Nuestras élites se encuentran confundidas por causa de sus propios dichos, hechos y omisiones. Por una inepta conducción y gestión se han puesto en la desmedrada coyuntura en que hoy se encuentran.
Publicado el 22.04.2015
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En la sociología de las élites, aquellos que no forman parte de las estrechas redes del poder, la riqueza, el status distinguido y la influencia social y cultural suelen denominarse no-élites. ¿Quiénes son? Son los ciudadanos, consumidores, públicos, audiencias de los medios de comunicación, movimientos sociales, comunidades locales, agrupaciones de la sociedad civil en general, las masas, la calle, la opinión común, los espectadores, la gente, el pueblo.

En democracia, son la no-élites quienes eligen periódicamente entre élites que compiten con sus equipos de gobierno y programas. Como dijo alguna vez Norberto Bobbio, “Joseph Schumpeter dio completamente en el blanco cuando sostuvo que la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites, sino la presencia de más élites en competencia entre sí por la conquista del voto popular”.

Si bien fue Schumpeter quien popularizó esa visión realista de la democracia, uno de los padres de la teoría de las élites, Vilfredo Pareto, la había anticipado con una dosis todavía mayor de escepticismo: “Un régimen en el que el pueblo exprese su voluntad -suponiendo, no concediendo, que tenga una- sin clientelas, intrigas ni camarillas”, escribió: “sólo existe como puro deseo de teóricos, pero no se observa en las realidades ni del pasado, ni del presente, ni en nuestras tierras ni en otras”.

¿Y en Chile, pregunta mi amigo embajador?

A decir verdad, lo que hoy puede observarse en el escenario de los media son élites fragmentadas y golpeadas, junto con clientelas, intrigas y camarillas. No el desplome ni la desaparición de las élites, sino su ordalía en la escena del escándalo. El gobierno aparece paralizado, envuelto en una espiral descendente. Como si estuviera cayendo en cámara lenta.

Pero el país funciona: la economía produce, los bienes y servicios se intercambian, el transporte urbano de superficie exige subsidios pero mejora poco, hay empleo aunque no siempre estable ni satisfactorio, los niños y jóvenes asisten a clases salvo los universitarios cuando deciden protestar, la inflación es reducida, el turismo se mantiene activo, los tribunales llevan adelante los procesos y dictan sentencias, la recaudación de ingresos mejorará este año, las no-élites se informan por la TV y son escuchadas a través de las encuestas.

No hay pues mayores perturbaciones en la vida de las instituciones ni en la existencia cotidiana de las masas ni en los intercambios de mercado ni en la redes vecinales o comunitarias de la sociedad civil. La no-élite a través de sus múltiples expresiones camina tranquila por las calles, escucha música entre amigos, consume con su tarjeta de crédito, aspira a comprar un auto o a agregar el siguiente, mira con lejanía ciudadana la próxima elección municipal, defiende sus derechos, reclama contra los abusos y el Transantiago, usa su teléfono móvil con frecuencia, enseña matemática en un colegio particular subvencionado y aún no termina por entender de qué se trató la reforma educacional que tal ruido e inquietud produjo el año pasado.

Así es. La vida de la muchedumbre “municipal y espesa”, como la llamó Unamuno, se desenvuelve parsimoniosa entre sus propias regularidades sociológicas: la sorda lucha por sobrevivir y mejorar los ingresos familiares, los largos trayectos entre barrios segmentados, la desprolijidad del funcionario, la precaria atención de salud, las situaciones de mercado donde ahora se libra la diaria lucha de clases, las diferencias de status, certificados educacionales que apenas dan una señal a los empleadores, la fatiga social, la inseguridad. “El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable…”.

En cambio, la turbulencia del clima político, la lenta corrosión del ambiente institucional, la confusión en las cumbres, el interminable lamento respecto de la desconfianza, la crispación de los rostros, la pérdida de calma, la tensión en las comunicaciones, el acoso judicial a través de las pantallas, la presión moral y los juicios lapidarios, todo eso, tiene que ver ante todo y casi exclusivamente con la élite política y la élite mediática e, indirectamente, con las demás élites de la sociedad que hoy parecen terriblemente confundidas.

Lo sorprendente es que nuestras élites -sobre todo políticas, sobre todo gubernamental- se encuentran confundidas por causa de sus propios dichos, hechos y omisiones. En efecto, son ellas las que por una inepta conducción y gestión (poco inteligente, escasamente competente, torpe, falta de destreza o aptitud) de asuntos propios de la administración estatal y del ámbito de los partidos, las campañas y el vínculo entre dinero y poder se han puesto en la desmedrada situación en que hoy se encuentran.

Digámoslo así: las propias élites políticas, con el gobierno a la cabeza, sin que nadie las hubiese empujado, han ido a dar al Antepurgatorio junto a los príncipes que descuidan sus deberes. El Purgatorio, dice el historiador Le Goff, es un “lugar doblemente intermedio: en él no se es tan dichoso como en el Paraíso ni tan desgraciado como en el Infierno y sólo durará hasta el Juicio Final”.

Mientras llega ese momento definitivo, los media han tomado en sus manos la justicia divina acompañados por los fiscales. Diariamente sientan a los príncipes desdichados frente a la pantalla, convertida en una suerte de purgatorio posmoderno. Y allí ellos ejercen su soft power sobre ellos: les arrancan confesiones suavemente, exigen reconocer faltas, denunciar a otros infractores y, sobre todo, humillarse para purificar el alma.

A su turno, las élites -fustigadas y castigadas por sus propias necedades- alimentan la onda de las desconfianzas e incertidumbres con sus declaraciones y silencios, con sus confusiones y ambigüedades. Pero, sobre todo, con las lecturas que realizan y los relatos que fabulan sobre los estados de ánimo de las no-élites.

En efecto, ¿cómo leen los analistas y estrategas de la élite política, en particular gubernativa, el ánimo de los ciudadanos y las voces de la calle? De una anterior lectura centrada sobre los malestares, que orientó durante 10 largos años el imaginario de la élite concertacionista, hemos transitado hacia una lectura centrada en la desconfianza de las masas combinada con la rabia de las redes sociales. Se fabula (inventa, imagina tramas o argumentos) la ira del pueblo. El enojo de los y las hombres y mujeres. Es una sociología de la crisis y, otra vez, del fin de las cosas.

Se atribuye a las no-élites un conjunto de sentimientos borrascosos y unos comportamientos potencialmente peligrosos que, sin embargo, no existen fuera de la fábula. ¡Qué duda cabe! La opinión pública encuestada es crítica del gobierno y la Presidenta; la popularidad del equipo ministerial es baja; las acciones oficiales -incluidas las reformas- gozan de escaso respaldo; los atributos presidenciales se han desvalorizado; los partidos carecen de reputación; las instituciones no gozan de legitimidad y los escándalos, cómo no, han golpeado reputaciones y enturbiado el ánimo colectivo.

Pero la ciudad funciona normalmente -las reglas e interacciones, los roles y las sanciones, los ritos cotidianos y el orden de la convivencia- y el país no ha naufragado ni se halla en crisis. Las instituciones, a pesar de su disminuida dotación actual de legitimidad, producen regularmente límites y aperturas, costos y beneficios, garantías y riesgos, estímulos y desincentivos.

Claro, la coyuntura podría deteriorarse y llegar a un estadio de crisis real. Efectivamente, las cosas pueden empeorar.

Pasaría por ejemplo si el gobierno y la élite política permanecen enmarañados, confundidos, sin capacidad de retomar el timón y conducir. Lo mismo ocurriría si los miembros de nuestra élite política continúan lanzados -ciegos de orgullo y autoconfianza- en una verdadera fuga hacia adelante. Los grupos dirigentes quedarían así definitivamente de espaldas a la gente dedicados a inventar fabulosas “salidas” del actual atolladero, tales como una asamblea constituyente, una lluvia de proyectos reformistas, un plebiscito, renuncias de ministros y parlamentarios, una elección anticipada de parlamentarios o la designación de un primer ministro para conducir la nave mientras la presidenta se convierte en una monarca que no manda.

¡Tanta inventiva mal usada! Tan notable desperdicio de tiempo y talento.

Lo mismo sucede con quienes atribuyen los problemas del gobierno a supuestas fallas de gestión comunicacional. O a desavenencias internas en La Moneda. O al secreto de la familia. O bien con quienes invocan la querella de los antiguos (dirigentes de la Concertación) y los (pos)modernos jóvenes secretarios del gabinete de Bachelet.

Imaginar que las no-élites están a punto de ingresar por la fuerza a la polis como los bárbaros en Atenas es otra fabulación del mismo registro.

Al final no son más que cuentos que reflejan cómo las élites fabulan a las no-élites cuando se sienten acosadas y perturbadas por la historia.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:MARIBEL FORNEROD/AGENCIAUNO

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