Junto con renovar juiciosamente sus elencos, convendría que todos los partidos renunciaran a la perniciosa costumbre de priorizar postulantes con “imagen” y “discurso” electoralmente rentables en lo inmediato, en desmedro de los principios que son su razón de ser.
Publicado el 07.02.2016
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Es una noción poco grata, pero la evidencia histórica indica que el recambio generacional, pese a ser una mala noticia para algunos individuos, es a la larga beneficioso para el conjunto de la sociedad. Desde la perspectiva institucional, “darle tiraje a la chimenea” —en las empresas, los partidos políticos, el Estado, las organizaciones privadas, etc.— no es principalmente un acto de justicia con los jóvenes, sino un factor crítico para el cambio social y el progreso.

Es pertinente traerlo a colación ante escenarios políticos como el eventual retorno de Ricardo Lagos y Sebastián Piñera a las lides presidenciales en 2017. Esto no significa que Lagos (77) o Piñera (66) sean piezas de museo ni mucho menos, una crítica que sería especialmente injusta en este caso, pues ambos han dado abundantes pruebas de modernidad en distintas facetas de su trayectoria pública y privada. Tampoco significa que merezcan estar en la categoría de Obstáculos al Cambio Social sólo porque hace rato peinan canas.

Pero sí deberíamos reflexionar sobre por qué los dos ex Presidentes son potenciales aspirantes a La Moneda, lo cual tiene poco que ver con la vigencia de su liderazgo en los tiempos que corren y mucho que ver con la falta de figuras alternativas. Quienes apuestan por ellos en sus respectivos sectores no apoyan un proyecto político concreto (que ninguno de los dos ha ofrecido) ni dan por sentado que sean los mejores para encabezar un nuevo gobierno, pero dudan que alguien más joven iguale su arrastre en las urnas (lo que también dice mucho de los electores) y por eso confían en el buen posicionamiento de los ex gobernantes en las encuestas de opinión.

Si algo han enseñado los dos períodos de Michelle Bachelet es que elegir a la carta presidencial exclusivamente por su alta popularidad circunstancial en los sondeos es una mala práctica, ya que omite todas las demás variables políticas relevantes que sustentan una gestión exitosa. La crisis de la Nueva Mayoría y las falencias de su gobierno son la nueva demostración palmaria de ese error.

Frente a esto no basta replicar que tanto Lagos como Piñera poseen —cada uno a su modo— capacidades políticas y gubernativas de las que carece la actual Mandataria. Lo que se necesita es una respuesta honesta (y sensata) a la pregunta: “¿Por qué RL/SB es el más indicado para gobernar Chile hasta 2021?” Si contestamos “Porque tiene más opciones de ganar” o “Porque no hay otro” —como parecen pensar muchos de sus partidarios—, después no podremos quejarnos de nuevamente haberle puesto la vara demasiado baja al Presidente de Chile.

El desafío es doble, en la izquierda como en la derecha. Por un lado, empezar a corregir con sentido de urgencia un vacío estructural de liderazgos que hoy está siendo llenado, o al menos así parece, por dos políticos veteranos que se acercan al ocaso de sus carreras, que en algún nivel del imaginario colectivo remiten al pasado y que al permanecer en primera línea retrasan el saludable recambio generacional. Eso sí, no se puede culpar a Lagos ni a Piñera por este cuadro; no son ellos quienes deben abandonar la escena de motu proprio para ceder su lugar a nuevos líderes, sino que éstos deben sentirse motivados (en rigor, obligados) a ganarlo por su propio esfuerzo.

Junto con renovar juiciosamente sus elencos, convendría que todos los partidos renunciaran a la perniciosa costumbre de priorizar postulantes con “imagen” y “discurso” electoralmente rentables en lo inmediato, en desmedro de los principios que son su razón de ser. Los candidatos deben ser populares entre los votantes, obvio, pero si ése es su único atributo, las probabilidades de que proyecten el ideario político que dicen representar y de que ejerzan sus cargos en forma competente serán escasas o nulas.

Es posible que el frío cálculo electoral termine dictando que Lagos y Piñera sean candidatos en 2017, impulsados por una mezcla de idealización nostálgica de sus primeros mandatos y decepción con el gobierno actual. ¿Pero entonces cuáles serán las opciones en 2021? ¿Insulza y Lavín? ¿Frei y Matthei? No es nada personal en su contra, ni tampoco se trata de apostar por cualquiera que llegue con ínfulas de “rostro fresco” —un MEO o un Parisi, por ejemplo—, pero ya va siendo hora de cambiar de aires. Los electores tenemos que ser insistentes para exigir cuentas al respecto, porque no hay ninguna posibilidad de que esa renovación caiga por su propio peso.

 

Marcel Oppliger, periodista y autor.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO