Existe un hecho fundamental sobre el que cabría poner mayor atención: la disputa que, al interior de la derecha, se dará entre las distintas fuerzas del sector para diferenciarse ideológicamente entre sí y para, en definitiva, poner a uno de sus representantes en la pole position presidencial de 2021. ¿Cuáles son estas fuerzas, al menos vistas de manera sinóptica?
Publicado el 07.02.2018
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La derecha en Chile llegará al poder desarrollando una estrategia ofensiva, basada en la promoción de la libertad individual (al menos, en materia económica) por encima del igualitarismo estatista y antimercado que caracterizó a los cuatro años del gobierno de la Nueva Mayoría. El gabinete designado el mes pasado da cuenta de este aserto.

Aunque Sebastián Piñera y sus voceros han expresado que su gobierno desarrollará un “sello social”, a través del fortalecimiento del ministerio encabezado por Alfredo Moreno, afortunadamente nada indica que profundizará (más allá de alguna que otra promesa de campaña, con tintes electorales) el relato ideológico que, desde 2011 a la fecha, la izquierda ha buscado instalar en Chile, a saber: que el mercado no sería una fuente de virtud ni tampoco de progreso y, menos todavía, de justicia, y que sería necesario, en consecuencia, implementar políticas igualitaristas aun a costa de la iniciativa, la libertad y la diversidad de proyectos de vida en materia social. Por el contrario, todo indica que Piñera desarrollará su política social al modo en que su sector siempre ha entendido que debe hacerse: focalizándose en los más débiles y desaventajados, en consonancia con los principios de un Estado subsidiario.

Lo anterior, y aunque no se contará con mayoría absoluta en el Congreso, parece ser una muy buena movida de piezas. Primero, porque se privilegia la unidad en la diversidad en el sector. Y segundo, porque se acoge la idea de que es necesario enfrentar el igualitarismo de la izquierda desde ideas liberales, al menos en el plano económico-social. Así, el gobierno de Piñera podrá consagrar un modus vivendi que le permita, por un lado, gobernar eficientemente, y, por otro, hacerle frente al discurso refundacional de la izquierda, especialmente simbolizada por el Frente Amplio. Los intentos de negociación, la derecha los buscará con los sectores moderados de la Nueva Mayoría y que resienten la hegemonía cultural del Frente Amplio en la izquierda.

Nada de lo dicho, sin embargo, excluye un hecho fundamental sobre el que cabría poner mayor atención: la disputa que, al interior de la derecha, se dará entre las distintas fuerzas del sector para diferenciarse ideológicamente entre sí y para, en definitiva, poner a uno de sus representantes en la pole position presidencial de 2021. ¿Cuáles son estas fuerzas, al menos vistas de manera sinóptica?

En el extremo derecho se sitúa una derecha autoritaria (con tintes militaristas y nacionalistas), liberal en lo que respecta a la política económica (aunque de modo dogmático y simplista) y muy conservadora en lo valórico (sus adherentes consideran la diversidad sexual como una expresión de neomarxismo). Esta derecha, o primera fuerza política del sector, ha erigido a José Antonio Kast (JAK) como su “máximo líder” (sus seguidores, le dicen Emperador) y, aunque todavía no tiene un partido, ha anunciado la creación de un movimiento que sea capaz de aunar las variopintas sensibilidades que lo apoyan. Es todavía una derecha personalista, aunque muy similar a la llamada Alt-Right (o derecha alternativa), que apoyó a Donald Trump en su camino a la Casa Blanca en los Estados Unidos.

Hay una segunda fuerza que, aunque cuenta con un partido (la UDI) y con ideas conservadoras en lo valórico y liberales en lo económico, carece de un liderazgo concreto y, sobre todo, se encuentra vacía de contenido, ya que sus ideas han sido cooptadas por JAK, uno de sus ex militantes. Esta derecha se encuentra en suspenso, porque parece ser que en ella se aplica con fuerza el adagio “renovarse o morir”. El caso es que, como bien lo ha hecho ver Jaime Bellolio —al criticar la conducción de Jacqueline van Rysselberghe—, la UDI ha perdido identidad porque le ha cedido terreno a otras fuerzas, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda. La mayor densidad intelectual de esta derecha se encuentra en torno a la Fundación Jaime Guzmán (FJG), que, por ejemplo, ha defendido la idea de una subsidiariedad basada en la primacía de la persona humana frente al Estado.

Así como el lado conservador de la UDI ha sido cooptado por JAK, el popular (el de las poblaciones, impulsado por Jaime Guzmán y Pablo Longueira) hace rato que ha sido tomado por Manuel José Ossandón. Y aunque se trata de un díscolo (renunció a su partido para participar en las primarias presidenciales del año pasado), tiene a RN como su principal estructura partidaria. Ideológicamente, representa algo tan difuso como una “derecha social” que, de manera más compleja, podría situarse en la tradición socialcristiana. ¿Cuál es el problema? Primero, está liderada por alguien con muy pocas competencias para ejercer cualquier cargo que sea distinto de una alcaldía. Segundo, los socialcristianos más organizados y con mayor base intelectual no están tan seguros de ver en él al líder que necesitan (Pablo Ortúzar lo ha calificado de bruto y ha reducido sus capacidades políticas a las de un “patrón de fundo”). Y tercero, aunque RN es su plataforma, tampoco concita el apoyo unánime de sus militantes y dirigentes: muchos de ellos apoyaron a Piñera en las primarias de 2017.

Por último, y como cuarta fuerza, se encuentra Evolución Política (Evópoli), que parece ser la más coherente en ideas, soporte partidario y liderazgo concreto. Evópoli tiene un discurso que se mueve, flexiblemente, entre un liberalismo clásico (pro libertad económica y a favor de un Estado subsidiario) y un liberalismo igualitario (que resalta mucho más una igualdad de oportunidades en la partida como base de una libertad material). Y aunque su discurso todavía necesite elaboración (no cierra el círculo entre “los niños primero en la fila” y la defensa de la diversidad sexual), cuenta con un tercer elemento que, desde un punto de vista político, le da coherencia: el liderazgo creciente de Felipe Kast que, a pesar de haber resultado tercero en las primarias de 2017, triunfó con primera mayoría en La Araucanía y sacó adelante una bancada parlamentaria de seis diputados y dos senadores. Evópoli, además, es el primer partido de centroderecha formado después de la transición y que vino, así, a disputarle la cancha del sector a la UDI y RN. Siendo liberal tanto en lo económico como en lo valórico, su desafío es fundamentar de mejor manera (armonizando libertad individual y acción del Estado) lo que denominan “sueño de justicia”.

Siendo éste un mapa meramente descriptivo, permite al menos situar la disputa intra-coalicional que la derecha vivirá en los próximos cuatro años. No hay que olvidar que el piñerismo se constituye también, por sí mismo, en una fuerza política a considerar. Pero, aunque Piñera eligiese a un delfín para sucederlo, éste igualmente podría estar ya vinculado (en mayor o menor medida) a alguna de las cuatro fuerzas internas de la derecha o, en su defecto, ser cooptado por una de ellas.

Lo interesante es que la continuidad del gobierno de Piñera no sólo dependerá de su misma gestión (y del relato que logre instaurar), sino también de cómo las fuerzas internas de la derecha logren mover sus piezas. Se trata de una serie que recién comienza, pero que ya promete ser entretenida, compleja y digna de ser observada de aquí hacia el futuro.

 

Valentina Verbal, historiadora, consejera de Horizontal

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO