Sebastián Piñera enfrenta un incómodo problema: debe articular un mensaje lo suficientemente flexible como para poder afinarlo cuando sepa quién será su contendor. Mientras no se defina si su principal rival será Lagos, Guillier, Goic o algún otro candidato que se alce en la larga lista de presidenciables de centroizquierda, Piñera solo puede hacer campaña contra el legado del Gobierno de Michelle Bachelet.
Publicado el 28.03.2017
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Ahora que ya está oficialmente en carrera y se perfila como favorito para ser el candidato presidencial de Chile Vamos, el ex Presidente Sebastián Piñera enfrenta un incómodo problema: debe articular un mensaje lo suficientemente flexible como para poder afinarlo cuando sepa quién será su contendor. Mientras no se defina si su principal rival será el ex Presidente Ricardo Lagos, el senador Alejandro Guillier, la senadora Carolina Goic o a algún otro candidato que se alce en la larga lista de presidenciables de centroizquierda, Piñera solo puede hacer campaña contra el legado del Gobierno de Michelle Bachelet.

Como ya había declarado que en marzo de 2017 anunciaría su decisión sobre una posible candidatura presidencial, la semana pasada Piñera oficializó su tercera carrera por La Moneda. Pero igual como ocurrió cuando Lagos hizo lo propio o cuando Guillier y Goic se lanzaron a la piscina, la proclamación de Piñera ocurrió cuando la opinión pública todavía no está prestando mucha atención a la campaña. Como músicos que quieren empezar el recital antes de que llegue el público, los candidatos que se han lanzado a la piscina solo han atraído la atención de sus partidarios, que han celebrado los anuncios, y de sus rivales, que no se han frenado para salir a probar sus líneas de ataque y municiones.

Además, el lanzamiento de campaña de Piñera se produce justo cuando la cancha está llena de presidenciables inviables que aspiran a poder tener sus nombres en el voto. Mientras él tiene el camino prácticamente asegurado para la nominación de su coalición —las primarias del 2 de julio debieran ser un trámite, si es que se realizan—, los otros aspirantes están peleándose por la nominación presidencial de sus movimientos, partidos o coaliciones, o por conseguir las firmas para oficializar sus candidaturas.  Al entrar a la misma cancha, Piñera corre el riesgo de enredarse en disputas menores o entrar a debatir con aspirantes que jamás llegarán a ser candidatos.

Como el principal rival de Piñera será el abanderado de la Nueva Mayoría, en la medida que en esa coalición todavía reine la incertidumbre sobre quién será el candidato y cuál será el procedimiento para seleccionarlo, Piñera ha optado por competir, por el momento, contra la Presidenta Bachelet y su legado.

Si el abanderado de la Nueva Mayoría toma las mismas banderas que ha defendido Bachelet, será fácil para Piñera profundizar ese mensaje. Pero si el candidato de la centroizquierda marca también distancia de Bachelet y de sus reformas, Piñera deberá corregir también su mensaje. Después de todo, ella no será candidata en noviembre de 2017; criticar sus reformas rendirá pocos réditos electorales si no hay nadie defendiéndolas. Es más, si aparece criticando a la Presidenta, Piñera dará la impresión de estar enfocado en el pasado más que en propuestas de futuro. Hablar del pasado es algo que él, en su condición de ex Presidente, debe intentar evitar.

Además, si Piñera debe corregir su mensaje para ajustarlo al rayado de cancha que intente su verdadero rival, las declaraciones y promesas que haga entre ahora y el momento en que se aclare quién será su rival terminarán convirtiéndose en un potencial pasivo para el candidato de derecha. Aunque era inevitable declarar su candidatura, pues así lo había prometido, la forma en que evolucionaron los eventos parecería indicar que era mejor esperar todavía un poco antes de lanzarse formalmente a la piscina.

Aunque Piñera tiene más experiencia que ningún otro político contemporáneo en elecciones presidenciales —ha sido candidato en tres de las siete contiendas desde 1989, y en 1993 y 1999 también estuvo cerca de serlo—, la rapidez con la que cambian las dinámicas electorales en el mundo limita el uso que le puedan dar los candidatos a la experiencia previa. Las redes sociales hoy son mucho más importantes e influyentes que en 2009, cuando Piñera fue candidato por última vez.  La sociedad es más vociferante y demandante. Ya no hay temas tabús para los debates políticos y la falta de transparencia es severamente castigada por la opinión pública. Si en 2009 Piñera ya debió responder algunos cuestionamientos por sus actividades empresariales, en esta nueva aventura electoral esos cuestionamientos aumentarán. De hecho, ya ha tenido que empezar su carrera presidencial explicando cuánto costó el acto de lanzamiento de campaña.

Las elecciones recientes en el mundo han mostrado muchos cambios en las últimas semanas. La intensidad hacia el fin de campaña aumenta y los recursos rinden más cuando se gastan en las semanas previas a la campaña y no varios meses antes. Por eso, aunque no tenía otra opción —ya que se había comprometido a anunciar su candidatura en marzo—, hubiera sido más conveniente para Piñera esperar un tiempo más para lanzarse a la piscina, al menos hasta tener más claro quién será su principal rival.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

 

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