El desarrollo tecnológico de los drones ha sido mucho más rápido que la definición de las nuevas “reglas de combate” para el uso de estos dispositivos. Y la pregunta sobre dónde están los límites siguen siendo difusos e incluso contradictorios.
Publicado el 09.04.2016
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El estreno de la película “Enemigo invisible”, protagonizada por Helen Mirren y el fallecido Alan Rickman, aborda uno de los grandes temas de seguridad, estrategia y ética de los últimos años: el uso militar de aviones no tripulados o drones.

En la cinta, Mirren interpreta a la oficial Katherine Powell, quien está a cargo de una operación de búsqueda y captura de una terrorista británica que lleva tiempo siguiendo, y que ha viajado hasta Nairobi (Kenia) para reunirse con el grupo Al Shabab. Para ello, han desplegado todo tipo de dispositivos electrónicos que les permitan no perder de vista a su presa. Sin embargo, las cosas cambian cuando Powell y su equipo descubren que en la misma casa en que se desarrolla la reunión, se está organizando un equipo de atacantes suicidas con chalecos explosivos.

De esta forma, la misión de búsqueda pasa a convertirse en un operativo de ataque. Aquí entra el piloto estadounidense Steve Watts (Aaron Paul), quien opera drones desde instalaciones militares en Las Vegas. Porque un proyectil disparado a tiempo contra la casa, podría evitar que se concrete un devastador ataque terrorista. Pero el escenario nuevamente cambia cuando una niña se instala a vender pan justo frente a la casa donde se encuentran los terroristas.

Watts tiene dudas sobre los alcances de disparar los proyectiles contra la casa. No habrá una segunda oportunidad de tener a todos los terroristas juntos, pero al mismo tiempo, la niña podría morir en el ataque. ¿Es eso aceptable, poniendo en el otro platillo de la balanza el beneficio de acabar con una célula terrorista y salvar decenas de vidas? ¿Cuán aceptables son los llamados “daños colaterales”?

De esta forma, “Enemigo invisible” se hace cargo de un tema más que polémico. Drones como el Predator y el Global Hawk nacieron para cumplir funciones de vigilancia y apoyo a operaciones militares o de inteligencia. Sin embargo, a partir de 2002, el Predator -por ejemplo- comenzó a ser equipado con proyectiles bajo sus alas. E incluso se desarrolló una versión posterior con mayores prestaciones de ataque, conocido como Reaper.

Países como Afganistán, Irak, Yemen, Somalia o Pakistán; han sido blancos frecuentes de ataques con drones, por parte de Estados Unidos, en contra de terroristas o grupos guerrilleros. De hecho, estos aviones no tripulados son el arma predilecta de la administración Obama. Después de todo, evita el riesgo de que un piloto muera o sea capturado, y permite obtener todo tipo de información en tiempo real, sin importar la distancia que separe al dron de su piloto. Aunque en muchos casos, el costo de este tipo de operaciones son precisamente los “daños colaterales”, como civiles heridos o muertos. Además, su uso en operaciones “quirúrgicas” muchas veces vulnera de manera categórica la soberanía de los países.

No son pocos los que aseguran que el uso de drones en operaciones militares ha trivializado la guerra y que la ha reducido a un simple videojuego. Sin embargo, nada parece indicar que vaya a haber un cambio.

Hace mucho que países como EE.UU. o Israel dejaron de tener el monopolio de este tipo de tecnología. China, Rusia, Gran Bretaña y Francia -entre otros- han desarrollado exitosamente sus propios vehículos no tripulados. Y países de América Latina o del Golfo Pérsico han comenzado a comprarlos con gran entusiasmo.

Su desarrollo es un proceso sin vuelta atrás. No sólo se busca que los futuros drones sean más veloces, que alcancen mayores alturas o que puedan transportar un mayor peso en equipo electrónico. Dentro de los objetivos también está el que cuenten con invisibilidad al radar (tecnología stealth), que puedan despegar de portaaviones (como el prototipo X-47B, de la Marina de EE.UU.), que tengan mayores niveles de autonomía o que incluso sean capaces de interactuar en vuelo con pilotos a bordo de aviones de combate.

En otras palabras, el desarrollo tecnológico de los drones ha sido mucho más rápido que la definición de las nuevas “reglas de combate” para el uso de estos dispositivos. Y la pregunta sobre dónde están los límites siguen siendo difusos e incluso contradictorios, como lo demuestran los protagonistas de “Enemigo invisible”.

 

Alberto Rojas M., director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Facultad de Comunicaciones y Humanidades, Universidad Finis Terrae.