquierda “revolucionaria” se halla más lejos que nunca de poder ofrecer un camino de gobernabilidad.

¿Puede sorprender entonces que la coalición de derechas aparezca (hasta ahora) en la punta de la carrera presidencial?

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO

 

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