Para tener mejores pensiones, la economía tiene que crecer de forma robusta, las empresas deben tener utilidades y rentabilidades lo más altas posibles y hay que añadir libertad para elegir. Por ningún motivo debe intervenirse la industria con una AFP estatal o expropiando los fondos acumulados en cuentas individuales para volver al fracasado sistema de reparto.
Publicado el 04.08.2016
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A fines de julio se produjo un nuevo remezón en las calles de las ciudades más importantes del país: la marcha No+ AFP (en la foto). Como era domingo, las caminatas fueron más calmadas, sin sobresaltos ni vandalismo -los violentistas también tienen derecho a descansar-, pero loas participantes instalaron un debate sobre políticas públicas que seguirá nos acompañará por mucho rato: el bajo nivel de las pensiones actuales.

Desde hace tiempo que organizaciones vinculadas a los adultos mayores como www.fundacionlasrosas.cl o www.omayor.cl nos muestran la precariedad en la que viven miles de personas de la tercera edad en nuestro país. Ellas focalizan su actividad en chilenos que, como cualquiera de nosotros, antes o después, llegaremos a esa edad.

Desde la reforma del sistema de pensiones en los años 80, gran parte de los trabajadores viven la etapa de la vejez con lo que han logrado juntar en sus cuentas de ahorro individual y que las instituciones de giro único, Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), administran para obtener rentabilidades que se suman a la pensión que reciben. Hay evidencia que asigna un 40% de la pensión a los fondos acumulados por cotizaciones y un 60% a las rentabilidades obtenidas por las inversiones generadas con esos fondos.

Resulta evidente que, por una parte, las bajas pensiones están vinculadas a la rentabilidad y por lo tanto a lo que renten las inversiones que hacen las AFP en nuestro nombre. Por otra parte, la pensión depende de las cotizaciones, las que a su vez están vinculadas a la remuneración y empleabilidad que tiene un trabajador.

En primer lugar, pagamos una comisión a las AFP para que maximicen las rentabilidades invirtiendo en empresas e instrumentos que ofrece el sistema financiero. La discusión que podríamos tener es si esa comisión es cara o barata, ya que oscila entre 1,48 y 0,41% con promedio de 1,15%. Este monto de comisión representa 11,5% de la cotización obligatoria (10%) y podría ser más barata, con lo que al ser reducida mejora el ingreso disponible del trabajador sin alterar su pensión futura, porque seguiría cotizando el 10%.

La simple lógica de un trabajador debería indicar que los fondos deberían estar administrados con la menor comisión posible y eso genera competencia de forma instantánea, permitiendo que los valores no sean muy distintos unos de otros. Pero hoy la diferencia entre la más barata y la más cara es de ¡3,6 veces (260%)! y las rentabilidades no superan el 1,3%.

Lo único que hace distinto el servicio de una AFP versus otra es la rentabilidad obtenida en el pasado y cuando una dice “Número 1 en rentabilidad” lo que no dice es que la segunda tiene casi ninguna diferencia en lo logrado. Por ejemplo, en el último mes de rentabilidad que registran las AFP, la primera en Fondo A rentó 6,15% y la segunda 6,07% (1,3% de diferencia); en el Fondo C la que más renta tiene 8,48% y la segunda 8,38% (1,1% de diferencia). Es decir, se cumple que las diferencias son marginales en rentabilidad pero exageradas en cobro de comisiones.

Por lo tanto, con esas diferencias en rentabilidad y costos de comisiones estamos en presencia de lo que se llama “asimetrías de información” y de que el regulador no está haciendo bien su pega, porque si la hiciera estarían todos en la AFP que cobra menos.

La segunda variable de la pensión es la cotización obligatoria de 10% del sueldo imponible. Para que exista una buena cotización, el trabajador tiene que tener empleo y una buena remuneración. Estos dos factores tienen directa relación con el desempeño de la economía, de manera que cuando hay bajo nivel de crecimiento económico, el desempleo aumenta y las remuneraciones caen, influyendo directamente en menores cotizaciones acumuladas y por lo tanto pensiones más bajas, así de simple.

Así y todo, no soy partidario de un sistema de reparto como lo han propuesto algunos para mejorar las pensiones. Primero, porque ese sistema ya fracasó; y en segundo lugar, porque en no muchos años más la población de más de 60 años superará con creces a la de 15 años y menos, con lo que el sistema está quebrado antes que se cambie. Recordemos que en el sistema de reparto, los trabajadores activos financian a los pasivos y si las proyecciones demográficas son ciertas, el sistema recaudará mucho menos que las pensiones a financiar.

En resumen, hay que ponerle el cascabel al gato. Para tener mejores pensiones, la economía tiene que crecer de forma robusta y no como lo ha hecho en particular estos últimos años de gobierno. Por otra parte, las empresas deben tener utilidades y rentabilidades lo más altas posibles. Si hay algo que modificar, cosa que es perfectamente posible, que sea agregando libertad para elegir y no interviniendo la industria con una AFP estatal o expropiando los fondos acumulados en cuentas individuales para volver al fracasado sistema de reparto.

 

William Díaz, economista.