Los jóvenes de hoy pueden mirar con mayor libertad y compasión las heridas de Chile. Y su actitud puede contribuir a restañarlas, como el buen samaritano que se acerca para curar al caído, reconociendo derechos pendientes, historias aún por contar, nombres y caras a las que revivir.
Publicado el 06.11.2014
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Por casualidad, tuve que leer una reciente sentencia sobre asesinatos, torturas y desapariciones forzosas ocurridas en el sur de Chile hace 40 años, muy luego del golpe militar. El recuento de los hechos es escalofriante. Los crímenes son brutales y masivos. Las víctimas: prácticamente anónimas, los victimarios: jóvenes oficiales y suboficiales, cuando no civiles. Todos ellos envueltos en una vorágine de violencia y sangre derramada.

Este hecho coincidió con la plantación de un pequeño olivar y colocación de una piedra de recuerdo en la Embajada de Italia -donde se refugiaron cientos de personas- en el lugar donde fue arrojado el cuerpo inerte de Lumy Videla. Piero De Masi, a la sazón encargado de negocios, acaba de presentar un libro -“Santiago”- donde relata esos hechos. Lo comentaron la ministra de Cultura, Claudia Barattini, y mi hija María José, que eran muy niñas cuando el drama se desató y compartieron el exilio en Italia.

Y lo que pasó entre nosotros ocurrió también en varios países de América Latina. Los mismos métodos, la misma barbarie, los mismos resultados. Las lágrimas se enjugan, pero las heridas permanecen en el alma. Paso a paso, desde el Informe Rettig, se ha ido abriendo camino la verdad, cada vez más pormenorizada, con nombre y apellido. Y también la justicia.

La memoria es tan profunda como graves fueron los atropellos a los derechos humanos.

Hoy son los integrantes de otra generación los que se interrogan sobre el pasado e intentan, en circunstancias históricas muy distintas, desentrañar el significado de lo ocurrido. No se han quedado anclados en el sufrimiento que intuyeron en la infancia, pero entienden que su libertad para crear un futuro mejor -y la de Chile como comunidad- no parte por borrar el pasado. No indagan con un espíritu de revancha. Saben que habrá por siempre distintas versiones sobre las causas de lo ocurrido, pero quisieran ver en todos un compromiso fuerte por los valores de la vida y la dignidad humana, sin fronteras políticas ni ideológicas. Los crímenes de un lado no justifican los del otro. La Guerra Fría terminó. El muro de Berlín se derrumbó.

Mi hija se preguntaba en la presentación de libro de De Masi: “¿Para qué leer una y otra vez lo que ya sabemos? ¿Para qué escribir de nuevo otra historia sobre la dictadura? La primera respuesta la da Walter Benjamin.

En una de sus tesis sobre “Filosofía de la historia”, comenta el cuadro de Paul Klee, Angelus Novus. El ángel, con los ojos y la boca muy abiertos, tiene la cara girada hacia atrás, es decir, en dirección al pasado. Benjamin nos dice que ahí donde nosotros vemos historia, el ángel ve destrucción. El ángel desearía despertar a los muertos, a las víctimas, y recomponer lo destruido, pero un “huracán” le empuja “hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso… el progreso mira al pasado con horror, para huir de él; el ángel de la historia se horroriza del costo de la historia y quiere hacerse cargo de él…”. El deber de la memoria es, como ha escrito Marc Augé, el deber de los descendientes, y tiene dos aspectos: el recuerdo y también la vigilancia.

Claudia Barattini citó la importancia de la memoria en la obra de Jorge Semprun, quien luego de la Guerra Civil española fue prisionero en el campo de Buchenwald y terminó siendo expulsado del PC junto con Fernando Claudín. El suyo fue un alegato apasionado por los derechos humanos y las libertades.

Los jóvenes de hoy pueden mirar con mayor libertad y compasión las heridas de Chile. Y su actitud puede contribuir a restañarlas, como el buen samaritano que se acerca para curar al caído, reconociendo derechos pendientes, historias aún por contar, nombres y caras a las que revivir.

 

José Antonio Viera-Gallo, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO