Sólo un “estadista” con mano de hierro estaría en condiciones de corregir la falta de modernización y previsión de algunos organismos públicos encargados de modelar nuestra educación, salud, forma de transportarnos o incluso alertarnos y movilizar ante una tragedia.
Publicado el 06.04.2015
Comparte:

La crisis institucional que nos envuelve a todo nivel ha hecho revivir en algunos una cierta nostalgia autoritaria, un renacer del sentido de orden y seguridad portalianos en reemplazo de una agenda libertaria conducida a ratos bajo tal nivel de caos, improvisación y populismo, que da la sensación de volcar al país hacia un estado de desgobierno. Pareciera que sólo un liderazgo fuerte podría corregir esa sensación de desilusión y orfandad ciudadana originada en una erosión de las instituciones modernas que regulan y conducen nuestra convivencia social y espiritual.

Sólo un dedo acusador de mirada televisiva desafiante y erigido desde un púlpito sería capaz de terminar con ese abatimiento ciudadano hacia un evidente vacío de poder o parálisis presidencial o hacia los reiterados esfuerzos del Ejecutivo, de algunos parlamentarios y partidos políticos por socavar ética y formalmente nuestras instituciones republicanas a partir de actuaciones teñidas de una falsedad ideológica tributaria o dirigidas a aprovechar de forma poco ética una posición de poder circunstancial. Sólo un “estadista” con mano de hierro estaría en condiciones de corregir la falta de modernización y previsión de algunos organismos públicos encargados de modelar nuestra educación, salud, forma de transportarnos o incluso alertarnos y movilizar ante una tragedia. Sólo un líder de vieja cuña y retórica elaborada lograría restaurar la moral individual que aparece sólida ante las cámaras y escenas altruistas como la Teletón, pero débil en el anonimato y a la primera oportunidad de sacar partido de una ventaja económica o material que nos ubique en una posición más ventajosa (de mercado) y cómoda que el chileno de al lado.

Esta nostalgia y “revival” de certidumbre, probidad y control tiene hoy nombre y apellido: Ricardo Lagos Escobar. Ejemplos a esta altura sobran: los movimiento de tropas en las filas laguistas para articular una candidatura, empresarios como Andrés Santa Cruz señalando que “No te podría decir nunca votaría por Lagos” o el reciente lanzamiento por el ex Presidente de una plataforma para dar salida constitucional, orgánica y normativa al estado de desgobierno que tiene antecedentes en su propia presidencia con MOP-GATE, MOP-Ciade, CORFO-Inverlink, EFE, las asignaciones de Chiledeportes o el caso “Toldos”.

El problema de esta apuesta, “revival” o como se quiera llamar es que se aloja en una concepción añeja de la política y las relaciones que rigen el proceso político. Y por tanto, pretende dar una respuesta tradicional de gobernabilidad y conducción a problemas y escenarios que requieren de soluciones dirigenciales nuevas.

El escenario actual es uno donde la ciudadanía es más informada, escrutadora y demandante de soluciones a sus problemas materiales. Entiende el proceso político ya no como una actividad exclusiva de la elite política, sino como una dimensión más amplia que involucra a otros actores comprometidos y militantes (etnias, estudiantes, mujeres o asociaciones de base defensora de intereses con potencial de escalar a un nivel nacional). Por lo tanto, no desestima la política, sino que a los profesionales de la vieja política y la institucionalidad que los cobija. Y si bien la mayor de las veces actúa en clave individualista o corporativista, clama por conductas políticas que se alejen de ese utilitarismo con arreglo a fines (al más puro estilo weberiano) y actuar alienante, y se manifiesten con arreglo a valores que otorguen certeza y confianza. Una certidumbre que sólo la da el actuar transparente y legítimo consolidado en el tiempo, y no como acto de fe providencial que surge desde la imposición y orden dispuestos a partir de un aparato de venta y retórica facilista.

Este nuevo esquema hace que sea la hora de liderazgos que encarnen una ética de la convicción provista de responsabilidad, más que de reyezuelos (extemporáneos a una auténtica democracia) que se construyen desde la comunicación estratégica mal entendida, un aura de virtuosismo republicano cuyo fin último es la sobrevivencia electoral, el cultivo del ego y, a veces, el avance de intereses privados. Porque tal como señala el sociólogo francés Alan Touraine, el tiempo de esos dirigentes políticos o sociales que a partir de la propaganda se envisten de valores superiores y proclaman la defensa del pueblo explotado, colonizado, sin voz, “ese tiempo ha pasado, tanto para bien como para mal”.

Y es precisamente en este contexto de confusión, desafección y cambio de paradigmas que la actual Presidenta aún tiene posibilidades de revivir. La ciudadanía la eligió por sus atributos de confianza, honestidad y una agenda auténticamente inclusiva (eso incluía la capacidad de diálogo y de hacer partícipe a otros en el debate). Elementos muy alejados de una agenda e impronta laguista (si observamos su gobierno y carácter personalista) y de la actual conducción de la Presidenta. Está en ella el encarnarlos con fuerza y convicción en una agenda y acciones que reconozcan, avancen y consoliden una institucionalidad y proceso político que funcionen sobre la base de la verdad, la justicia, la libertad y la inclusión de todos y cada uno de los nuevos actores políticos y ciudadanos.

 

Juan Cristóbal Portales, Director Magister Comunicación Estratégica Universidad Adolfo Ibáñez.

 

 

FOTO: MAURICIO MENDEZ/AGENCIAUNO