Las propuestas del ex presidente deberían sustentar un ejercicio político-intelectual que se ocupe de lo esencial y deje de lado lo accesorio.
Publicado el 08.09.2014
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Notable lo ocurrido con la conferencia de Ricardo Lagos en un foro de Icare. Diez días después de pronunciada, los ecos aún se escuchan en los medios y las redes. El arco sonoro atraviesa desde la Presidenta de la República hasta la república de los tuiteros; desde el oficialismo hasta la (menguada) oposición; desde el claustro socialdemócrata hasta el supermercado neoliberal; del líder estudiantil al dirigente empresarial.

Con todo, una parte de las reacciones, en vez de discutir los argumentos propuestos, intenta explicar las supuestas motivaciones del ex presidente para hablar dónde y cuándo lo hizo. Este enfoque (propio de asesores de imagen) sostiene que Lagos no fue oportuno, que eligió un lugar poco apropiado, que debió pedir una entrevista al ministro del Interior y exponerle sus “quejas”, que la audiencia y los aplausos indican donde están sus amores, etc. Un conjunto variopinto de banalidades que escasamente aportan algo a la deliberación pública.

Otra parte de los opinantes -llamémosla corriente psicologista- busca desentrañar las razones escondidas del conferencista. ¿Resentimiento porque no se le consulta suficientemente desde los laberintos del poder? ¿Satisfacción que él se toma por el agravio recibido en el pasado, cuando el entrante primer gobierno Bachelet decidió no llevar adelante el puente sobre el canal de Chacao (hoy felizmente impulsado por el entrante segundo gobierno Bachelet)? ¿Retorno del padre simbólico, como el de Ulises a Itaca, para castigar a los contendientes y pretendientes? ¿Nostalgia por La Moneda, descenso desde el Olimpo, síndrome Peter Pan a la manera que lo describe el Dr. Kiley, o dolor y resistencia ante la pérdida del poder? A la banalidad de la explicación se suma aquí la maldad posmoderna que en 140 caracteres descalifica los dichos de una persona adjudicándola a las oscuras palancas del alma. (En tal caso, prefiero quedarme con Ricardo II quien, a la pregunta de Enrique IV sobre si está bien dispuesto a entregar su corona, responde: “Ay, no; no, ay; for I must nothing be”, que es justamente lo que la corte pedía a nuestro Ricardo en nombre -¡qué tal!- de inveteradas tradiciones republicanas…).

Por último, hubo quienes -estrategas político-comunicacionales- pretendieron descalificar los argumentos esgrimidos por un asunto de impacto. Si bien les reconocían cierto valor, los rechazaban en cambio por sus consecuencias. Al final, comentaban, solo favorecían al enemigo. Y como prueba exclamaban: basta ver quiénes lo celebraron. Querían que Lagos se preguntase, como hace más de un siglo hizo aquel otro ilustre dirigente socialdemócrata alemán (Augusto Bebel) en medio de su discurso cuando lo sorprendió la aprobación de sus adversarios:

“¿Qué estarás diciendo viejo Bebel, cuando la burguesía te aplaude?”. Reacción esta que a la maldad y la banalidad agrega, por qué no admitirlo, la necedad.

Sin dejarse enredar en ese chato foro (intelectualmente pobre, o corto de miras), Ricardo Lagos vuelve a lo suyo en el diario La Tercera del domingo e insiste en algunos temas de futuro. Habla de infraestructura, energía, ciudad, demografía y cambio climático. Pudo hacerlo además sobre educación, salud, seguridad, patrimonio y bienestar.

Plantea que sobre estos tópicos se requiere una “agenda larga”, “definir políticas de Estado”; que en torno a ellos “la sociedad tiene que ser convocada para consensuar, más allá de las diferencias políticas, un conjunto de temas que expresan los grandes desafíos”. Su idea es la de un “programa de largo plazo”, no un sueño acotado a cuatro años y tres puntos del PIB. A fin de cuentas, no se irá lejos si se mueve uno dentro de esos parámetros modestos y apremiantes.

Ya sin el peso de la corona y el cetro, nuestro ex presidente declara: “Somos capaces de planificar a largo plazo”. E insiste que para ello el Estado “debe tomar la decisión, escuchando a empresas, trabajadores y ciudadanos. Es el Estado, el gobierno (¡sí, el gobierno!, agrego yo), quien tiene que tomar la conducción de una tarea como ésta”.

Y remata con esto: los míos son “simples apuntes” (modestia aparte) para comenzar un bienvenido debate.

Efectivamente, deberían sustentar un ejercicio político-intelectual que, es de esperar, esta vez -a diferencia de la anterior- se ocupe de los temas y los argumentos y no de su autor, conciencia y motivos, posición en la sociedad y trayectoria vital. Todos estos son aspectos interesantes pero de escasa relevancia para la deliberación pública.

Lo que queda planteado es una cuestión de fondo. Si el gobierno ha anunciado un cambio del paradigma de políticas públicas y el inicio de un ciclo de cambios estructurales, ¿acaso no se vuelve imprescindible -precisamente ahora- aclarar el horizonte, la dirección y la senda de desarrollo que se nos invita a recorrer? ¿Nos abocamos en serio a discutir ideas como las expuestas por Ricardo Lagos (y otros que miran más allá de la inmediata coyuntura) o debemos satisfacernos con aquel dispositivo retórico que Nicanor Parra irónicamente define como: “El discurso ideal / es el discurso que no dice nada / aunque parezca que lo dice todo”?

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

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