Hoy, el PDC llora tanto la ausencia de Patricio Aylwin como el recuerdo de haber sido un partido que ya no sabe cómo ganarse la confianza de las grandes mayorías del país.
Publicado el 22.04.2016
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Las sentidas lágrimas de destacados militantes del PDC con motivo del fallecimiento del ex Presidente Patricio Aylwin reflejan tanto la comprensible tristeza por la esperada partida del notable líder de 97 años de edad como la desesperanza por el lamentable presente y poco auspicioso futuro del partido que Aylwin ayudó a construir y que lideró en su momento de mayor gloria y éxito. Como a veces el dolor es más por los que sobreviven que por los que se van, las lágrimas que hoy abundan en el PDC reflejan la nostalgia por un pasado esplendoroso del PDC que difícilmente volverá a repetirse en el futuro cercano.

Si bien el paso del tiempo hará que los juicios sobre el legado de Aylwin sean menos emocionales, parece imposible imaginar una conclusión distinta a la que hoy domina la evaluación sobre la vida del ex Presidente. Con las luces y sombras propias de la vida de todo líder político, Aylwin dirigió con habilidad y sabiduría los destinos del país en un momento muy difícil. Porque logró entregar un país infinitamente mejor que el que recibió —cuando las amenazas abundaban y las posibilidades de desrielar el rumbo eran altísimas—, la historia pondrá a Aylwin en un lugar destacado en la galería de los grandes presidentes de Chile. Porque estuvo a la altura de las circunstancias cuando más importó, Aylwin redimió, como Presidente, cualquier falla que pudo haber tenido en su desempeño político previo.

Se entiende que el país haya hecho una pausa para despedir al nonagenario líder. El respeto a su persona y la valoración de su legado justifican el funeral de Estado y los múltiples homenajes. Pero dada la avanzada edad de Aylwin, resulta difícil hablar de una muerte sorpresiva. Es más, hace meses que la delicada salud del ex Presidente anticipaba que el final estaba cercano. Si bien las muertes siempre son tristes, hay algunas que se pueden recibir con más calma y resignación. Aylwin vivió una vida plena y tuvo la oportunidad de disfrutar el cariño de su familia y agradecimiento de su país en sus últimos años. Vivió bastante más de lo que muchos esperan vivir y tuvo la oportunidad de despedirse de sus seres queridos en sus últimos meses, cuando su vida se apagaba de a poco. Por todo eso, si bien la tristeza por su partida es inevitable para sus cercanos, no hay motivos para el dolor extremo que rodea las muertes de los que se van prematuramente.

Resulta sorpresivo ver en muchos dirigentes del PDC señales de tristeza y gestos que dan a entender una pérdida mucho más dolorosa y sorpresiva que la que representa la partida del ex Presidente. Nadie podría decir que la muerte de Aylwin fue inesperada o súbita. Cuando alguien muere en las condiciones que murió Aylwin —a una avanzada edad, rodeado de su familia, sin una enfermedad dolorosa que lo fuera carcomiendo y admirado por una amplia mayoría del país—, hay más razones para celebrar su fructífera vida que para llorar su inevitable y calmada muerte.

Por eso, tal vez las lágrimas de los líderes DC reflejan una tristeza aún más profunda y un dolor que va más allá de la muerte de Aylwin. Al acompañar los restos del que fuera el Presidente más exitoso y transformador que tuvo el PDC, los camaradas DC sienten el dolor de saber que la grandeza que alguna vez tuvo el partido también ha desaparecido. Después de haber sido la entidad política más poderosa en el país, el PDC se ha convertido en un partido cansado, viejo y de ideas agotadas. Su discurso de moderación y economía social de mercado son tan dominantes en el Chile de hoy que el PDC no se diferencia de otros partidos. Su mensaje y sus ideas ya no convocan como antes. En una época en que los liderazgos personales son claves para personificar las ideas, la falta de líderes carismáticos en la DC le hace difícil al partido imaginar un retorno a La Moneda.

Las señales de profundo dolor en el PDC parecen lamentar una pérdida más profunda que la partida de un admirado ex Presidente que nos deja a sus 97 años de edad. Las lágrimas del PDC probablemente también se deben a que con Patricio Aylwin se disipa el recuerdo de una época en que el partido lideraba el país, tenía una hoja de ruta atractiva y contaba con líderes capaces de generar amplio respaldo popular. Hoy, cuando el PDC se debate entre tratar de resucitar una Concertación ya enterrada o aceptar ser socio minoritario en una Nueva Mayoría más izquierdista y refundacional, la partida de Aylwin genera una comprensible nostalgia por un pasado glorioso que parece irrecuperable. La tristeza del PDC no es solo por la pérdida de uno de sus grandes líderes, también es producto de la confusión de no saber cómo generar el entusiasmo, admiración y liderazgo popular que hoy solo parecen reservados para aquellos camaradas que son llevados a su última morada. Hoy, el PDC llora tanto la ausencia de Patricio Aylwin como el recuerdo de haber sido un partido que ya no sabe cómo ganarse la confianza de las grandes mayorías del país.

 

Patricio Navia, Foro Líbero y académico Escuela de Ciencia Política UDP.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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