Una vez más la Presidenta hizo uso de un recurso que más que excusarla de sus errores, la deja en una situación de vulnerabilidad mayor.
Publicado el 25.02.2016
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Ya nos había sorprendido en abril de 2007, cuando tras el amplio rechazo que provocó en la ciudadanía la desastrosa puesta en marcha del Transantiago –implementado en febrero de ese mismo año-, la Presidenta Bachelet manifestó a la prensa que “un instinto mío me decía suspendamos”.

Uno de los aspectos más llamativos de esa frase fue que dejó en evidencia las deficiencias de la mandataria socialista al ejercer su rol de gobernante, especialmente tratándose de una medida que tuvo una incidencia nefasta en la calidad de vida de millones de santiaguinos que utilizan el transporte público. Porque lo que ella consideraba una “intuición”, no era otra cosa que el sentido común, que indicaba que por la forma en que se había diseñado esa política pública durante la administración de Ricardo Lagos, era aconsejable postergar su inicio hasta hacer los ajustes necesarios para que el sistema operara de forma eficiente.

No sabemos qué razones la llevaron finalmente a adoptar una definición distinta a la que dictaba su intuición, pero cualquiera haya sido, es cuestionable que habiéndose formado un juicio negativo al respecto, haya actuado contrario sensu, con los ingentes perjuicios que todos conocemos. Peor aún, el reproche a la Presidenta en ese episodio es doble, porque detrás de aquella desafortunada frase no existió una genuina intención de ofrecer disculpas a los afectados, sino que fue un burdo intento por desligar su responsabilidad en la fallida implementación del Transantiago.

Cuando la lógica indicaba que la Mandataria había aprendido la lección de ese desafortunado capítulo, en diciembre del 2014 nos vuelve a descolocar. En aquel entonces arreciaban las críticas a la improvisación de la reforma escolar que empujaba su segunda administración, y que tenía como punta de lanza terminar con la educación particular subvencionada. Frente al creciente descontento ciudadano, la Presidenta Bachelet expresó que “mi primer sentido fue partamos por la educación pública”. Casi como un libreto repetido de hace siete años, la Mandataria volvía a decirnos a los chilenos que su gobierno había cometido una enorme equivocación, pero que ella en realidad habría actuado distinto.

De cualquier forma, incluso si en ambos casos la Presidente Bachelet hubiese seguido su intuición, un jefe de Estado no puede adoptar decisiones sobre la base de sensaciones. Son de tal alcance las definiciones que le corresponde tomar a la máxima autoridad del país, que sus determinaciones deben tener un profundo sentido político, y fundarse en criterios técnicos y racionales. Además, estos episodios muestran la incapacidad de la Presidenta Bachelet para sortear las presiones propias del ejercicio del poder y resolver en conciencia los asuntos de Estado. En cambio, a menudo parece dejarse llevar por lo que dicta la calle o los grupos de presión.

Como corolario, en una reciente entrevista concedida a un medio extranjero, la Mandataria afirmó que “tuve la sensación que me decía, deberías quedarte en la ONU”, en relación al cargo que ostentaba en ONU Mujer previo a su segundo arribo a La Moneda. Una vez más la Presidenta hizo uso de un recurso que más que excusarla de sus errores, la deja en una situación de vulnerabilidad mayor. Sobre todo, porque ha sido una jefa de Estado tan ausente en su segundo mandato, que en la práctica pareciera que efectivamente nunca regresó de Nueva York.

Esta última frase desnuda lo tortuoso que deben haber sido para la Presidenta Bachelet estos casi dos años de su segundo mandato, con el agravante de que aún restan dos más por delante. Y la “intuición” indica que la gestión gubernamental será igualmente desastrosa que esta primera etapa.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO.