La elección del próximo 17 de junio será relevante no sólo para el futuro de Colombia, sino que para toda América Latina, que vive una época de cambios importantes y críticas generalizadas a la política, aunque felizmente con formas razonables de resolver los conflictos políticos, precisamente a través de las elecciones.
Publicado el 02.06.2018
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Este domingo 27 de mayo se desarrollaron las elecciones presidenciales en Colombia, con resultados que hacen necesaria una segunda vuelta, que se realizará el próximo 17 de junio. Estamos frente a un país de cerca de 50 millones de habitantes y que se acaba de incorporar a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en una ceremonia realizada en París. En esa ocasión el Presidente Juan Manuel Santos señaló: “Me siento satisfecho de entregarle a mi sucesor un país: sin conflicto armado con las FARC; con menos pobreza, con más igualdad y empleo; con más y mejor educación; con un sistema de salud de cobertura universal; comprometido con proteger nuestra biodiversidad”.

El tema es bastante más complejo, y el gobernante se retira en una situación que resulta difícil de explicar. Fue un presidente que obtuvo el Premio Nobel de la Paz el 2016 por las negociaciones que procuraban cerrar el conflicto armado que durante medio siglo había afectado al país, dejando miles de muertos y heridos, costos económicos y un drama social de dimensiones. Sin embargo, sus acuerdos con las FARC, sometidos a plebiscito el 2016, dieron un estrecho triunfo a la opción No, lo que fue sorpresivo y un verdadero golpe político a una administración que se ufanaba de su proyecto. Como es obvio, los colombianos no rechazaron la paz –lo que sería ridículo– sino unos acuerdos históricamente muy complejos, además de políticamente impresentables en algunos términos, por la negociación con el terrorismo y la mediación del dictador cubano Raúl Castro. Todo eso se suma a que resultaban económicamente gravosos, en el marco de una administración deteriorada y con respaldo político decreciente. La popularidad del presidente Santos apenas alcazaba un 14% en abril de este 2018, mientras el rechazo se eleva al 81%, según la encuesta Yanhass.

Sin duda estos factores tuvieron efecto en la elección del domingo pasado, cuando los candidatos que habían trabajado junto a Santos y aparecían como una eventual continuidad, como eran Germán Vargas Lleras y Humberto de la Calle, obtuvieron apenas un 7,28% y un 2,06% de los votos respectivamente. Los vencedores de la jornada fueron Iván Duque –del Partido Centro Democrático y la Gran Alianza por Colombia– quien logró el 39,14% en la primera vuelta, y Gustavo Petro, quien llegó al 25,08% de los votos, representando a Colombia Humana: ambos se enfrentarán en la segunda vuelta del 17 de junio próximo. El primero obtuvo más de 7 millones 500 mil votos, mientras el segundo obtuvo casi 5 millones. Llamó la atención el excelente resultado obtenido por Sergio Fajardo -de Coalición Colombia-, que hasta hace un mes no aparecía con perspectivas razonables de éxito, pero que obtuvo un excelente 23,73% de la votación. ¿Qué sucederá en la definición de junio? Es lo que se preguntan, entre esperanzas y temores, millones de colombianos, si bien los comicios son seguidos con interés en otros lugares del continente.

Tanto Duque como Petro son distantes a la administración de Juan Manuel Santos. Duque ha sido senador, con estudios en Estados Unidos y trabajo en el mundo privado; Petro es ex alcalde de Bogotá y también ex guerrillero del M-19.

Colombia es un país grande, con una historia marcada por contradicciones que han causado un inmenso dolor a la sociedad. Es interesante como se han ido produciendo los alineamientos y apoyos para esta segunda etapa electoral. El Polo Democrático confirmó su respaldo a Petro para el 17 de junio, mientras los tradicionales partidos Liberal y Conservador han manifestado su adhesión a Iván Duque. Existen lo que se han denominado “diferencias irreconciliables” entre Duque y Petro en temas como los acuerdos de paz, la economía y la seguridad (BBC Mundo, 28 de mayo de 2018). Adicionalmente, representan mundos e historias distintas: Duque ha sido senador, con estudios en Estados Unidos y trabajo en el mundo privado; Petro es ex alcalde de Bogotá y también ex guerrillero del M-19, de sangriento recuerdo. Ambos son distantes a la administración de Santos, aunque por motivos distintos.

Duque suele ser presentado como “uribista”, por su cercanía al ex presidente Alvaro Uribe, sin duda el político más popular de Colombia, aunque también genera mucho rechazo. Duque está orgulloso de quien puede considerarse su mentor y le agradeció públicamente en su discurso el pasado domingo tras saberse el resultado electoral. Petro, por su parte, procura representar a los excluidos y ha capitalizado parte del descontento ciudadano hacia la política histórica de Colombia. En la práctica son dos opciones que han polarizado la segunda vuelta, si bien ambos candidatos han hecho guiños y acercamientos a otros sectores y a los ex candidatos presidenciales derrotados.

Las principales alternativas en la región suelen ser alguna de las variantes del Socialismo del Siglo XXI que enfrentan a figuras de la centroderecha regional.

La elección presidencial de Colombia tiene una evidente connotación internacional, específicamente en el ámbito latinoamericano. Como suele ocurrir en los últimos años, las principales alternativas en la región suelen ser alguna de las variantes del Socialismo del Siglo XXI, con antiguos partidarios de Hugo Chávez y la alianza bolivariana, que enfrentan a figuras de la centroderecha regional, que han ido armando un polo de ideas y gobiernos. Entre estos destacan el argentino Mauricio Macri y el chileno Sebatián Piñera, precisamente en la línea que representa Duque. Aunque en los últimos años esta opción aparece vencedora, está pendiente todavía la situación de Brasil, el gran gigante del continente, así como será relevante la próxima elección en México, que podría mostrar un cambio de dirección hacia la izquierda.

En cualquier caso, resulta interesante la importancia que ha tomado el factor Venezuela en la vida cotidiana y en la política colombiana. En lo primero, porque son numerosos los venezolanos que se han traslado a la vecina Colombia, arrancando de la miseria y la dictadura de Nicolás Maduro. En lo segundo, por las insistencias de campaña y de algunos medios de comunicación por vincular el futuro de Colombia a la dramática situación de Venezuela, hacia donde se dirigiría el país en caso de triunfar Petro. Como suele ocurrir, todo esto forma parte de la dinámica de las campañas políticas, pero el temor de un sector de la población es real y no se puede minusvalorar a la hora de los análisis, como ciertamente será influyente el día de las votaciones.

Sin duda, la elección del próximo 17 de junio será relevante no sólo para el futuro de Colombia, sino que para toda América Latina, que vive una época de cambios importantes y  críticas generalizadas a la política, aunque felizmente con formas razonables de resolver los conflictos políticos, precisamente a través de las elecciones.

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España).