Los primeros meses de gestión dan cuenta de una clara desprolijidad y desajuste en comunicación.
Publicado el 19.10.2014
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Uno de los principios que rigen toda buena comunicación (y a la larga todo liderazgo exitoso) es el presentar una coherencia entre lo que se dice (el mensaje, propósito enunciado) y lo que se hace o logramos que otros hagan. De lo contrario, se tienden a producir ruidos, equívocos y pérdida de credibilidad. En el caso del Gobierno, los primeros meses de gestión dan cuenta de una clara desprolijidad y desajuste en esta materia. Mientras la Presidenta partía su administración galopando sobre el caballito de la inclusión, el diálogo y la participación, sus escuderos en Interior, Hacienda y Educación llamaban a no mover una coma del sacrosanto programa surgido de un “mandato popular”.

Luego, y al tiempo que Bachelet redefinía el concepto de inclusión bajo una unidad de propósito con Juan Andrés Fontaine y la cúpula empresarial (extendiendo toda clase de pleitesías, incluido viaje a Nueva York todo pagado con erario público), el líder de la CPC no tardaba en culpar a ciertos personeros de su coalición (y en definitiva a la Presidenta), por una caída en las expectativas económicas y clima político adverso al “emprendimiento”.

Mientras Arenas y Céspedes hablaban en la bolsa de Londres en clave de estabilidad, los inversionistas y medios financieros ingleses lo hacían en clave de una “nueva mediocridad”. Si retrocedemos un poco, mientras la ministra de Salud señalaba que no habría un cambio estructural al modelo de isapres actual, la directora de Fonasa, Janette Vega, apoyaba públicamente un seguro público que elimine a las aseguradoras.

Mientras Eyzaguirre hablaba de una gratuidad en educación superior “eficiente” (sólo los primeros cuatro años de estudios), la Presidenta Bachelet aclaraba que sería para toda la carrera. Mientras el coordinador de la reforma educativa, Andrés Palma, decía que más del 70% de los recursos de la reforma tributaria irían a educación inicial o escolar, Eyzaguirre dejaba entrever que esos porcentajes aún no estaban claros o definidos.

Mientras Bachelet defendía una reforma a la Constitución (a nivel de slogan) y la creación de una AFP Estatal, el Contralor General de la República ridiculizaba y ponía en duda estas transformaciones. Mientras Peñailillo y Aleuy debutaban distanciándose de gobiernos anteriores (incluido el de la primera Bachelet) y satanizaban la aplicación de la ley antiterrorista en la Araucanía, hoy han debido allanarse a su eventual aplicación (o de la nueva ley resultante).

Mientras tanto, Elizalde señala que liderazgo de Bachelet sigue intacto, pero la realidad dice lo contrario. Desde que empezó su segundo período, la desaprobación de la Presidenta aumentó en 16% y la valoración de su autoridad, liderazgo y gestión en educación, salud y economía ha ido persistentemente a la baja. Y mientras ella continúa comunicando un liderazgo “inclusivo” dubitativo, los chilenos ya no dudan del carácter poco claro de su inclusividad. Más aún, comienzan a entender que incluso los héroes más afables y carismáticos de la antigua concertación están agotados, y se acercan a liderazgos más pragmáticos, desprejuiciados, directos y resolutivos como el de Marco Enríquez-Ominami o Lagos Weber.

 

Juan Cristóbal Portales, Profesor e Investigador Escuela de Periodismo Universidad Mayor.

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO